Posted by tallerdecronicarenata
at 04:32 PM on June 23, 2009
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Por: Lilia Carvajal Ahumada
–¿Aló?
–Hola. Nos acaban de atracar. Hace nada. Ni siquiera he tenido tiempo de sentir miedo. Todo fue muy rápido. Yo no me di cuenta de gran cosa porque estaba en mi cubículo cargado de trabajo, todos los demás están en encuestas de Datexco, así que prácticamente solo yo estoy haciendo Comcel. Para completar, hoy entró a trabajar un muchachito, Jorge se llama, no tiene más de 20 años, y me tocó entrenarlo, lo tenía al lado. De pronto no sé porqué levanté a mirar por encima de la división y vi a la gorda –ya te he hablado de la gorda, parece una vaca esa mujer–, bueno te decía, miré a la gorda y en ese momento un tipo la empujaba. Pensé que era el novio porque era también gordo, moreno, de pelo liso, peinado con gel mantecosa. No se me hizo raro, en este call center esas peleítas de novios se ven de vez en cuando. Pero no era el novio, el tipo tenía una pistola. De la nada salió otro hombre con una ametralladora y nos gritó ¡esto es un atraco, suelten los celulares acá! Otro más comenzó a pasar una bolsa de basura para que echáramos los teléfonos. Yo tenía mi celular sobre la mesa junto con mi discman y ni siquiera reparé en eso, me quedé quieto y entonces me acordé de mi billetera y los únicos diez mil pesitos que me alumbran para el resto de la quincena; rápido la saqué del bolsillo y la tiré en la caneca que está junto a mi puesto.
Nos empujaron hacia la sala de capacitación pero ya estaba llena. En este momento trabajamos cuarenta personas en la casa y todos estaban en el piso. No supe cuándo los llevaron ahí. Otro tipo de pie les apuntaba con ametralladora. Bueno, pues los últimos en llegar fuimos Miranda –la del cubículo que está detrás de mí–, Jorge y yo. Como no cabíamos nos pusieron junto a la puerta sentados en el piso con las manos detrás de la cabeza: a mi izquierda Jorge, a la derecha Miranda. Encargado de nosotros tres dejaron un chinito que todo el tiempo me apuntaba. Ese güevón no tenía más de 18 años, era inexperto, temblaba, estaba muy asustado; no entiendo como esos malparidos son tan irresponsables y mandan cuidar gente a un pendejo que está en su primer atraco.
Giré la cabeza un poco, subí los hombros como si eso pudiera protegerme y apreté los ojos para no mirar en qué momento se le salía algún tiro y me mataba. Jorge comenzó a rezar, a decir: Sagrado Corazón, yo he sido un hombre bueno, protégeme Señor. Lo repetía como si fuera un mantra, ahí, pegado a mi oreja dele que dele la misma vaina sin variar el rezo, y mientras tanto Miranda se ahogaba porque es asmática y del miedo le comenzó el ataque; la sentía pegada a mí, se le alzaba el pecho, abría bien la boca como intentando tragarse la vida que amenazaba con írsele, el aire le silbaba cuando lo botaba, me parecía que se moría, que no podía, que se le reventaban los pulmones, y el tipo con la pistola temblaba mientras me apuntaba a escasos cincuenta centímetros, y yo, que no creo en dioses ni en maricadas de esas decía, ahora a quién me pego, y lo único que se me ocurrió fue pensar: bueno güevón, si en verdad existes y el tipo dispara no permitas que quede vivo porque no quiero quedar paralítico, ni ciego ni mucho menos sordo o vegetal, nada, si tocó, mejor rápido y sin drama. Para completar comenzó a sonar un celular, jueputa, no te imaginas la alarma porque los tipos comenzaron a gritar que de quién era y dónde estaba y a insultar y empujar a la gente de la sala y resulta que estaba encima de una mesa en la oficina de al lado.
De pronto vino otro y les dijo a los cuidanderos algo y salieron a toda. Leandro, que estaba con ellos porque suponían que había caja de seguridad y él sabía dónde estaba y cuál era la clave, bajó casi de inmediato y me dijo que fuéramos a perseguirlos, pero yo no iba a ser tan marica, apenas me asomé a la ventana y vi cuando el chino y otros dos caminaban hacia el Parque El Virrey. Los demás escaparon en carro. Eran ocho en total. Me acordé de mi billetera y volví rápido a mi puesto. Estaba entre la caneca de la basura y lo mejor, los tipos no repararon en mi celular ni en mi discman; mis cosas seguían sobre la mesa. En cambio se robaron el bolso de Miranda y lo grave era que ahí estaba su medicina.
Te dejo. Llegó la policía y creo que nos van a interrogar. Nos vemos ahora en la casa. Chao.
Posted by tallerdecronicarenata
at 03:20 PM on June 14, 2009
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Por: Zenaida Edith Sánchez R.
Septiembre 16 de 1994
Al subir el último escalón comienzan los disparos. Entro rápidamente a la casa. El corazón me brinca como pescado en una red; parece un puño cerrado golpeándome con fuerza en el pecho. Desde la ventana se ve todo en panorámica y abajo siguen disparando. Es una “lluvia de plomo” en todo el sentido de la palabra. Tengo miedo y el miedo es una larva infectada que pudre todo lo que toca. No puedo evitarlo: comienzo a reírme. Algunos me miran inexpresivamente, los demás caminan nerviosos y buscan rendijas para ver el tiroteo. Un joven de bigotes imprecisos y ojos saltones, tiene la mirada enfocada en mí. Quiere descifrarme, pero no es consciente ni de su propósito. Pobrecito muchacho pobre, con su mirada muerta, su camiseta barata y su peinadito de sicario en vías de desarrollo. Se afeitan la cabeza en las sienes y dejan una mota en el resto del cráneo, parecen caricaturas de “Booggie, el aceitoso”. En estas comunas los sicarios imponen hasta la moda. Todos los demás quieren parecerse a ellos y no a los niños ricos de Medellín. Nada de Converse, ni gel en el cabello, ni patillitas invadiéndoles la cara. Engordan su identidad con falsificaciones de ropa, mal puesta, mal lucida. Con bigotes estúpidos y cortes de pelo ridículos. Son copias graciosas de los marginales gringos. Mirándolos, uno cree que en cualquier momento van a comenzar a cantar Rap.
Pobreza y más pobreza en todas partes… Los empresarios siguen preocupados por la falta de dinamismo en la economía. Hace un mes, el presidente de la Fundación Corona dijo que si seguíamos a este ritmo “en tres años no se producirá sino petróleo y coca en el país”. Probablemente tiene razón. La industria nacional va en franca picada. Aquí mismo en Medellín que siempre se vanaglorió de ser la ciudad textilera de Colombia, los augurios son pésimos; todos los días despiden gente y el presidente de Protela dice que está extrañado por las importaciones de tela “Made in Panamá”, cuando ese país ni siquiera las produce…. Efectos tardíos de la apertura económica de Gaviria.
El calor es asqueroso. Y la casa está lo suficientemente sucia y aglomerada como para que hubieran moscas. Con el calor y la mugre deberían haber cientos de moscas. ¿Cómo es posible que haya tanta muerte sin moscas husmeando? ¿Por qué no hay moscas? ¿Dónde están las estúpidas moscas? ¿Qué pasó con las moscas? ¿Por qué puta razón no hay moscas en esta casa sofocante y mugrienta?
“¡Mataron a un policía!”… polishhía… polishhhía… vocifera una bandada de niños con ese “seseo” paisa tan cantarín. Llegaron de la nada y se diseminan por todas partes. Gritería absoluta. La mamá de Moncho se acerca a mí: “Esto se va a dañar”, me dice. Y luego me abraza. No me abrace, señora. No me abrace. No quiero que me abrace, suélteme ya. No quiero que nadie me toque. No quiero nada que respire cerca de mí. Váyase, señora, aléjese, por favor. No me obligue a decírselo en voz alta, no quiero ser grosera. La bandada de niños cuenta en desorden lo sucedido. El policía estaba de civil, pero tenía sus credenciales en la billetera. ¡Mucho bruto! Comenzó a tomarle fotografías a la multitud reunida en la “Casa de la juventud”, el sitio donde están velando el cadáver de Moncho. Un sujeto al que llaman “El pájaro” descubrió al tira en esa faena y “¡Llórelo!”, como dicen por aquí. Seguro lo acabaron con un par de tiros, pero los matoncitos tienen tendencias hiperrealistas y no desaprovechan ocasión para hacer llover plomo.
Sólo hasta las cuatro de la tarde puedo bajar para unirme al velorio. No debería llamarse “velorio”, sino “desvelorio”. Al fin y al cabo el objetivo es quedarnos aquí hasta el amanecer, para que el muertito no se sienta solo en su camino hacia la nada. ¿Cierto?
Saco mi libreta de apuntes. No es un ejercicio de escritura: es una manía. Un mecanismo de defensa: si me ven escribiendo nadie se acercará. Escribo nada, pero con gran dificultad. Hay una estridencia insoportable. Están poniendo música a todo volumen, es la forma que tienen de despedir a sus muertos. “No, gracias, no quiero ir a mirar el cadáver”, le digo a una anciana bienaventurada entre los pobres, cuando me invita a acercarme al ataúd, que está expuesto en la mitad de la sala como un obsequio de la fatalidad. ¿Qué diría Moncho ahora si estuviera vivo? Se enojaría. Odiaba ser el centro de atención. La vanidad no era una de las banalidades que podía permitirse. Cuando lo entrevistaron los periodistas franceses, él sólo respondía con sonrisas y con monosílabos, pero en el fondo estaba disgustado. Consigo mismo. Por no ser capaz de gritar a los cuatro vientos: “Sí, yo soy un berraco. Yo me metí en medio de los tiroteos, todos los días. Yo logré que esta parranda de culicagados dejaran en paz a la gente y se pusieran a trabajar”… Bueno… en realidad no lo logró. Por algo estuvo la fiscalía por aquí hace un rato, levantando el cadáver del policía rematado a medio día.
No está resultando el truco de la libreta. Ya son qué… ¿las ocho?... ¿las once de la noche?... No sé, mi reloj se detuvo. Tengo más de 30 horas sin dormir y el cuerpo se está poniendo demasiado denso. El viaje de Bogotá a Medellín duró 11 horas y comienza a pesarme en la vitalidad y el ánimo. Debo seguir escribiendo, así esto acabará más pronto. Se estaciona un muchacho al frente de mí. No levanto la mirada. Me está diciendo algo en un tono enérgico, pero no le entiendo. Grita de nuevo. Lo miro. Tiene cara de ángel caído y furia en el iris. Insiste. No le entiendo, no sé qué quiere decirme. Repite “¡Papeles!”, y yo pienso en mi libretica, pero no veo qué relación pueda tener con este adolescente imberbe que me habla como si fuera el dueño de Medellín. “¡Papeles!”, dice de nuevo. Se acerca la mamá de Moncho. Su rostro está descompuesto por el pánico. “Nooo… Nooo…”, le suplica al muchachito. “Yo la conozco, ella es como de la familia”, agrega. El angelito caído, o demonio ascendido, deja de gritarme, de exigirme. Se aleja. Lo veo irse. ¿De dónde habrá sacado esas nalgas tan perfectas este muchachito?... Parecen diseñadas por un arquitecto de la Grecia clásica. Tremendas nalgas las de este paisita.
“Mejor yo me quedo con vos, aquí cerca, porque esto está como caliente”, me dice la mamá de Moncho mientras se acomoda en una silla a mi lado. “Doña Bertha”, le digo yo. “¿Usted cree que Andrés Pastrana está denunciando a Samper por el resentimiento de haber perdido las elecciones… O sí habrá algo de cierto en que Samper aceptó dineros del narcotráfico para su campaña?” Me mira aterrada. “Yo no sé, mijita”, me contesta. Estoy tan cansada… Ya no soy capaz ni siquiera de seguir garabateando en mi libreta de apuntes. Tampoco quiero dormir. Cerrar los ojos y soñar en este momento sería como nadar en un abismo de vértigo. No lo soportaría. No sé qué hacer. No amanece por ninguna parte, todo sigue oscuro. Rezan y rezan y vuelven a rezar, en medio de la estridencia de esa música que ya empieza a doler en los huesos. Se entrecruzan de una manera cómica el “brille para ella la luz perpetua” de las señoras, con el “Mula revolucionaria, baja la revolución” del equipo de sonido. Los niños corren por todas partes, están felices con la trasnochada permitida y patrocinada por sus papás. Cuándo acabará esto. Quiero irme, quiero volver a Bogotá cuanto antes. No entiendo por qué están llorando a Ramón.
Posted by tallerdecronicarenata
at 03:12 PM on June 14, 2009
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Por: Zenaida Edith Sánchez R.
En Soacha los jóvenes de los suburbios tienen que pedirle permiso a la delincuencia para existir. Así lo ratifican los panfletos que periódicamente circulan por las barriadas. A veces los dejan en alguna tienda, junto a una fotocopiadora, para que los mismos condenados los reproduzcan y los den a conocer. Incluyen listas con nombres propios y órdenes de toque de queda: Nadie puede circular por las calles después de determinada hora y los jóvenes listados son candidatos al asesinato o al destierro, por su condición de drogadictos, problemáticos o simplemente indeseables.
La ubicación de este municipio es estratégica dentro de la estructura geopolítica de Colombia. No sólo porque se halla conectado en línea continua con Bogotá, la capital del país, sino también, y principalmente, porque Soacha establece el enlace geográfico más fluido entre la gran ciudad y todo el sur de la nación. Por eso resulta al menos curioso que teniendo esos privilegios, el 78% de su población se encuentre en la línea de pobreza. Como resulta curioso observar que tras haber sido uno de los núcleos más dinámicos de la expansión empresarial, durante los años 80, ahora registre un decrecimiento en la actividad productiva de más del 30% y un desempleo de más de 34%. También es paradójico que en el marco de esa decadencia, su población haya pasado de 28.000 a casi 500 mil habitantes en menos de 35 años. Muchos aseguran incluso que la cantidad de pobladores supera los 800 mil. Es pues un municipio en donde aumenta el número de moradores, mientras las cifras de progreso y calidad de vida van en picada.
Soacha se convirtió en el epicentro de una marejada informativa luego de que en junio de 2008 Fernando Escobar, el personero municipal, hablara en voz alta ante las autoridades nacionales de lo que era un secreto a voces en ese municipio: algunos jóvenes de los sectores más pobres estaban desapareciendo de sus barriadas.
En un lugar como Soacha, donde la guerra ha mostrado todas sus caras, este hecho permitía aventurar multitud de hipótesis. Tantas que quizás por eso en un principio la actitud general de la comunidad fue el deseo de no saber, de no decir. Sólo un puñado de madres, con la autoridad moral que otorga el haberle dado vida a otro ser humano en una sociedad radicalmente inhóspita, formularon sus denuncias, organizaron preguntas y exigieron respuestas, pues, como dice Escobar: “los hombres no denuncian ni dan quejas porque quedarían como sapos. Las quejas las da la mamá”. Los medios de comunicación hicieron eco a la inquietud de las madres y el asunto despertó interés en la opinión pública. Se desató un mosaico de conjeturas.
El mismo denunciante, Fernando Escobar, tenía muchas dudas al momento de hacer sus primeras declaraciones: “Yo venía hablando de este asunto en varios niveles, y hubo una persona a la que le pareció esto tan grave que me dijo que debía ponerse en conocimiento de la Presidencia.” El personero sabía de casos en los que jóvenes desaparecidos habían vuelto luego a sus hogares señalando haber estado “con grupos ilegales realizando varias actividades, como cuidando el circuito de la droga”. “Los reclutan para que colaboren en la vigilancia de una zona donde hay droga, para que la distribuyan, para que sean raspachines”, agrega Escobar. Por eso no podía alimentar especulaciones.
Corría agosto de 2008 cuando se encontraron los primeros cadáveres de los jóvenes desaparecidos, en la población de Ocaña, Norte de Santander, al nororiente de Colombia. Estaban reportados oficialmente como guerrilleros dados de baja en combate. Sus cuerpos habían sido sepultados, varios como “NN”, y las denuncias de las madres de Soacha lanzaron el hilo conductor que permitió identificarlos.
Las primeras elucubraciones tejieron una respuesta, relativamente endeble, que apuntaba hacia un reclutamiento, voluntario o forzado, por parte de las guerrillas izquierdistas de Colombia. La hipótesis parecía tener poco asidero, porque de la izquierda armada ya poco queda en Soacha. Durante los últimos ocho años su presencia ha menguado drásticamente, gracias a eficacia la política de Seguridad Democrática del Presidente, Álvaro Uribe, y a la acción de la guerra no convencional librada por los paramilitares desde comienzos del siglo XXI en esa zona. Se hablaba de algunos reductos de las guerrillas de las FARC –Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia- y del ELN -Ejército de Liberación Nacional-, pero su acción era marginal y los jóvenes desaparecidos nunca habían mostrado interés en la militancia política.
En un pasado no muy lejano Soacha representó un “bocado de dioses” para los “guerrillos”, como le dicen a los guerrilleros popularmente en Colombia. El municipio siempre ha sido víctima de su singular ubicación geo-estratégica en el país.
Los reinsertados del M-19 -Movimiento 19 de abril, de tendencia nacionalista- y del EPL -Ejército Popular de Liberación, de tendencia maoísta-, dos grupos guerrilleros desmovilizados a comienzos de los años noventa, fueron el primer colectivo de izquierda que llegó a Soacha. Ocuparon terrenos en la zona de Altos de Cazucá, un sector periférico y montañoso que colinda con la Localidad de Ciudad Bolívar, la más pobre de Bogotá. Unos dicen que se asentaron allí gracias a unas partidas que el gobierno del entonces presidente Virgilio Barco les destinó, para facilitar su reinserción a la vida civil. Otros, aseguran que llegaron a las laderas del municipio mediante invasión ilegal de terrenos y que el gobierno se hizo el de la vista gorda para no dañar la paz recién alcanzada con esos grupos. Los desmovilizados fundaron los barrios “Carlos Pizarro” y “Santo Domingo” en la zona conocida como Villa Mercedes. También desarrollaron actividades de propaganda y trabajo social en el sector, a través de juntas de acción comunal y organizaciones no gubernamentales.
Un tiempo después, hacia el año de 1995, los guerrilleros de las FARC abrieron un corredor estratégico para comunicar la región del Sumapaz, donde ejercían gran dominio territorial, con la cabecera urbana de Bogotá. Inauguraron así el eje Sumapaz-Usme-Soacha-Ciudad Bolívar, cuyo principal objetivo era el abastecimiento de las tropas y el tránsito de armas desde la capital hacia los frentes que operaban en la zona de los Llanos Orientales, Tolima y Huila, al sur del país. Para garantizar su objetivo, las FARC crearon comandos urbanos conocidos como “Milicias Populares”, que servían de apoyo político y realizaban labores de inteligencia y de enlace logístico. En un principio las FARC contaron con el apoyo de la Unión Patriótica -UP-, movimiento político de carácter comunista. Pero en 1998 se disolvió esa alianza debido a la presión electoral indebida que estos intentaron ejercer sobre aquella.
Durante varios años la guerrilla intentó penetrar las comunidades pobres de Soacha. Por las características de la lucha guerrillera, su presencia se estableció desde el afuera del municipio, es decir, sin concentrar fuerzas ni hacer presencia fija en ningún sector específico. La guerrilla basa su estrategia militar en la capacidad de movilidad, de sorpresa y de ocultamiento, por eso no podían darse el lujo de establecerse en las narices de Bogotá sin ser detectados y aprendidos. Los guerrilleros mantenían su centro de acciones en el Sumapaz y desde allí desplegaban operaciones usando a Soacha como bisagra; las Milicias Populares solo desarrollaban acciones puntuales de soporte para los frentes rurales de las FARC, reclutaban nuevos integrantes y facilitaba la ejecución de acciones terroristas en Bogotá. Algo similar, pero en mucha menor escala, ocurría con la guerrilla del ELN.
Durante la década de los noventa se dio un ascenso militar de la lucha subversiva en todo Colombia. Solo hasta comienzos de 2001 el Ejército Nacional lanzó una ofensiva para recuperar el control del corredor de movilidad abierto por las FARC entre Bogotá y Sumapaz, a través de Soacha. Este evento coincidió con la llegada y consolidación de grupos paramilitares en la misma zona. Poco a poco la guerrilla fue perdiendo terreno. En el año 2003 tenía todavía suficiente influencia como para hacer circular un panfleto anunciando que sus hombres vigilarían las elecciones municipales, e instando a la población a no votar por un referendo convocado por el gobierno. Nuevamente se evidenció que en Soacha los panfletos operan como medio de comunicación oficial de las realidades no oficiales. Desde 2004 la presencia de las guerrillas en ese sector ha sido progresivamente erradicada, pero se sabe que aún la Columna Teófilo Forero de las FARC desarrolla acciones esporádicas en el municipio.
Avanzaba septiembre de 2008 y algunas figuras de opinión en Colombia, llamaron la atención sobre el hecho de que las muertes de los jóvenes se hubieran producido pocos días después de sus desapariciones, según lo confirmaban las actas de levantamiento de cadáveres. Era como si hubieran salido de sus casas para ir a morir en un frente de batalla. También salió a la luz pública que algunos de ellos tenían antecedentes judiciales y/o eran consumidores habituales de droga.
Fue entonces cuando cobró fuerza una segunda hipótesis que planteaba dos variantes: o los jóvenes eran criminales que habían quedado atrapados en algún circuito de ajuste de cuentas, o eran maleantes sobre los que habría recaído una cruzada de “limpieza social” emprendida por alguno de los ángeles vengadores que pululan en Colombia. Con el eufemismo de “limpieza social”, periódicamente en este país se ha dado muerte a indigentes, prostitutas, vendedores de droga, adictos y toda serie de individuos que a los ojos del “limpiador” son un atentado contra la asepsia que ellos dicen representar.
Las madres de los desaparecidos rechazaron la explicación de que sus hijos fueran delincuentes o antisociales, asesinados por caprichosos avatares en las leyes del hampa. Algunos muchachos no tenían ningún antecedente penal y eso desvirtuaba la criminalización de los muertos.
Afirmar que estos jóvenes habían sido víctimas de sus propios inventos, podría parecer malintencionado. Pero no era de ningún modo descabellado.
La ilegalidad en Soacha es ley. De hecho, el poblamiento del municipio se ha dado sobre la base de lo ilícito. De las 347 unidades habitacionales reconocidas oficialmente, más de 180 corresponden a asentamientos subnormales, producto de invasiones ilegales de terreno o de urbanizaciones piratas. Casi todos estos asentamientos se hallan ubicados en Altos de Cazucá y Ciudadela Sucre, en la parte oriental del municipio.
El poblamiento de esas zonas comenzó en 1978 con una invasión de viviendistas encabezada por una entidad llamada PROVIVIENDA. Durante el proceso de asentamiento urbano, tuvieron gran protagonismo los llamados “tierreros” o “terreros” definidos coloquialmente como “oportunistas que caminaban la localidad en busca de baldíos para la venta”. Más exactamente, los “tierreros” eran gentes dedicadas a la venta o arriendo de lotes, teniendo o no documentos que certificaran su propiedad sobre los mismos, y sin tomar en cuenta si dichos terrenos cumplían con los requisitos técnicos, normativos o ambientales de los urbanizadores sociales. Los “tierreros” actuaron a la luz del día durante décadas, ante la mirada impasible de las autoridades locales. Actualmente gran parte de los pobladores se declara propietaria del espacio que habita, pero no cuentan con documentos legales que lo certifiquen.
A finales de los años noventa el terreno comenzó a escasear, debido a la monumental ola migratoria que llevó a miles de desplazados de todo el país hacia las periferias de diferentes ciudades.
Proporcionalmente, Soacha es el municipio colombiano que mayor cantidad de desterrados ha recibido en todo Colombia. Actualmente el número de víctimas de desplazamiento forzado que habitan en ese municipio se calcula en unos 26.000 y corresponden al 8% de su población total, según los censos oficiales, siempre cuestionados por los habitantes. El municipio recibe al 46% de los desplazados que llegan a Bogotá, lo cual significa un promedio de una a tres familias diarias.
Con el espacio agotado, urbanizadores piratas y migrantes forzados iniciaron la construcción de viviendas en zonas de alto riesgo geológico, bien sea porque edificaron en terrenos con pendientes superiores a los 45 grados, bien porque construyeron sobre tierras mal drenadas, especialmente en la zona de la Laguna de Potrero Grande, o bien porque sus casas se elevaron sobre suelos que antes eran canteras y los hacían inestables. No causó ninguna sorpresa entre los pobladores el sepultamiento de 17 viviendas a comienzos de 2009: era una tragedia, no tan natural, claramente anunciada. Cerca de 800 personas se quedaron sin vivienda y ahora dependen por completo de la ayuda ajena para tener un techo donde resguardarse.
Tener una casa propia es el sueño que no deja dormir a muchas de las familias pobres de Colombia. Esta ilusión se vuelve entrañable en el caso de los desplazados, una población nómada que una o varias veces ha tenido que renunciar al arraigo. Conseguir un techo propio se convierte para ellos en la táctica para trascender el fantasma del despojo. La vivienda propia sería la etapa final de un recorrido incierto en el que han ido despidiéndose de sus más entrañables lazos. Representa la seguridad, la estabilidad, la posibilidad de construir vínculos de pertenencia en un territorio y en una comunidad. Por eso para ellos es legítimo arañar la tierra y edificar un albergue, que ponga fin a la errancia de los cuerpos y las mentes.
La “informalidad” parece ser un sello de marca en Soacha. Además de los barrios ilegales, el 76% de las empresas también son informales. De las minas para la explotación de materiales de construcción, un renglón importante en la economía del municipio, cerca de un 30% operan en la ilegalidad. El contexto genera y reproduce condiciones de pobreza extrema. “En Altos de Cazucá hay familias de ocho personas que deben sobrevivir con 150 mil pesos al mes” (unos 75 dólares), dijo en una ocasión Juan Manuel Hernández, representante a la Cámara por Bogotá. Esto significa que en esos hogares cada persona tiene que mantenerse con cerca de 19 mil pesos mensuales (casi 10 dólares), o sea, unos 700 pesos diarios (0,35 dólares). El pasaje de transporte urbano más barato cuesta 1.000 pesos. "La situación de Soacha es grave y creemos que el principal problema de los jóvenes es la falta de un proyecto viable de vida digna", indica el personero municipal, Fernando Escobar.
La pobreza extrema es condición que tienta a optar por soluciones pragmáticas de supervivencia. Tal vez por eso, la delincuencia común en Soacha tiene dimensiones hiperbólicas. Desde hace más de tres décadas se registra acción de pandillas y grupos de delincuencia organizada, especialmente en las comunas 4 y 6 que albergan a las poblaciones más pobres. En la última década ha crecido la inseguridad de una manera inusitada. En una encuesta realizada por la alcaldía municipal en marzo de 2009, el 86% de los pobladores califican a Soacha como un municipio altamente inseguro, al tiempo que el 58% declara haber sido víctima de algún delito.
En las calles de los barrios pobres todavía se recuerda a “Tomasito”, un alias que parece diseñado para sacristán de parroquia, pero que en realidad corresponde a un temerario delincuente de las periferias de Soacha. Fredy Tovar, alias “Tomasito”, lideró una peligrosa banda llamada “Los Gatilleros” en Altos de Cazucá. Se le endilga a este grupo el asesinato y desaparición de más de cien personas en el sector. Muchos aseguran que “Los Gatilleros” desmembraban a sus víctimas y las arrojaban en la Laguna Terreros, de Ciudadela Sucre, para no dejar ningún rastro. También afirman que “Tomasito” organizó una red de extorsiones a través de la cual cobraban a los habitantes una “vacuna” o cuota forzada, desde dos mil pesos en adelante, para garantizarles la seguridad. Tovar fue capturado por la policía en el año 2007 y hoy se encuentra purgando condena en una cárcel de máxima seguridad. Se había convertido en una suerte de caudillo de la delincuencia, no de otra forma se explica que en las calles de la miseria aparezcan letreros señalando: “Tomás preso, pero vive. Su gente hace justicia”.
El investigador Rafael Guarín relata en su blog de internet que “Los Gatilleros” no son los únicos bandidos de la zona: “Paralelamente delinquen los “Robles”, “Chuquines”, “Pankokis” y otros grupos más. Han actuado homicidas de la peor especie como el “coleccionista de orejas” y la gente recuerda varios casos de descuartizamiento. “El Escondite de José” y otros lugares urbanizados ilegalmente refugian a criminales en la absoluta impunidad.”
Las bandas del municipio se dedican a actividades como expendio de estupefacientes, asaltos bancarios, piratería terrestre, robo de residencias y de vehículos, sicariato y secuestro a diferentes niveles. Los habitantes de Soacha aseguran que actúan con la complicidad de la policía, la cual recibe contribuciones económicas a cambio de no perseguirlos. Se habla también de que esa alianza cuenta con nuevos socios: las llamadas “Bandas emergentes”, según el gobierno, o paramilitares rearmados, según la mayor parte de la población.
Los rumores de corrupción en la policía coinciden con las afirmaciones de un oficial que trabaja al servicio de “Daniel, El Loco Barrera”, un poderoso narcotraficante colombiano. En declaraciones dadas a la Revista Semana del 22 de abril de 2006, este sujeto señaló: "La nómina para pagar oficiales y miembros de los organismos de seguridad ronda los 250 millones de pesos mensuales", refiriéndose al rubro para sobornos destinados a las autoridades en las zonas de Bogotá y sus alrededores.
Toda cultura rock que se respete dibuja su médula con los colores propios de la conmoción. Es un género intenso y salvajemente urbano, en el que anida la angustia de habitar un mundo indolente. Mientras una signiticativa cantidad de jóvenes se vinculaban a los grupos delincuenciales, otros fueron construyendo una importante cultura musical en el municipio. Desde hace más de treinta años, Soacha se convirtió en la cantera del Rock en Cundinamarca, y en una de las influencias decisivas para el desarrollo del Rock duro en Bogotá. Bares locales como “Bonnie and Clyde”, o “Woodstock Bar”, han impulsado bandas, esta vez musicales, como “Darkness”, que ha tenido amplia resonancia en Colombia e incluso en Suramérica.
A comienzos de los años ochenta, el Hip Hop, otro ritmo urbano y contestatario, también comenzó a consolidarse como forma de expresión en las barriadas del municipio. Trajo aparejadas expresiones que le son propias como el “Break Dance”, su baile, el “Graffiti”, su manifestación pictórica, y el “Beatbox”, una técnica que consiste en imitar con la boca los sonidos de percusión y de todos los instrumentos de la música Rap. Desde 2007 se celebra en Soacha un Festival de Hip Hop que ha resultado ser el evento musical más importante de ese género en Colombia. Las convocatorias a los distintos festivales han sido encabezadas con consignas como “CONSPIRAR CONTRA EL HAMBRE”, “ROMPIENDO SILENCIOS” y “VIVA EL BARRIO”. Hoy día existen más de 100 agrupaciones de la cultura Hip Hop en Soacha.
En octubre de 2008 se realizó también el primer Festival “Sua Rock” espacio que buscó dar lugar a los 250 grupos de rock del municipio. El boleto de entrada al festival era un kilo de alimento no perecedero, en solidaridad con los sectores más pobres de la población.
“Grinder” una de las bandas rockeras más conocidas, dice en su canción “Hipocresía”, lo que podría ser una respuesta para los que deciden la vida y la muerte de los jóvenes en Colombia:
Criticas todo lo malo que tú ves en mi ser,
Date cuenta que yo soy un espejo, que refleja,
oscuros pasajes de tu alma,
Demonios que no quieres enfrentar.
A finales de septiembre de 2008 los medios de comunicación colombianos tenían enfocado todo su interés en los once jóvenes desaparecidos de Soacha. Recogieron testimonios en donde se mencionaban volantes que habían circulado por la época de las primeras desapariciones; en ellos se ofrecía 800 mil pesos a cambio de un trabajo que no se especificaba en el comunicado. También surgieron versiones de amigos cercanos a los muchachos desaparecidos; ellos le confirmaron al país que varios hombres, unos militares, otros paramilitares, les habían ofrecido trabajos relacionados con secuestros o labores de seguridad, a cambio de importantes sumas de dinero y con la condición de que mantuvieran en secreto el proyecto. Los que no aceptaron la oferta quedaron vivos para contar el cuento.
Una vez conocidas estas versiones, todas las miradas apuntaron hacia los grupos paramilitares, quienes, teóricamente, se habían desmovilizado desde el año 2006, pero ahora parecían estar nuevamente activos con nombres como “Águilas Negras”. El gobierno los denominaba “bandas emergentes” y descartaba que tuvieran relación con las autodefensas desmovilizadas.
Algunos estudios señalan que la llegada de paramilitares a la zona se dio desde 1998, cuando hombres al mando de Víctor Carranza -un mafioso de Boyacá conocido como “El zar de las esmeraldas”- llegaron a Soacha patrocinando la formación de grupos de sicarios. En el 2001 se dio a conocer públicamente la noticia de la conformación del Bloque Capital, el cual, según sus voceros, actuaba bajo la dirección de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá, al mando de Vicente Castaño. Un poco más adelante, algunos narcotraficantes se interesaron en adquirir estas estructuras y es así como cierran el negocio: Vicente Castaño le vende a Miguel Arroyave la “franquicia” del Frente Capital por la suma de 7 millones de dólares.
Los nuevos grupos de paramilitares-narcotraficantes recién asentados en la zona se ocupan de expulsar a las milicias de la guerrilla, persiguiendo a sus posibles colaboradores y generando un control progresivo sobre los barrios periféricos de Soacha. La Fundación Arco Iris dice que “el Frente Capital no sólo buscó controlar zonas de operación de estructuras y milicias vinculadas a la guerrilla, de acuerdo con las declaraciones de su vocero público, sino que también estructuró flujos urbanos de ingresos estables y considerables, la mayoría de ellos relacionados con negocios ilegales, lo que incrementó el poder y la influencia de estos grupos, y la capacidad para corromper a los funcionarios y penetrar las instituciones de gobierno local”.
A diferencia de la guerrilla, los paramilitares actúan desde dentro del municipio. Su estrategia pasa por instalarse y tomar control sobre la comunidad. Buscan imponer modelos de pensamiento y de vida, y su principal herramienta es el terror. De ahí que sus actividades adquieran visos de espectacularidad: son acciones ejemplarizantes. Su propósito explícito es defender el status quo de la sociedad; su interés encubierto es enriquecerse con negocios ilegales. Los paramilitares articularon la base popular de su movimiento sobre los grupos delincuenciales activos en la zona.
Paramilitares, narcotraficantes, parte de la delincuencia común y algunos sectores corrompidos de las autoridades comienzan entonces a operar conjuntamente. Y logran así consolidar su dominio sobre los sectores deprimidos del municipio. Implementan sus acciones estratégicas al mejor estilo de la doctrina de la “Guerra de Cuarta Generación”, en la modalidad de “conflicto de baja intensidad”, unos conceptos militares inventados durante la era Reagan en Estados Unidos, y puestos en práctica en diversas partes del mundo. Siguiendo los lineamientos de ese modelo, los combatientes involucran de manera directa a la población civil en su actividad, obteniendo de ella información, pago de extorsiones y complicidad de silencio; así mismo, imponen un conjunto de valores y normas culturales que los pobladores deben seguir al pie de la letra. Los nuevos dueños del poder patrullan las barriadas en la noche, contribuyen a dirimir conflictos por la propiedad de la tierra, declaran objetivo militar a los drogadictos o ladrones de poca monta y estrenan su principal arma propagandística: el panfleto. De estos tiempos datan los primeros comunicados que anuncian “Se acuestan, o los acostamos”, como advertencia a los jóvenes que parecen reacios a su autoridad.
En el año 2004 el narcotraficante conocido como “Daniel, El Loco Barrera”, era ya uno de los capos de la droga más poderosos en Colombia. Tenía establecida una extensa red de contactos y había logrado lo imposible: establecer nexos entre los paramilitares y las FARC, las principales fuerzas irregulares en guerra, para coordinar el tráfico de cocaína. Barrera le compraba base de coca al Frente 43 de las FARC en el Guaviare; luego la llevaba hasta el Meta para su procesamiento y después la exportaba a través del Cartel del Norte del Valle, de Antioquia y de la Costa Atlántica. Los llamados “Mellizos”, Miguel Ángel y Víctor Mejía Múnera, comandantes del bloque paramilitar “Vencedores de Arauca”, también fueron clientes de las FARC gracias a los “buenos oficios” de “El loco”. Su creciente ascendencia hizo que en un arranque de osadía pidiera permiso a las autodefensas para matar a Miguel Arroyave, comandante del Bloque Centauros y dueño y señor del Bloque Capital. Algunos miembros del estado mayor de las entonces llamadas Autodefensas Unidas de Colombia, dieron su beneplácito y fue así como Arroyave cayó asesinado a manos de alias “Cuchillo” y “Jorge Pirata”, dos comandantes muy cercanos a Barrera. Desde entonces “El Loco Barrera” es quien manda y desmanda en las estructuras que operan en Bogotá y sus alrededores. Dicen que no hay gramo de cocaína que pase por la capital sin la autorización y el respectivo pago de derechos a este personaje.
La historia subterránea de Bogotá registra que en la actualidad existen varias “Oficinas”, unos núcleos de delincuencia organizada, en varias partes de la ciudad. Se habla de la “oficina” de Suba, al noroeste de la capital, la cual tiene satélites en Soacha y Bosa, al sureste de Bogotá. El diario El Espectador publicó incluso que los jefes de esas organizaciones “permanecen en un edificio cercano a la zona esmeraldera, sobre la Jiménez con Séptima, y en la 134”. También señalan que Daniel, El Loco Barrera “consolidó su presencia en Sanandresito de la 38 y en Corabastos y las extendió a los sectores populares de Soacha, Kennedy, Ciudad Bolívar, Fontibón, 7 de Agosto, Restrepo y el centro”. Como quien dice, salvo la zona nororiental de la ciudad, en donde habitan y trabajan los ricos de Bogotá, prácticamente toda la capital se encuentra bajo la influencia de estas “bandas emergentes” o paramilitares, y ésta llega hasta el municipio de Soacha.
No es extraño, entonces, que la más reciente andanada de panfletos amenazando a los jóvenes, a los homosexuales, a los drogadictos, a los “intolerables”, hayan circulado en todo Bogotá y en Soacha. Lo que sí enrarece el clima social son los segmentos de opinión, los miembros de la sociedad civil que aplauden ese tipo de acciones. Extrañas madres las que dicen “Ojalá acaben con esos vagabundos a ver si se sanea el barrio”. Extraños padres los que celebran la instauración de un imperio del miedo. Muchos colombianos parecen no entender las consecuencias de entregarle sus destinos a la delincuencia y muestran fascinación por las soluciones totalitarias.
Hasta septiembre de 2008 había pasado desapercibido un suceso que permitía desentrañar el misterio de los once desaparecidos de Soacha. A comienzos de ese año, el Sargento Alexánder Rodríguez, adscrito a la Brigada Móvil XV que opera en Ocaña, denunció ante la Fiscalía, ante la Procuraduría y ante sus propios superiores del ejército, que había sido testigo de homicidios cometidos por sus compañeros contra civiles que luego fueron presentados como guerrilleros dados de baja en combate, para obtener los cinco días de descanso que su batallón daba como premio a quienes presentaran muertos de guerra. El Sargento Rodríguez fue expulsado de las Fuerzas Militares y al día de hoy no ha sido reintegrado.
Las piezas comenzaron a encajar. Pudo establecerse que los muchachos desparecidos fueron contactados por paramilitares en asocio con miembros de las fuerzas armadas, y mediante engaños habían sido trasladados a frentes de combate. Una vez allí los conducían a parajes retirados y les disparaban a sangre fría. Después, les ponían traje de camuflado y los hacían pasar como guerrilleros abatidos. Los montajes fueron burdos y dejaron pistas claras sobre lo ocurrido. Algunos cadáveres tenían puestas botas de diferente talla en cada pie; en otros casos, la talla de los uniformes era evidentemente inferior o superior a la del cuerpo que las portaba y varias de las heridas de bala habían sido perpetradas a quemarropa. Eso sin hablar de los casos en los que la víctima tenía discapacidades físicas o mentales .
El Ministro de Defensa de Colombia, Juan Manuel Santos, anunció una profunda investigación en el interior de las Fuerzas Armadas. A finales de 2008, 27 militares fueron retirados del servicio activo y se aceptó la renuncia del Comandante General del Ejército, General Mario Montoya, quien luego fue nombrado embajador en la República Dominicana. En abril de 2009 se produjeron las primeras condenas a ocho uniformados por los casos de las desapariciones en Soacha.
En un comienzo se habló de once jóvenes desaparecidos, pero una vez el personero Escobar hizo las primeras denuncias, comenzaron a aparecer casos similares en todo el país. Actualmente la Fiscalía adelanta investigaciones sobre más de 900 casos relacionados con este tema, y ocurridos entre 2007 y 2008 en diversas regiones de Colombia. Desde que se desató este escándalo, según el Ministro de Defensa colombiano, sólo reconoce un caso adicional. El CINEP -Centro de Investigación y Estudios Populares- por el contrario, dice que entre julio y diciembre de 2008 se han documentado 35 nuevos casos de ejecuciones fuera de combate, conocidas como “falsos positivos” en Colombia.
Recientemente se supo que los intermediarios recibieron la suma de un millón quinientos mil pesos -algo así como 600 dólares- por cada uno de los jóvenes asesinados. Aún no es claro quién pagó ese dinero. Tampoco resulta convincente que los militares hayan llegado a semejantes extremos por obtener cinco días de licencia. Todavía se investiga.
Hay quienes señalan que este tipo de prácticas se llevan a cabo desde hace muchos años en ese país. El DIARIO PÚBLICO, de Madrid (España), señaló que: “documentos desclasificados del Departamento de Estado de EEUU y filtrados a la organización civil National Security Archive (NSA), un grupo de investigación ligado a la Universidad de Georgetown, revelan que la CIA conocía desde 1990 estas prácticas delictivas perpetradas por las fuerzas de seguridad de Colombia.” Agrega que el ex embajador de Estados Unidos en Colombia Myles Frechette: “califica a (Mario) Montoya de promotor del método del "body count", nombre utilizado para certificar éxitos en la guerra contrainsurgente y permitir ascensos en la carrera militar.” La Organización COLOMBIA NUNCA MÁS, dedicada a rescatar la memoria histórica de ese país, asegura que ha creado un banco de datos que incluye el registro de 25 mil ejecuciones extrajudiciales, de las que 10 mil cuerpos nuca han aparecido.
Las consecuencias de este escándalo son impredecibles para Colombia. El asunto de los “falsos positivos” ha hecho mella en la confianza de las demás naciones frente a las autoridades colombianas. Navy Pillay, Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, dijo que la desaparición de estos jóvenes perfectamente puede ser juzgada por la Corte Penal Internacional, que entra a operar en Colombia precisamente en este 2009. El 29 de abril, el gobierno de Gran Bretaña retiró su ayuda militar al país, al tiempo que dos senadores de la oposición anunciaron su decisión de denunciar los hechos ante la OEA.
Las denuncias del personero de Soacha adquirieron una dimensión que él mismo no imaginaba. Una vez estalló el escándalo, recibió por correo en su oficina un panfleto elaborado con recortes de periódico y firmado por las “Autodefensas de Cundinamarca”, citando el lema “Los hermanos Castaño viven”. Los autores del escrito se declaran defensores del presidente Uribe, del Ministro de Defensa y de las Fuerzas Armadas; luego acusan al personero de ser auxiliador del las FARC y le exigen que renuncie a su cargo, pues de no hacerlo, lo van a asesinar. Frente a esta situación, Fernando Escobar le dijo a El Espectador: “El estrés derivado de esto ha sido brutal y obviamente el tema de la seguridad me preocupa. Hace poco me visitó un hombre que dijo ser del Ejército. Estaba de civil, pero sacó un carné laminado que lo acreditaba como Mayor. Llegó a hacer preguntas. A mí no me gustó, sentí desconfianza. (…) La manera tan directa como me preguntó me hizo desconfiar. Le dije que esa información la trataba directamente con sus superiores. Luego llamé al Ejército y me dijeron que ellos no habían enviado a nadie.” El gobierno adjudicó un vehículo y un par de escoltas para la seguridad del personero.
Fernando Escobar pertenece a una nueva generación del poder en Soacha. Hasta el año 2005 y por más de dos décadas, el municipio había sido gobernado por la “Dinastía Ramírez”, una familia prestante del lugar que más de una vez se vio implicada en investigaciones y sanciones de la Procuraduría por sus acciones. El balance de sus sucesivas administraciones es la Soacha de hoy día, sin más comentario posible. Un trabajo de varios años y una veeduría estricta sobre las elecciones municipales, permitieron que nuevos sectores accedieran al poder local.
La denuncia pública de los “falsos positivos” marca una profunda diferencia con la actitud de las pasadas administraciones. De hecho, en la primera audiencia senatorial con las madres de los jóvenes ejecutados por el ejército, varias de ellas expresaron a través de micrófono, que hasta ese momento Escobar era el único funcionario estatal que había apoyado integralmente a las familias en este escabroso tema.
Ahora a Fernando Escobar le preocupan las 93 denuncias que ha recibido por desplazamiento interurbano: personas que deben cambiar de barrio para proteger su vida o evitar que sus hijos sean reclutados por algún grupo armado. Los panfletos que amenazan a la juventud y que les recuerdan que en Soacha el permiso para seguir viviendo lo da la delincuencia, exacerbaron el miedo de los pobladores. Escobar examina con preocupación un conjunto de cifras y gráficos que guarda en su portátil; mantener actualizadas las cifras es el elemento que le permite tener códigos de interlocución con las autoridades regionales y nacionales. Siempre le piden cifras. Las cifras son la quintaesencia de la administración pública. Y a Fernando Escobar, que conoce bien su municipio, le inquieta que exista subregistro de las problemáticas. Es un funcionario que saluda de mano a todos sus colaboradores y a la gente que aguarda ser atendida en la recepción de la Personería. Mira sin parpadear mientras escucha. Definitivamente, pertenece a una nueva generación del poder en Soacha. “Este tipo de situaciones se conocen desde hace muchos años. Lo que pasa es que los funcionarios de control no han querido meterse en problemas y por eso se callan”, dice Fernando Escobar mientras cierra su portátil. “Pero yo decidí no hacerme el pendejo”, agrega.
Soacha ya no es el bucólico paraje en donde los viajeros bogotanos se detenían para comer “garullas”, unos bizcochos de harina y queso por los que es famosa. Soacha, que deriva su nombre de una alocución muisca que significa “Ciudad del varón del sol”, nunca volverá a ser la misma. La grave dificultad de este municipio deriva de compartir con Bogotá los problemas más extremos en las poblaciones vulnerables. Lo que no comparte es la capacidad institucional de la capital para resolverlos. La buena voluntad de autoridades y sociedad civil, tienen la última palabra.
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at 01:42 PM on June 03, 2009
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Por Nelson Octavio Martínez (nnoomz@gmail.com)
Lunes 4 de mayo de 2009, Arborizadora Baja, Ciudad Bolívar, Bogotá
Estoy invitado a hacer una reseña sobre un espectáculo cómico- taurino. “A eso de las 10 salimos”, me dijo Ezequiel “Curro” Vargas que se hace llamar Tin Tin, y es el director. Ya son las 11 y aún no llega el transporte. Es mi primer encuentro con los artistas. Entre los miembros del equipo hay una serie heterogénea de personas: Acróbatas, bailarinas, los de logística y los enanitos toreros. Es la primera vez que veo a Batman aunque todavía no sé que él es Batman.
Llega el carro. Es una pequeña buseta de tipo escolar, en la que los enanos empiezan a mostrarse extrovertidos y en confianza, ubicándose en la cabina y en los primeros puestos. Vamos con rumbo a La Vega Cundinamarca; para las ferias y fiestas.
Aparece una botella de cuarto de aguardiente que se rota “para calentar la sangre”, como me explicará más tarde Abelardo, un acróbata que supera los 1,75 y es el más alto de la comitiva. A su lado está Carlos, el otro acróbata. Es joven y mide 1,65. En todo el camino no hace más que reír y conversar con Yesica, una esbelta y juvenil mujer de raza negra. Ella es una de las bailarinas. En ese momento solo llama mi atención por su belleza.
La pancarta de cerveza anuncia “Ferias y fiestas, La Vega”. Nos ubicamos en una zona aledaña al municipio, donde se ha construido una plaza metálica con tribunas de concreto. Llegamos y empieza a evidenciarse el carácter de estrellas de los enanos. Su presencia causa sensación.
La mayoría de los hombres que llegan al festejo lucen sombreros. Algunos, prominentes barrigas. Los niños que no están de uniforme tienen camisas sencillas de tela y pantalones de jean. Hay unos 25 grados centígrados de temperatura. Noto que nadie lleva chaqueta a excepción mía. La guardo en mi maleta y me siento más a gusto: estoy entrando en situación.
Viene una ronda de juego de pelota entre Batman -aún de incógnito-, los enanos, los niños y algunos adultos del lugar. Se juega al bobo… El bobo más reincidente es el fotógrafo de pueblo, que olvida su trabajo para correr afanosamente y con poca fortuna tras el balón. Batman lo disfruta bastante, sigue muy contento: aún no aparecen los villanos.
Después, empieza El show.
“¿Donde está Tin Tin?” pregunta el animador local… “Tin Tin, empecemos que ayer nos llovió a esta hora”. El día no parece amenazar lluvia, pero el hombre insiste: “Tin Tin, agilicemos”.
Al fin llega Tin Tin y los enanos entran a hacer su paseíllo comandados por Marcela –mujer del director/payaso-. Ella lleva la bandera de Colombia. Le acompañan otras dos bailarinas: Gloria y Yesica que sobresale por ser la más espigada de las tres.
Y mientras tanto, atrás de la barrera, Carlos ha adoptado su personalidad de Batman. Un Batman sin máscara, pero con traje negro y el inconfundible logo del murciélago, sacado más de la serie “Batman del futuro” que de las películas de Joel Schumacher o de Tim Burton. Este personaje luce muy joven si tenemos en cuenta que apareció por vez primera en Mayo de 1939 como creación de un dibujante de 22 años llamado Bob Kane y de un guionista de 25 llamado Bill Finger.
Carlos, el acróbata que ahora calienta sus músculos en La Vega (Cundinamarca), con sus escasos 20 años, podría ser más bien Robin, el otro personaje del “dúo dinámico”, que ha dado mucho de qué hablar y que en principio se llamó Dick Grayson, cuando apareció en el número 38 del cómic por allá en abril de 1940. Luego sería reemplazado por Jason Todd, un rebelde compañero del murciélago, que causó tanta polémica, que en 1984 se decidió en una votación telefónica de los lectores, que debía morir. Gracias a esa decisión, Todd muere a manos del Guasón que lo mata a golpes con una barra de hierro. Para los que se impresionaron con el sombrío Guasón del actor australiano Heath Ledger en el cine, éste, de hace más de 20 años, podría ser aún más perverso. Menos conocido es que, posteriormente, hubo otros Robin: un muchacho llamado Tim Draque, y dos mujeres: Stephanie Brown, despedida por no seguir las órdenes de Batman –y que murió intentando probar su utilidad al hombre murciélago- y Carrie Kelly que apareció en el célebre cómic de Frank Miller “El regreso del señor de la noche”.
Pese a los tropiezos, el gótico héroe siguió adelante y ahora está ante mis ojos en la Vega, donde se prepara con Tin Tin el payaso y Abelardo, el otro acróbata. Este último toma la personalidad de Super-Tin Tin -otro personaje básico en el show y que en ocasiones es representado por algún enano o por el propio Ezequiel-, con calzón y capa rojos, un traje blanco, y una T sobre un pentágono amarillo. No es extraño ver en un mismo escenario a Batman enfrentado a Supermán como sabe cualquier seguidor de la historieta.
Luego salen a presentarse en pleno: los héroes, los payasos, las bailarinas y los enanos. Todos corren hacia el público.
Un sistema de sonido inalámbrico permite que Tin Tin vaya comentando lo que sucede.
Sueltan la primera vaquilla y Super-Abelardo, que en el bus llevó todo el tiempo unas gafas oscuras, la enfrenta. En el quinto envite de la res, es arrojado al piso. Se descompone su blanco traje. El animal le arranca la capa, lo ensucia de arena y lo deja momentáneamente rengo.
“¡Esta vaca me está fomentando el desorden!” dice el payaso Tin tin, que le hace un quite sin necesidad de capa. Luego Batman la torea en redondo dando casi tres giros, lo que arranca aplausos del público.
Entonces Comienza a lloviznar.
En la tribuna hay gran agitación por la lluvia, poca gente presta atención al ruedo. Un vendedor, sacando capotas de la nada, empieza a venderlas a 1000 pesos. Busco la sombrilla en mi maleta y sigo observando.
Súper Abelardo corre hacia la vaquilla y cuando ésta lo embiste, salta por encima. Debido a su estatura, Abelardo hace parecer fácil el salto: se lanza sobre la novilla y cae en las manos dando un giro en el piso.
Ahora es Carlos-Batman el que lo hace. Como es de menor estura, la maniobra se ve más riesgosa.
Los encargados, mientras tanto, cubren como pueden, las torres de sonido con grandes plásticos negros.
Batman sale en plena lluvia con dos palos de unos 2 metros de longitud, parecidos a las picas que se usan en el toreo serio, y los levanta como si fuera a banderillear con ellos a la novilla. Cita a la res que lo mira desconfiada… cuando la vaca embiste, Carlos-Batman se levanta sobre los dos palos como garrochas y en el aire choca sus talones, generando gran emoción en la gente que ya ha asumido que lloverá más duro y se resigna a ello.
Batman corre y se refugia en el burladero.
Sale súper-Abelardo con la muleta, una tela de menor tamaño que el capote. La cita con la mano derecha en un pase cambiado… repite el pase 5 veces más. Posiblemente el hecho de pasarla por la izquierda de su cuerpo tenga que ver con el pitón caído del animal, que ofrece menos riesgo. Luego da una tanda de 4 muletazos más y termina, ayudándose con las dos manos y saludando al público. Entonces pasa la muleta a Batman.
Entre tanto, Tin Tin el payaso la cita e intenta esquivarla, pero ella lo alcanza a levantar de las posaderas. Él la golpea con el sombrero, mientras le dice a Batman: “¡ayúdeme… me metió medio cacho!”
Batman le hace entonces pases por ambos pitones. Al citarla por la derecha la novilla desarma a Batman, que luego recupera la muleta del piso y tras un pase, trata de tomarla de los cuernos. Lo intenta una vez más y falla.
Súper-Abelardo sale y logra atraparla por la cola, ella lo patea o al menos lo intenta. Arrastrado por la pista hecha un lodazal, pareciera hacer esquí acuático. Batman se pone en frente y la toma de los cuernos; entre los dos la retienen y luego, Super-Abelardo la cabalga invertido, mirando para atrás.
Batman la suelta y Super-Abelardo intenta tumbar la vaquilla solo. La gente grita. Batman empuja la res pero no cae y en vez de ello, lo embiste. Super-Abelardo no suelta la cola y lo vuelve a arrastrar. Tin Tin, mirándolos, dice: “¡Hasta a mi me da risa!”.
Finalmente y con ayuda de Rasquiñita, otro payaso representado por el hermano de Ezequiel, logran tumbar al animal. Recuerdo entonces que cuando le pregunté a Ezequiel-Curro-Tin Tin sobre el posible maltrato a la res -tumbar la vaquilla, halarle la cola, forzarla -, me dijo que en el campo se hacen faenas similares con las bestias: marcarlas, herrarlas, etc.
Tin Tin, ríe viendo la escena y dice: “¡Todo lo que pase aquí con el barro no estaba en el libreto; la cagada que se están pegando es de verdad!”. Y es cierto, todo lo que pasa allí es real.
Posteriormente, la vaca es sacada para los toriles a física fuerza y se realiza el show de los enanos vestidos de presos.
Sueltan otra vaquilla, pero ahora los protagonistas han cambiado sus trajes: Carlos ya no es Batman sino que viste de payaso. Tiene un chaleco negro y un gorro alto. Es como si Batman se hubiera trasfigurado en el ya mencionado Guasón o el Joker, como también se conoce a éste, el principal antagonista del héroe, que apareció por primera vez en las aventuras de Batman, en la primavera de 1940.
La lluvia no amaina, más bien se fortalece. La res, un poco más pequeña, es igual de acuciosa. Rasquiñita trata de hacerle un pase de rodillas pero se arrepiente. La torea en redondo, pero cuando intenta girar el cuerpo de nuevo, lo levanta y le da un revolcón quitándole el capote. Aparece Abelardo a ayudar: ahora es un payaso de pantalón, chaleco y sombrero azul. Carlos- Guasón recoge el caído capote y luego corre. Salta la barrera cerca a los bomberos que están de chompa amarilla en el callejón, sus movimientos tratan de ser más graciosos… debe parodiar el miedo que siente.
Luego salen Carlos-Guasón y Abelardo que tomados de ambas manos, citan a la vaca. Cuando intenta cogerlos, se impulsan uno al otro para dejarla pasar en medio. Lo hacen dos veces y en la tercera la emprende solo contra Abelardo que debe huir. Carlos-Guasón atraviesa el ruedo en una carrera frenética delante de la vaca. Va al burladero, pero con tal premura, que parece haber golpeado su cara contra las tablas. En este punto es difícil distinguir la parodia de la realidad, aunque la gente a mi alrededor coincide en decir que se pegó duro.
Abelardo y Rasquiñita se dirigen a la vaca. La sostienen pero los lleva a rastras por todo el ruedo… Carlos-Guasón también la toma de la cola y Abelardo se aferra con fuerza a los cachos… Mientras tanto, al margen del espectáculo, al lado del camerino, los enanos se dedican a jugar en el lodo. La idea según entiendo: es acabar de embarrar al que esté menos mojado.
Así termina esa faena. Tin Tin congrega a todos al centro del ruedo y reciben un sonoro aplauso.
Ahora salen dos de los enanos con capotes acordes a su tamaño.
Tin Tin dice “¡listo, alístenme el toro que mató al caballo ayer!”…
Tras de unos peligrosos eventos donde se nota el riesgo mayúsculo de las personas con acondroplastia corriendo frente a una res y en las que uno debe decir sinceramente con Tin Tin: “menos mal que la vaca no tiene puntería”, viene otra faena de fuerza.
Rasquiñita sujeta a la vaca de los cachos y sin ninguna ayuda logra arrojarla al piso. Carlos-Guasón le ayuda y los enanos en grupo corren a subirse en ella y hacen mofa del animal caído.
Abelardo va a sostenerle la cabeza. El animador pide un aplauso, que resulta generoso. Los enanos se alejan y cuando sueltan la vaca, ésta patalea patas arriba y golpea a Carlos-(Batman)- Guasón en el cuello. Éste, se aleja tambaleante hacia el tablado.
Para asegurarla, nuevamente la sostienen de cabeza y cola.
Mientras tanto, parece que Carlos se ha desmayado. Los bomberos de amarillo, lo llevan por el callejón, y el animador solicita “la ambulancia y la camilla rápido, por favor”. Es la última vez que vemos a Carlos en el ruedo. Los enanos explican a Tin Tin lo ocurrido e intentan ayudar a halar al animal desde atrás, pero es virtualmente imposible por el estado del piso.
Más tarde, Ezequiel-Curro-Tin Tin dirá: “un día de estos me va tocar desmayarme a mí, cuando más me necesiten”…
Reviso la grabación y veo caminar a Carlos un poco turulato… tras el golpe. Ya no es Batman o el Guasón, es un hombre que sufrió un accidente de trabajo.
Esa mañana, Carlos- Batman: había llegado sonriente luciendo su chaqueta deportiva tipo “adidas” y un andar descomplicado. Se mantuvo la mayor parte del tiempo, hablando con la morena de gatunos movimientos. Reflexiono sobre ello y concluyo que Yésica en ésta fábula, puede ser la Catwoman de nuestro Batman, pero con la particularidad de ser negra, como Eartha Mae Kitt, la actriz, cantante de jazz y estrella de cabaré de nacionalidad estadounidense, que representó a Selyna Kyle en la serie de televisión Batman de los años 60. Catwoman o Gatúbela apareció en Batman 1 (año 1940), aunque no tenía disfraz y se hacía llamar The Cat. Allí era una ladrona de joyas. Derivaba su nombre Selyna, de la deidad lunar Selene y como referencia a la palabra "felina". Con ella se buscó una Némesis, que además generara interés romántico para el héroe. También debía ser voluptuosa. Así se buscaba incentivar el número de lectores adultos: mujeres y hombres. Fue la misma estrategia de la creación de Robin: en ese caso se pretendía que la historieta tuviera más público infantil.
Al verlo desaparecer llevado por los socorristas, recuerdo que en la mañana, Carlos mencionó que había sufrido algunos accidentes en el ruedo pero que eso no le afectaba, que allí todos sentían miedo, pero lo controlaban.
Cuando los enanos se retiran. El animador dice “no ha pasado nada… Vamos a hacer una cosa: ¡vamos a soltar la vaquilla para el público!”.
Luego de las muchas muestras de miedo y pocas de arrojo por parte de los lugareños, viene el show musical, donde Ezequiel canta alternadamente sobre cuatro caballos y hace gala de su adiestramiento. Con esto termina el espectáculo.
De vuelta a la buseta, Abelardo ya sin el super-traje ni sus gafas oscuras, saluda un poco distante. Está con algunos tragos en la cabeza. El vehículo se ha vuelto el camerino de todos. Atrás las mujeres se cambian. Hay un gran ajetreo.
Mucho más tarde, llega Carlos todavía maquillado de Guasón. Algunos le preguntan qué pasó. El no quiere hablar, se le nota triste y aburrido. Descubre que no le han traído su maleta, ni se muestran muy interesados en su comodidad. Le molesta dicha apatía y dice que “dejen así”. Cada uno está en su cuento. En su mayoría, los hombres enanos están pasados de tragos, mientras que ellas parecen no haber tomado mucho.
Estamos en ferias, prácticamente todo el que se les acerca, les ofrece licor.
Embriagarse es una costumbre bastante popular. Ocurre después del juego de fútbol de barrio o hasta de un entierro. No me sorprende que los que se han jugado la vida, también lo hagan.
Saliendo del pueblo, Ezequiel-Tin Tin invita pollo para todos, incluido el cronista.
Rasquiñita, que está muy ebrio, me pasa el brazo sobre el hombro y refiriéndose a sus compañeros de labor me dice: “Yo sin ellos no soy nada. Ellos son una parte mía y yo una de ellos”. Entonces alguien pregunta por Carlos. Nadie había notado su ausencia. Finalmente tras una breve búsqueda, dicen que está durmiendo en el bus.
Pienso entonces en la tristeza de Batman y creo que es inherente a su papel. Es un ser íntimamente resentido, cuya motivación es la venganza. Es un héroe que está demasiado cerca de ser un villano. Si perdiera ese carácter, perdería su encanto, que es como la tristeza de Humphrey Bogart en Casablanca: irremplazable.
Carlos, probablemente se haya recuperado.
Es la paradoja de un oficio en que se busca hacer reír jugándose la vida. Quizás se vuelva a poner ese fatídico traje de Batman o de Guasón que son como las dos caras de una moneda. No lo sabrá tal vez, pero fue un perfecto Batman: trágico e infeliz.
Posted by tallerdecronicarenata
at 11:00 AM on May 27, 2009
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Crónica de la primera gira de Xoel López en Bogotá del 7 al 11 de Mayo de 2009.
Por: UMBERTO PÉREZ
Xoel López está solo en el escenario del Astor Plaza, un viejo teatro bogotano que hasta los años ochenta proyectaba las películas más taquilleras de Hollywood, y que después la ruina y de ser rescatado de las garras de las sectas religiosas, se ha convertido en uno de los lugares más importantes para conciertos en la capital colombiana desde mediados de esta década.
El escenario está oscuro, apenas una luz tenue baña a Xoel que se acompaña de una guitarra folk, un juego de cinco o seis armónicas y una pandereta para pie que él mismo ha adaptado para tocar con su pie derecho. Viste una camisa azul claro a cuadros, vaqueros color ocre y tenis azules, que sumados a su delgadez, su barba hirsuta y sus anteojos, hacen que parezca un chico buscando buena fortuna en algún café del Greenwich Village. Y podría serlo, pero no. Lo que en verdad busca Xoel López es volver a la esencia de la canción, al estado puro de la misma, y ha decidido hacerlo en el continente americano en su plenitud.
A finales de 2008 Xoel cerró una etapa tan exitosa como abrumadora. En menos de diez años se había convertido en una de las principales figuras del pop y del rock español bajo el seudónimo de Deluxe. Iniciando en la carretera de la independencia y en lengua extranjera -por cosas de la juventud me confesará-, fue mutando hasta asumir el rol de un singer-songwriter brillante y prolífico que llenaba cualquier sala donde se presentaba. Pero el movimiento -factor fundamental en su proceso creativo- se fue estancando hasta hacerlo sentir encerrado. La solución fue detenerse, mirar hacia otros horizontes, ir hacia ellos para tomar nuevos aires y probar nuevas sensaciones a partir de la calma o la locura americana.
Entonces en una huida hacia delante dejaba atrás la rutina ciega de una estrella de rock, que va desde la grabación de discos, promoción, entrevistas y giras, hasta el oficio extra de la ?opinología?; y en su caso dejaba atrás a Deluxe, una parte de sí con la que no se sentía muy cómodo desde hacía algunos años.
Después de residir varios meses en Buenos Aires, visitar Santiago de Chile, arribar a Nueva York y hacer un concierto al otro lado de los Estados Unidos en San Francisco, Xoel ya está en Bogotá. Ha llegado con su amigo, el increíble pintor coruñés Jorge Cabezas y esperan llegar a una ciudad en la que -según Google- todo el tiempo llueve. Y sí, más o menos es así. Los de acá rogamos al cielo para que se mantenga abierto los cinco días, en los que este par de gallegos pararán a conocer un poquito de Colombia, en medio de los tres conciertos que hemos conseguido para Xoel.
Han pasado un par de meses, o quizás un poco menos, desde que le escribí a Xoel por primera vez contándole del interés que teníamos en que viniera a tocar. Mi hermano, el fotógrafo Andrés Wolf, lo conoció en Septiembre pasado y le manifestó que unos cuantos ?frikis? bogotanos amábamos su música. Él, Deluxe en ese momento, le confesó que para 2009 tenía planeado tomarse un año sabático en el continente americano y que de ser posible le encantaría visitar Colombia. Medio año después estoy hablando en pasado de la visita de Xoel al país.
Andrés Correa, quizás el cantautor bogotano más importante de la última década en la escena independiente, es el eje central de todo el andamiaje para que Xoel haya venido. El pasado 8 de Mayo celebró su carrera musical con el lanzamiento de un disco que contiene sus mejores canciones de sus cuatro álbumes en estudio. El concierto realizado en el Teatro Astor Plaza fue la excusa perfecta para que el público capitalino conociera a Xoel y viceversa.
Realizar un concierto para un artista independiente -y además cantautor- en Bogotá es un poco difícil, y más aún, si no se cuenta con la experiencia para hacerlo, como en este caso. Sumado a eso debíamos organizar una mini-gira con sus respectivas comodidades para Xoel y Jorge. Debo mencionar que en la visita de Xoel no hubo intermediarios, ni agencia de managment, ni disqueras, ni booking, ni nada. La burocracia no tuvo cabida en esto. Xoel pagó sus pasajes de avión y vino porque quiso. Jamás se habló de pagos ni de comisiones y nunca de dinero, sólo apenas para comparar el precio de una cajetilla de cigarrillos en Bogotá, Madrid y los States.
Con pequeñas ayudas de amigos conseguimos un lindo hostal en el centro histórico de Bogotá, un pequeño café-bar en La Macarena -barrio céntrico de artistas e intelectuales- y un bar indie en Chapinero -reconocido sector bogotano por su actividad nocturna e inseguridad-. Ya teníamos el hotel y los tres lugares en los que Xoel tocaría. Todo lo demás, es decir, quién acompañaría a Xoel y a Jorge, cómo se movilizarían, qué comerían y a dónde irían, lo fuimos solucionando a la vez que avanzábamos en la ejecución del concierto en el Astor Plaza.
Nunca, ni yo ni mis amigos habíamos organizado un concierto de tal magnitud, apenas pequeños conciertos para Andrés Correa o algún otro de los cantautores que hacen parte de la Fundación Barrio Colombia -una joven organización que busca publicar y promocionar las obras de artistas independientes-. Pero cuando tuvimos a disposición el teatro no dudamos ni un segundo en hacer uso de él. Tan sólo que no imaginábamos la locura que significa armar un concierto grande en Bogotá: cláusulas, impuestos, venta de boletería, alianzas estratégicas con medios, socios patrocinadores, difusión, publicidad en prensa, publicidad callejera, contacto con entidades gubernamentales, entender en qué consiste y cómo funciona cada una de esas cosas en un estado ideal, y comprender y aceptar cómo se desarrollan en la realidad es adentrarse en un huracán del sólo se sabe terminará cuando se cierre el telón y se enciendan las luces nuevamente.
Un par de días antes a la llegada de Xoel a Bogotá, lo entrevisté para la radio digital Cortesía de la Casa. Veníamos buscando esa entrevista con mucha anticipación pero los viajes de Xoel y mi torpeza la habían hecho imposible hasta entonces. Sólo hasta esa tarde y después de hacer esperar a Xoel una hora, entendí que Nueva York tiene una diferencia horaria de más uno respecto a Bogotá. Pero todo desde el intercambio de e-mails fluía de maravillas. En la entrevista nos contó de su actual estado de liberación, de lo bien que le estaba sentando Suramérica y de la expectativa que le generaba venir a Colombia. Al final Xoel hizo un simpático símil entre nuestro contacto y una cita a ciegas; primero los correos electrónicos, luego una llamada y finalmente el encuentro ?tête-à-tête?.
El jueves 7 de Mayo a las 6:30 de la tarde Andrés Correa y Xoel López tienen una entrevista en una reconocida emisora universitaria. Andrés y yo estamos ultimando detalles del concierto y vamos tarde para la cita. Mi hermano y Xoel llegarán temprano, será un encuentro enrarecido por el ambiente mediático. Y en efecto, llegamos tarde, ellos ya están allí, Xoel está afinando la guitarra y mi hermano conversa con él mientras que un par de chicas amigas nuestras registran todo en video para un futuro documental sobre la locura del 8 de Mayo.
Andrés y Xoel se reconocen gracias a la Internet, se saludan cordialmente y el colegaje hace que todo fluya por buen cauce. En cambio mi saludo con él es formal. Luego viene la entrevista con un par de periodistas que apenas pueden pronunciar su nombre; pero Andrés Correa es un viejo amigo de la casa y se encarga de mediar entre cierta ignorancia de las periodistas y la disponibilidad plena de Xoel para explicar cosas tan obvias como que él y Deluxe son una misma cosa. Igual él lo volverá a explicar a la mañana siguiente en una de las emisoras de la radio nacional con mayor audiencia, y también como esa noche, volverá a interpretar la versión completa e inédita de Quemas.
A la salida debemos ir hacia el pequeño café-bar que hemos conseguido para que Xoel toque por primera vez en Colombia y se sienta como en casa en medio de todos los ?frikis? que nos sabemos sus canciones. En el camino Xoel saca un cigarro y le pido uno. No me escucha. Mi hermano replica con confianza amiga: - Xoel, que le regales un cigarro a mi hermano-. Xoel se detiene. Me pregunta que si yo soy con quien se ha comunicado todo este tiempo. Asiento con mi cabeza. Él abre los ojos y mientras me dice que no entendió quién era yo cuando llegamos a la emisora con Andrés, me da un abrazo inesperado y luego me pasa un cigarrillo. Entiendo de inmediato la generosidad que lo habita. De inmediato empezamos a conversar sobre discos, canciones y músicos. La cita a ciegas al parecer resulta perfecta.
En el bar lo esperan entre veinte y treinta personas. Todos tratan de disimular a su llegada pero la emoción y la alegría de tenerlo frente a ellos se revelan en sus caras fácilmente. Jorge Cabezas, que descansaba en el hotel, llega para que vayamos a cenar, y mientras comemos pizza en una mesa para treinta personas, Jorge aguzadamente le pregunta a Xoel si alguna vez había cenado con todo su público. Las carcajadas se apoderan de la mesa. Empiezo a entender que la comunicación entre ellos dos está mediada por un fino sentido del humor. Durante cinco días junto a ellos no habrá posibilidad para que la tristeza ocupe el lugar de la risa y menos el de la sonrisa.
Ya en el bar Xoel me comenta que quiere tocar lo que nosotros le pidamos y yo le respondo que no, que yo quiero que él toque lo quiera. Su primer concierto en Bogotá comienza con Es verdad, canción que acomoda a su "nueva" estética folkie; entonces todo el encaje de rock, pop o soul con el que ha vestido a sus canciones se reduce a la mínima expresión, tal como él lo tiene pensado. El buen oficio de cada una de sus canciones -algunas rayan la perfección- hace que sea la canción y no el formato lo que importe, así, cada canción que va brotando esa noche trae consigo la esencia de un cantautor puro que no concibe otro quehacer en la vida que escribir canciones.
Pero otra cosa a la vez va quedando clara, el espíritu de Xoel López también ha abrevado en las aguas del rocanrol y pese que sólo se "defienda" con una guitarra acústica, una armónica y una pandereta de pie, cada interpretación se va cargando de una fuerza incontenible que se desborda al final con un solo de armónica o de guitarra que se enciende con la poderosa voz de López que domina con arte y maestría. Si al principio creíamos ver a una especie de Bob Dylan a punto de conquistar el mundo al final teníamos una mezcla entre el Neil Young desatado de los Crazy Horse pero sin ellos y el John Lennon en plena terapia del grito primario.
Dos noches después Xoel está frente a un público un poco más numeroso, pero no tan grande como el de la noche anterior en el Astor Plaza. Y aunque ha conquistado centenares de corazones, un problema en la comunicación impide que sean más de sesenta personas las que lo acompañen en su último concierto.
Pero eso es lo de menos. A eso de las diez de la noche Xoel se vuelve a calzar la guitarra, la pandereta y la armónica y da inicio a la ceremonia con Historia universal seguida de una versión escalofriantemente hermosa del clásico mexicano de Tomás Méndez Cucurrucucú paloma. La noche es especial y diferente de las anteriores. A Xoel se le nota más suelto -y eso es mucho, ya que suelto ha estado desde que llegó- juega con sus propias canciones, las enlaza con clásicos de Serrat, Dylan, Edith Piaff y los Beatles. Algo adentro suyo está pasando.
En el repertorio de esa noche -aunque nunca hubo libreto- sorprende su versión acústica de Perlas ensangrentadas de Alaska y Dinarama, la gente lo acompaña gritando "flores" en los momentos precisos de la canción y el pub rebosa de alegría cómplice. En efecto, la noche entera es diferente y Xoel ejecuta a la perfección piezas indispensables de su cancionero. Canciones como De tanto callar (única vez en Bogotá), Los días fríos, El cielo de Madrid, Tendremos que esperar, Rostro de actriz, Yo ya te conozco de Lovely Luna y Ver en la oscuridad suenan hermosas despojadas de todo barroquismo, suenan hermosas desnudas.
Cuando se ve venir el final alguien atrás grita pidiendo Réquiem (No fui yo), Xoel se detiene y explica que canciones como esa y Adiós corazón no las está tocando ya que requieren de toda la banda para que suenen como deben, entonces hace una pausa y espeta: - pero podemos probar que tal sale-, la versión resulta más que estupenda, y la comunión entre Xoel y el público ayudan a que así sea. Lo que parece un sueño termina con Fin de un viaje infinito, la última canción de su último concierto en la capital colombiana. Xoel está empapado de sudor y rebosante de alegría. La gente también.
La última tarde que Jorge y Xoel están en Bogotá es tranquila. Al igual que los días anteriores el clima abona un poco a la calidez del encuentro, y aunque lloviznó durante breves instantes, el sol se ha impuesto sobre los cerros bogotanos. Después de acompañar a Xoel a comprar algunos discos y uno que otro instrumento tradicional -Andrés Correa le ha regalado un cuatro- estamos en el hotel. Mientras el maestro Cabezas pinta obras con marcador sobre billetes de mil pesos colombianos -0.50 dólares aproximadamente- para los amigos, Xoel y yo hablamos de todo un poco, pero sobre todo de música.
Desde que nos conocimos personalmente la música ha sido el cable conector. Pillo que en el viaje está leyendo una biografía sobre Brian Wilson y los Beach Boys, coincidimos en que la obra del genio de California no es el resultado de la pesadilla interna que vive. Hablamos de los Beatles, de Dylan, de Serrat, de Bowie, de Veloso; en otras palabras, hablamos de cosas fundamentales para nuestras vidas. Compartimos la idea de que ni Radiohead, ni Sigur Rós, ni el nuevo folk anglosajón, ni cosa parecida, se acerca al grandioso sonido de los años sesenta y setenta ni a las sensaciones que produce.
Aprovecho para preguntarle por su estado actual y me cuenta que es uno de sus mejores momentos. Sabiamente ha tomado la decisión de alejarse del mundo de la fama para guardarse en el calor del hogar, de los amigos, de las canciones y de una geografía buena que le ha hecho descubrir que extraña a Galicia por sobre Madrid.
Durante este viaje Xoel ha diseñado los carteles virtuales de sus conciertos. El que ha hecho para Bogotá tiene escrita una expresión particular: "Desde España llega el trovador posmoderno a Bogotá". El término "trovador posmoderno" surgió espontáneamente en una entrevista que Xoel concedió a un medio chileno, pero casualmente es el que mejor se ajusta a sus nuevos días, en los que, como los antiguos juglares va de pueblo en pueblo -en este caso, de urbe en urbe- cantando alguna historia y apropiándose de otra para hacerla canción.
Xoel López está solo en el escenario del Astor Plaza, un viejo y hermoso teatro bogotano. El silencio es penetrante. Atrás de él, unas imágenes se van mezclando de forma sinuosa mientras acompañan a sus canciones -es sorprendente cuánto amor hay por él en Bogotá; las chicas que conforman el colectivo Rot_oscopia, le han regalado dicha mezcla audiovisual para este concierto-. Antes de que Xoel subiera al escenario, el proyecto musical El Sueste ha hecho su debut oficial sorprendiendo a todos con una fina fusión de porro -ritmo de la costa caribe colombiana- y elementos de la música electrónica. Después de López, Andrés Correa y su banda harán lo propio con canciones que de a pocos empiezan formar parte del imaginario bogotano. Pero ese instante en el que Xoel está arriba es especial y extraño. Más de 500 personas prestan particular atención a un joven coruñés dado a la fuga, que por cosas del destino -por no decir, de sus canciones- ha recalado en Bogotá.
El genio y el ingenio de López quiebran rápido alguna posible tensión entre él y el público. Hace mofa de lo ridículo que se ve caminando con una pandereta en el pie e introduce sus canciones con gracia para un público que desconoce lo largo y ancho de su obra; pero curiosamente las tres canciones nuevas que interpreta logran detener el tiempo en un instante. Rosa es la primera de ellas, una historia preciosa, romántica y conmovedora de una chica que sueña los sueños de Edith Piaff. De haber entendido bien, creo que esta canción hace parte del nuevo disco de Lovely Luna, próximo a estrenarse en España.
Otra de las canciones se llama Joven poeta, y es a la vez, un agradecimiento y una súplica descarnada a los artesanos de la palabra -como él-. La última que tiene como "working title" Hombre de ninguna parte, es la más cercana en el tiempo y el espacio y una clara referencia a la experiencia americana de Xoel; en ella dibuja un hermoso paisaje del trópico y a su gente mientras evoca a los Beatles. Las sensaciones y la emoción que la belleza de la canción produce en el público son indescifrables y poderosas. Xoel termina con Quemas recibe aplausos cerrados y se pierde tras el telón.
Los aplausos y los gritos ascienden hasta el techo, él vuelve y sintoniza de inmediato con la energía que bulle en el teatro. Arranca a cantar El amor valiente e incita al público a que lo acompañen a cantar "qué es lo que está pasando" "qué es lo que está pasando". Sin darse cuenta, lo que está pasando en ese justo momento es que él y sus canciones se acomodan majestuosamente en el corazón de cada uno de los presentes, que tampoco se dan por enterados del suceso.
En el camerino, después de subirse a tocar con Andrés Correa y la banda las canciones Reconstrucción y Ventana indiscreta -esta última del repertorio propio de Andrés-, Xoel no suelta la guitarra, está contento -no lo he mencionado pero debo decir que a él siempre se le ve así, contento- y no es el único; Jorge y yo sabemos que ha pasado algo bueno. En medio de la alegría y el vino, Xoel celebra con magníficas versiones de Sangri-La de los Kinks y All things must pass de George Harrison, como recordando sin quererlo que las cosas sólo duran mientras ocurren.
Antes de salir para el aeropuerto, Xoel me confiesa con gratitud que lo de Bogotá ha sido inesperado y sorprendente, y que aunque sólo fueron cinco días, bastaron para saber que quiere volver pronto. Sin la urgencia de concebir su primer disco como Xoel López y con toda la calma del mundo para hacerlo a su manera, Xoel sólo sabe que en 2010 residirá en Buenos Aires y que seguirá aprendiendo de ese estado natural al que bien le ha puesto nombre, la reconstrucción es permanente.
La luna aparece llena y enorme en el cielo bogotano, la ciudad empieza a enfriarse, se hace tarde y Xoel López, el trovador posmoderno, el hombre de ninguna parte, debe volver al norte a cantar a otros mundos. Al fin y al cabo ese es su oficio.
Posted by tallerdecronicarenata
at 06:49 PM on May 20, 2009
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Por Jorge Macumba
Después de cambiar su impecable traje italiano porun empolvado overol, un tapabocas gris y una camiseta de philaac,comienza el “concierto de rock” de don Florentino Novoa. Aún no son las 6 de la mañana cuando ya hace rugir la destartalada caladora eléctrica con la que convierte láminas enteras de triplex en vistosas tablas de ruta, las cuales comercializa en su afamado taller de avisos. Un poco antes de abrir el taller, cuando llegan los empleados mas cumplidos, don Floro ya ha cortado unas 50 tablas, les ha lijado los bordes y están listas para seguir con su proceso productivo. Aunque todavía falta fondearlas, masillarlas, rotularlas y pintarlas, las tablas ya ostentan esa triste forma de lápida que las caracteriza.
¡Aprovechen pingos, cuando pongan el Transmilenio nadie va a comprar tablas de ruta!Se oye gritar enérgico don Floro en cuanto descubre a alguno de sus ayudantes flojeando a media tarde. Aparte de estos desafortunados hallazgos son pocas las ocasiones en las que se escucha su desgastada voz. Mas difícil aún es verlo reír. Casi siempre parece preocupado, como si la sencilla rutina del taller ocultara un complejo y arduo manejo administrativo el cual escapa a nuestros ojos y le acarrea a don Floro mas problemas de los que uno cree, o como si algún agobiante dilema le carcomiera por dentro. Muchas veces me pregunto que piensa don Floro ya que pasa tardes enteras como un autómata echando lija sin parar, con la mirada puesta en la nada.Una tarde motivado muy seguramente por nuestros grises rostros, don Floro decide invitarnos gaseosa con mojicón. “Llegó la hora gris muchachos” nos dice. Deja de lijar, se acerca al escritorio y saca un billete de 2 mil pesos que le larga a Richie, quien de forma diligente va a la panadería de la esquina y trae el mandado. Luego de ese día aprovecho cualquier descuido y en algún retazo de cartulina le hago un dibujo representando una lija desgastada, una pistola de pintura al duco colgada, un lápiz sin punta o cualquier otro signo de cansancio propio de nuestra labor y al lado escribo: -Se acerca la hora gris-. Con un sencillo doblez el papelito se mantiene en pie y sin que se de cuenta se lo dejo al lado del arrume de tablas que siempre le acompañan. Expectantes, nos miramos con disimulo, aguardando el momento en el que don Floro descubra la sutil invitación, la cual casi siempre le sonsaca una tenue sonrisa, pero casi nunca el ansiado billete de 2 mil.
El taller era su pasión. Lo había comenzado en socia con su hermano Pastor, quien al cabo de un tiempo le vendió su parte del negocio aburrido por el poco dinero que se veía a pesar de la gran cantidad de trabajo y el continuo esfuerzo que exigía. Don Floro sacó a flote el taller a punta de trabajo duro, madrugando mucho, ganando poco y retacando a los proveedores. Convirtió ese olvidado punto de la ciudad en un emblema del gremio transportador y en paso obligado para cualquiera que quisiera sacarle unos pesos a su bus, buseta o colectivo de servicio público en el sur de la ciudad. Ubicado estratégicamente sobre una gran bahía diagonal al cementerio del sur, el lugar dominaba el paisaje con su gigantesco aviso en lámina, en el cual se podía leer claramente y en el mismo parco estilo que regía la vida de don Floro el nombre del local: AVISOS. Unos tímidos logos de pintuco y de Philaac pintados por compromiso con los proveedores eran la única compañía de las gigantescas letras. Allí llegaban a diario una buena cantidad de clientes, y a pesar de el gran tamaño del mismo, eran muy pocos los que encontraban el lugar por el aviso. –Hace media hora estoy patoneando desde villa mayor, había pasado tres veces por el frente y no lo vi- decía la mayoría de los conductores. -¿No vio el aviso?- Preguntaba incrédulo don Floro, mientras se asomaba a la fachada del taller y señalaba hacía el cielo. Luego de cruzar algunas palabras con el cliente, volvía a tomar la lija y seguía puliendo tablas, mientras refunfuñaba diciendo que el si sabía que esos dos logos le iban a quitar protagonismo al mensaje primordial de su negocio.
Buenas tardes muchachada, háganme un favor, está el dueño del taller?Preguntan loscorbatas gastadores mientras se van entrando con propiedad,como si fueranellos los dueños del aviso,con su falsasonrisa y un desgastadoaire de cordialidad. Los atiende muy serioGermán, -casiarrogante-y sin alzar la mirada de las plantillas que corta. –El patrón se fue y no vuelve hoy!-Grita don Floro, desde lo lejos, sin mirar a sus interlocutores.Volviendo su mirada a Germánse presentan orgullosos losdueños de las busetas, gerentes de ruta y hasta el mismo gerente de la Comnalmicros, seguros quesu sola presencia basta para hacer caminar las sillas, y para que los termados de tinto salgan gustosos agasajándolos, así como sucede en las películas de Disney.Pero al contrario de lo que ellos esperan,el desgastado mobiliario no sale corriendo en alegre comparsa tras la ilustre visita, y a pesar que ellos mandan a hacer 100 o 200 tablas, reciben el mismo trato lejano e impersonal que recibeel viejito que manda a hacer su “piratazo”, nombre con el que se conoce popularmente la tabla que usan para hacer su último viaje antes de guardar el bus en el parqueadero y cuya ganancia es totalmente para el conductor del bus.
Estas Ilustrísimas visitas tienen ocasión siempre quevan a inaugurar o a reformar las rutas,y algún burocrático personaje debe bajar de sus aposentos y visitar “al señor de las tablas”, bíblico motede don Floro. El taller tienefama de ser el mejor sitio para mandara hacer tablas de ruta, ya que no solo quedanvistosas, legibles y duraderas, sino que además quedan bien redactadas. Este es un requisito primordial para asegurar que la gente le saque la mano al bus y se suba. Un séquito de conductores, relevos, dueños de bus y otros lambonesle ayudan a su majestad a explicar la ruta que seguirá de ahora en adelante la 128A.-Que ya no pasa por aquí don Alfonso, ahora va por acá-.-Si señor, por la Virgilio Barco, pero eso es como una librería y ahí no va nadie, hay que poner grande es éxito, calle 45 y 53 en rojo y verde como estaba antes-. Entre la cacofonía de voces se escuchan nombres de grandes almacenes, parques, avenidas, barrios, y sitios de interés, los cuales se van apuntando ordenadamente en un pedacito de cartulina, para luego repetir el proceso al contrario, describiendo la ruta de regreso. Una vez completo este proceso un silencio profundo inunda el taller. Es el momento en el que Germán, el hijo de don Floro comienza a tachar, resaltar y organizar palabritas,para finalmente dar su veredicto: -Esto así, grande en rojo, esto y esto así porque esto le llama más pasajeros, esto verde y esto fluorescente y listo-. Estallan en jubilo los alborozados agremiados celebrando por anticipado el éxito de la ruta, el cual es previsible debido a la elocuencia de la nueva tabla. Eso si, para calmar los ánimos ymientras el corbata lanza la mano al bolsillo interior de su saco de paño, se le muestran dos grandes avisos, responsables en gran parte del éxito económico del taller. Uno dice“No fío” y el otro “no se reciben cheques”.
La vida familiar de don Floro era una cosa bien simple, teniendo en cuenta que esta debía ser casi nula porque el siempre se la pasaba en el taller. Estaba casado con doña Clotilde, una señora pequeñita, regordeta, de ojos vivarachos y sonrisa de abuela. Llevaba el cabello rizado, corto, tinturado y usaba unos enormes lentes redondos que le agrandaban la mirada y le daban un aspecto tierno y bonachón. Era ella quien colaboraba en el taller en esas rarísimas ocasiones en las que don Floro no podía ir a trabajar. Tenía un hijo mayor fruto de una relación anterior a su matrimonio, Orlando, el cual era su orgullo ya que contaba con un puesto fijo en el mas prestigioso instituto dermatológico nacional, aún cuando no era médico sino lagarto. Con don Floro tenía dos hijos: Germán, el rotulista del taller y Sonia, quien cuando yo entré a trabajar se acababa de graduar como ingeniera civil. Con ella no hablé en mas de dos ocasiones. La relación con Germán era bien distinta. A el lo veía a diario. El tipo tenía su genio y para colmo uno nunca sabía si estaba hablando en serio o si estaba mamando gallo. Germán estaba casado y tenía un hijo llamado Nicolás. Su señora era una muchacha joven, poco agraciada y casi nunca hablaba de ella,ni se le veía por el taller. Tampoco hablaba mucho de su hijo. El era bajito y cuajado, de tez morena, rasgos fuertes, y siempre llevaba el cabello muy corto, al estilo militar. Renqueaba ligeramente de la pierna derecha y tal vez por disimularlo siempre caminaba muy rápido, como si tuviera afán de llegar a algún lado. “Como carrera de marrano chiquito” decía el mismo en tono burlón. En el taller vestía una bata blanca como de doctor o heladero y mantenía en la yema de los dedos unos cartoncitos para no lastimarse mientras cortaba a gran velocidad las plantillas con su bisturí tipo X-Acto. El era como el gerente del taller, y atendía los clientes siempre con la cabeza gacha sin mirarlos a la cara. Nadie mas podía recibir dinero de los clientes, a no ser que fuera una propina voluntaria por parte de un cliente satisfecho, o fruto de alguna “extra” que se le hiciera a un conductor afanado. –Tome para la gaseosa chino”- le decían a uno, ya que todo favor que se hacia por allá costaba lo mismo que una gaseosa. Esa es una medida universal.
Don Floro sabe que Germán, al igual que ciertos héroes de cuento tiene un don especial: Además de ser su principal soporte, corta a toda velocidad y con gran precisión las plantillas que se necesitan en el taller. -Es como una máquina- dicen asombrados los clientes que lo ven trabajar. En un minuto traza las plantillas con un lápiz diminuto, y se ayuda con los dedos para demarcar el espacio que ocupará cada letra en la tabla de ruta. Mientras corta las plantillas saltan como palomitas de maíz pedazos de cartulina que se le enredan en la ropa y el cabello. Al final levanta la plantilla y retira algunas renegadas cartulinitas que se niegan a desprenderse, revisa cuidadosamente la misma para evitar errores de ortografía, luego busca una tabla del color que corresponda y con las plantillas encima, deja todo con un arrume de tablas para el pintor. Luego toma una nueva cartulina en blanco, el cuaderno donde se apunta las leyendas que debe llevar cada tabla y vuelve a comenzar. Así, sin parar mas que a la hora del almuerzo se le va todo el día. Pero al igual que los héroes de los cuentos, Germán tiene un grave problema: es mitómano, y no solo dice mentiras sin parar, sino que se las cree. Este es uno de los problemas que le roban la paz a don Floro, y muy seguramente la causa de tantas tardes lijando sin parar, con el ceño fruncido y la mirada puesta en el vacío. Por eso nunca le deja solo en el taller, siempre está doña Clotilde reemplazando a don Floro cuando se ausenta en alguno de sus viajes trasatlánticos o en una simple visita al médico. Preocupado, pensando en Nicolás, don Floro sigue trabajando, para dejarle a su hijo, algo que dejarle a su nieto. Pero las cosas nunca se dan como uno espera.
-Esos pingos nunca fueron a la luna-, asevera don floro sin dejar de lijar tablas.Con el ceño fruncido levanta la mirada y nos dice: -Yo que he visto les digo que esos pingos no han ido por allá!-Entonces Richi, quien ya le tiene confianza le pica la lengua y le dice que el ha visto en televisión que esos manes tienen unas naves, cohetes como edificios que se elevan en medio de severas humaredas, y que sirven para ir a la luna y al espacio. Don Floro se da vuelta, se quita el tapabocas y con vehemencia le responde a Richi que ellos si tienen esos aparatos, que han metido gente ahí, que le han dado la vuelta al mundo, pero que un fierro de esos no llega a la luna ni a palo. –Es como subirse en una buseta y pretender llegar a san Andrés. No llega porque la buseta anda por el asfalto, no por el mar.- Don Floro nos habla con la autoridad que le dan mas de 15 años viajando alrededor del mundo a bordo de cruceros turísticos que zarpan desde los puertos de Italia. En su juventud se arriesgó a viajar al Brasil para enlistarse como marinero gracias al consejo de un familiar, y le fue tan bien que terminó enrolado en una empresa naviera Italiana que lo llama cada dos años para trabajar a bordo de sus embarcaciones como jefe de máquinas. El viaja un año, máximo año y medio y se regresa a su taller. No se amaña en esa lejura, además el barco es aburrido porque a donde uno mire hay agua, nos cuenta. Además el no toma, no fuma y no juega. A bordo del barco no le cobran un centavo por lo que come y bebe, le lavan la ropa, se la planchan, y se la llevan a su camarote. Para una persona trabajadora como el eso debe ser un infierno ya que por cada de 4 horas que trabajadescansa16, lo que le deja mas de medio día completamente libre.Lo que aparentemente es un trabajo ideal, a don Floro lo atormenta porque ese tiempo libre que le queda se lo dedica a recordar a las personas que dejó en tierra. Sobre todo piensa en el güevón del Germán.
Una tardevoy de visita, y después de un partido de micro contra los zapateros del segundo piso en el que don Floro nos acompaña como director técnico, cuenta que en su último viaje recordaba como en su afán por cambiar la rutinaria e irresponsable vida de su hijo compró un taxi y lo puso a manejar. Todos en el taller ya sabemos que al mes y medio vendió el carro, luego de meterle 4 millones para repararlo de la estrellada que le metió Germán. También nos cuenta como en el mismo viaje recordabala tarde en que me despedí del taller, agradeciéndole la oportunidad que me había dadoporque me iba a estudiar diseño en la nacional, y allá no se puede estudiar y trabajar. Germán, que ya sabía que yo me iba,no apareció hasta la pura tarde con un tufo que nos hizollorosearlos ojos, diciendo que a el también lo habían recibido para hacer curso de detective en el DAS, seccional Nariño. A los quince días don Floro le mandó dinero para que se devolviera de Medellín, después de una parranda monumental.
Descalabro tras descalabro Germán se alejó cada vez mas de su padre.Cansado de años de esfuerzo y dedicación que no le dejaron ningún fruto, don Floro le dejó su taller a Germán, a sabiendas que se está despidiendo de los dos. Germán no era un niño, pero lo único que sabía hacer tan bien como cortar las plantillas era decir mentiras. Luego de andar desaparecido por una semana, y antes de derribar la puerta del taller donde presumían que se encontraba sin vida el cuerpo de Germán, le conté a don Floro que había acompañado a su hijo en una ocasión a la casa de una “amiga”, en el barrio asunción, y que muy seguramente estaba allá.Esto se lo dije en una cafetería cerca del negocio, delante de Pastor, su hermano.Al igual que el último instante de un suicida el taller después de don Floro veía pasar sus días de adelante para atrás, y ahora trabajaban en el personajes como Pastor, quienes respondiendo inconscientemente al llamado de el lugar, volvían sobre sus pasos para despedir el negocito.
Al cabo de un año el taller había desaparecido. También desaparecieron Giovani, Germán, Richie, Edgar y el mismo don Floro. Hace un tiempo me encontré con Richi quien volvía de san Victorino en donde se rebusca vendiendo mercancías varias, y me contó que don Floro se había ido a vivir a Florencia, Italia. Ha de ser verdad porque Richi no sabe ni siquiera que en Colombia hay una Florencia, alguien le tuvo que contar. Lo que si sabe Richi y en general, todos los que conocimos a don Florentino Novoa, es que era un señor en todo el sentido de la palabra. Un señor que nos enseño en su taller el valor del trabajo y de la palabra empeñaday que sacó adelante a casi toda su familia gracias a su taller de avisos, aunqueel precio que le cobró el negocio fue justamente ver a su familia alejarse de el.
Posted by tallerdecronicarenata
at 07:07 PM on April 26, 2009
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Perfil de Luz Marina Ramírez
Por: Nelson Octavio Martínez U
Luz Marina es una mujer de baja estatura y un tanto rolliza, de unos 50 años, con algunas arrugas incipientes en el rostro y ojos verdes irritados. Tiene una sonrisa que genera confianza pero que no oculta un carácter fuerte. Su tono de voz y actitud desenvuelta revelan por igual la capacidad de ser una amiga incondicional o de concebir odios acérrimos. Lo que no parece tener cabida con ella son las medias tintas, los dobleces; por eso habla en tono fuerte y desenfadado, con un lenguaje que no se arredra. De vez en cuando comete incorrecciones léxicas, que se pasan fácilmente por alto, gracias a su convencimiento y desfachatez. Cuando se habla con ella se tiene la sensación de estar en una clase magistral de experiencia y conocimiento de la vida, dictada por alguien que no se formó en la teoría, sino en la práctica. Se siente la disposición de una persona que no duda en reconocer su ignorancia sobre algún tema y su deseo de aprender; que está abierta a lo nuevo y que ha luchado por ser alguien mejor; que defiende su dignidad y se entrega a los demás sin esperar a cambio más que un trato sincero. En su presencia se olvidan los modales prefabricados y se recupera la educación, esa que se aprende en la casa o en la calle. Esa que nos hace buenas personas sin necesidad de que alguien nos vea, o que aglomera espontáneos en torno a una protesta justa, pero que en todo caso, no se calla. Es una mujer que se hace sentir.
En un segundo piso queda el apartamento al que se accede por la heladería. Es un poco estrecho pero acogedor. En él se ven algunas antigüedades que ella ha coleccionado o que le remiten a su pasado afectivo: la plancha de carbón que usó su abuela, el teléfono antiguo que posiblemente no podrá sonar pues tiene rota la caja, el caballo de cuero cocido que está rengo porque "es que cuando llegan los sobrinos, se apropian de todo y uno cómo les va a decir que no, y pues se sentaron en él". También hay un gato de madera que mira de soslayo con el gesto atrapado en el tiempo que el artesano, como un dios aburrido, reproduce en innumerables tallas, todas tan iguales y a la vez cada una tan magnífica y perfecta.
"Acá es mi refugio" dice, mostrando el espacio que le sirve de estudio, donde vigilan como guardianes del recuerdo y como símbolos de su valor, los trofeos de ciclismo, los libros y diccionarios y el computador, en el que escribe y se mete a facebook, una de las redes sociales más populares de internet. Dice, con su curiosidad y entusiasmo contagiosos, que quiere aprender más, "para poder chatear".
La serie "Beverly Hills, 90210" se transmitió en Colombia con el nombre de "Clase de Beverly Hills", y en otros países como España, con el nombre de "Sensación de Vivir". En ella aparecieron varios íconos de la juventud del momento. Entre ellos estaba Dylan McKay interpretado por Luke Perry (actor que ahora tiene 43 años), un joven que en la serie parecía un rebelde sin causa, un tipo duro y que contrastaba con la vida de lujo de sus compañeros de vecindario. Ahora en Ciudad Bolívar, podemos ver a Dylan, quizás espiando, quizás cuidando, o más aún, invitando a bailar a Luz Marina desde un retablo de cuerpo entero, cerca de la cocinilla del apartamento. A su lado en una nevera está pegada una muñequita de trapo que parece acompañar al actor norteamericano, de quien ella dice sin dudarlo: "Este es mi hombre. Lo tengo hace años". Quizás, si finalmente bailara con Dylan lo vería avergonzado, tratando de llevarle torpemente el paso a esta admiradora de Ángel Canales, Celia Cruz y La Fania, que en sus años juveniles bailó salsa cuasi profesionalmente con un jugador del equipo de fútbol "América de Cali".
"Me agarré a madrazos con el patrocinador", explica cuando cuenta una de sus anécdotas más célebres de su época de ciclista, mientras enseña con orgullo el álbum de recortes de prensa, que poco a poco se le fue quedando pequeño. En artículos y fotos sueltas se ve a una Luz Marina más joven, con traje sastre de rayas, posando para el equipo Postobón, una de las marcas más conocidas de refrescos del país, o con toda su indumentaria del Café de Colombia, en su momento, el más célebre patrocinador del ciclismo, que llegó a ser el deporte bandera de Colombia y que en este año es copatrocinador del equipo Colombia es Pasión. También se le ve subiendo alguna de las escarpadas carreteras de la zona andina colombiana, en una bicicleta plateada, acompañada por un gran amigo que la apoyaba mucho, y que aparece luego remolcándola desde otra bicicleta.
La pelea la sacó del equipo y ella tuvo que buscarse su propio patrocinio, a través de otros conocidos, ciclistas y empresarios que finalmente, le dieron todo y la trajeron "como una reina", con carro acompañante y todo. Su pasión ciclística se manifiesta en que además de deportista fue una febril aficionada: en una foto aparece en la motocicleta que aún posee, siguiendo a unos competidores. Cuenta emocionada que viajó a los mundiales de ciclismo que se celebraron en Duitama Boyacá, tierra de campesinos y pedalistas, y que aunque se gastó su buen dinero, "pues también se disfrutó bastante" y eso es lo que importa.
De esa época ha conservado la costumbre de usar unas gafas negras que se le verían algo ajenas si desconociéramos su pasado ciclístico o si ignorásemos que le amenaza una incipiente ceguera.
"Cuando me quito los lentes de contacto quedo como 'Topacio' ", dice con su gracia característica, refiriéndose a una célebre telenovela venezolana que contaba la historia de una muchacha ciega. Confiesa que, en ocasiones maneja la moto, con más ayuda del oído que de la vista, pues se orienta por el ruido de los motores. Sabe que podría operarse, pero con un costo cercano a los seis millones de pesos, suma que no posee en el momento. El temor a que se le "apague la luz" como ella misma dice, es notorio, aunque lo sobrelleva con el humor de siempre. Se interesa por anticipar esa situación amenazante, compartiendo y explorando la posibilidad de ayudarse con la tecnología: programas de voz en el computador y el celular, serían una ayuda para aliviar la carga de sus exigidos ojos. Su salud general se vio deteriorada recientemente por la amenaza de una isquemia, una disminución transitoria del riego sanguíneo de una parte del cuerpo. "Me he caído dos veces", dice con la convicción de ser un hueso duro de roer, "pero ahora estoy bien y en la lucha".
Nació en Bogotá, la capital colombiana y aunque vivió en varias ciudades, ha intentado echar raíces allí. Es una de las fundadoras de Sierra Morena, un barrio ubicado en la parte alta de las lomas que se encuentran en la vía que da paso a los llanos orientales del país. "Me tocó salir de allí" dice refiriéndose al barrio que ella vio nacer, "por problemas". Y luego aclara, "por un asalto que me hicieron en un asadero que tuve". Cuenta que eso es normal en el sector. Allí la delincuencia y las amenazas, han desterrado a muchos que partieron desilusionados, después de huir de otras violencias, como en una maldición. La pobreza pareciera traer más desgracias juntas, concluye.
Cuenta sin reparos, que para luchar contra la delincuencia, tuvo que dispararle a un hombre negro que tenía asolada a su clientela del asadero. Cuando éste no entendió por las buenas, tuvo que tratar de "bajarlo", pero falló; algo demasiado grave por las posibles represalias. Un capitán de la policía, amigo suyo, la reprendió por no haber hecho los tiros al aire para amedrentar al malandro. Ella con sorna dice: "sí, le tiré al aire de los pulmones, pero solo le di tres tiros que no sirvieron, dos fueron en un brazo".
Ahora ella vive en Arborizadora Baja, también en Ciudad Bolívar, una de las más populosas localidades de Bogotá, donde tiene la heladería "Laura", un pequeño negocio que en el fin de semana requiere de cajero, por la cantidad de gente y en el que le ayuda su sobrino: un buen muchacho aunque le faltó "un hervorcito", dice sin asomo de burla. Cuando se le pregunta por el nombre de la heladería, menciona que lo heredó de su anterior propietario. "Parece que era el nombre de una de sus hijas", dice Luz Marina quien no tuvo hijos, aunque estuvo casada por 20 años.
Ha destinado una pared del reducido espacio para crear su galería de "fotos históricas en blanco y negro". En ella conviven Chaplin, los tres chiflados, algunas estrellas salseras, revolucionarios políticos como Pizarro, del desmovilizado movimiento guerrillero M-19, el Ché Guevara, los Beatles y fotos de la Bogotá antigua, con la menos clásica escena del bebe, escondido tras las piernas de una mujer y que en la parte baja del marco tiene el letrero "no disparen". Se tiene la tentación de preguntar si ésta es una foto elegida al azar o una advertencia para los delincuentes que pudiesen llegar al negocio; o tal vez podría ser una síntesis de las otras fotos. En la pared de enfrente se ve un cuadro, con muñecos de la Warner Brothers en alto relieve, que "fue traído de Estados Unidos", nos informa Luz Marina.
La heladería tiene vista hacia una calle, que le alimenta a diario con las historias que llegan solas, gracias a su habilidad para entablar contacto con la gente que la saluda cordialmente: Desde las señoras y los vecinos hasta los niños, preguntando por "una paleta de Mickey". Ella les responde: "hay solo de 400" y cuando los niños se van, dice: "a los pelaos de hoy en día no se los puede engañar, ellos van a lo que van, no como uno que se conformaba con lo que hubiera". Entre sus clientes puede aparecer fácilmente un antiguo modelo de los almacenes tradicionales de Bogotá. "Está viejo, pero todavía es buen mozo" dice confidencialmente, o un músico salsero de paseo con su familia, que gracias a la galería, tiene la posibilidad de conversar dos horas con ella y descubrir que tienen otros conocidos mutuos. Y la interminable fila de vecinas que pasan con su infaltable "Hola Marinita", para el que ella siempre tiene una historia o un oído presto.
"Yo misma lo diseñé", suele decir para referirse al mostrador de su heladería, a la construcción de su apartamento o a su galería, y menciona nuevas ideas de espacios o proyectos. Habla de la grabación para denunciar a unos recicladores que tienen un área en recuperación como botadero de desechos, o la historia del barrio que ella misma filmó con una cámara profesional, un poco sorprendida de que ahora, no se pueda sacar ni siquiera una cámara casera frente a su casa por miedo a la delincuencia. Su vida parece hecha a su medida y en permanente montaje, como una exposición ideal.
Las Crónicas de la Ciudad jamás contada, de El Tiempo, el diario de mayor circulación en Colombia, le han abierto otro mundo, y le han permitido seguir contando las historias que le brotan a borbotones y que escribe mientras las vive de una forma más auténtica que el propio Hemingway. "Yo solo estudié hasta quinto de primaria", dice como disculpando de antemano los posibles errores, que pueda cometer en lo formal. Gracias a ellas ha recibido reconocimientos que valoran su habilidad literaria e interpretaciones que tratan de clasificarla, como cuando Omar Rincón, uno de los pocos analistas serios que tiene el país sobre los medios de comunicación, juega al psicoanalista diciendo: "Luz Marina la que no para de hablar, la que quiere contarlo todo para saber que existe, la que cree que tal vez contando puede cambiar las realidades". Y que se muestra deslumbrado por la idea novedosa de que "desplazarse es alejarse de los cerros", pensando en los emblemáticos del centro de la ciudad: Monserrate y Guadalupe. Tal vez, nosotros que ahora la conocemos un poco, podamos pensar que también eso haga referencia a su partida de Sierra Morena.
Jesús Martín Barbero, un estudioso de los fenómenos urbanos desde el punto de vista semiótico, encuentra en el lenguaje de Luz Marina "un tipo de oralidad que proviene de los dialectos regionales, que atravesados por la masificación urbana, dan lugar a nuevas hablas mestizas, que son una mezcla de frases del habla escolar con la vieja habla regional y la significativa diversidad urbana". Sea como fuere, de ella ha surgido esa fuerza que le permitió contar sin pretensiones literarias, historias como "En un principio" "Laura la bonita" "El tunejo, el duro de los puños" o las malas compañías del Gomelo. En dichos relatos hay una claridad y frescuras sorprendentes, que encuentran esa expresión no buscada, esa fuerza literaria, interna que muchos persiguen incansablemente en los talleres literarios y que solo producen letra muerta por falta de savia, de esa "savia sabia", que nace de la experiencia y de la sensibilidad.
Quedan muchas cosas por conocer de Luz Marina, como en las buenas sagas del cine, donde uno ha visto todo, pero se perfila algo más: Quizás la época en que manejó el carretón para entrenar toreros y las historias de sus conocidos en ese medio; saber del primo asesinado por denunciar la corrupción política, o el desplazamiento de su familia por la violencia en Boyacá. Sus vivencias en otras ciudades del país, su época de bailarina, o con seguridad las historias que el futuro le deparará, y a las que ella les dará alegre bienvenida, armada como siempre: de valor, pasión y entusiasmo.