Posted by tallerdecronicarenata
at 03:20 PM on June 14, 2009
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Por: Zenaida Edith Sánchez R.
Septiembre 16 de 1994
Al subir el último escalón comienzan los disparos. Entro rápidamente a la casa. El corazón me brinca como pescado en una red; parece un puño cerrado golpeándome con fuerza en el pecho. Desde la ventana se ve todo en panorámica y abajo siguen disparando. Es una “lluvia de plomo” en todo el sentido de la palabra. Tengo miedo y el miedo es una larva infectada que pudre todo lo que toca. No puedo evitarlo: comienzo a reírme. Algunos me miran inexpresivamente, los demás caminan nerviosos y buscan rendijas para ver el tiroteo. Un joven de bigotes imprecisos y ojos saltones, tiene la mirada enfocada en mí. Quiere descifrarme, pero no es consciente ni de su propósito. Pobrecito muchacho pobre, con su mirada muerta, su camiseta barata y su peinadito de sicario en vías de desarrollo. Se afeitan la cabeza en las sienes y dejan una mota en el resto del cráneo, parecen caricaturas de “Booggie, el aceitoso”. En estas comunas los sicarios imponen hasta la moda. Todos los demás quieren parecerse a ellos y no a los niños ricos de Medellín. Nada de Converse, ni gel en el cabello, ni patillitas invadiéndoles la cara. Engordan su identidad con falsificaciones de ropa, mal puesta, mal lucida. Con bigotes estúpidos y cortes de pelo ridículos. Son copias graciosas de los marginales gringos. Mirándolos, uno cree que en cualquier momento van a comenzar a cantar Rap.
Pobreza y más pobreza en todas partes… Los empresarios siguen preocupados por la falta de dinamismo en la economía. Hace un mes, el presidente de la Fundación Corona dijo que si seguíamos a este ritmo “en tres años no se producirá sino petróleo y coca en el país”. Probablemente tiene razón. La industria nacional va en franca picada. Aquí mismo en Medellín que siempre se vanaglorió de ser la ciudad textilera de Colombia, los augurios son pésimos; todos los días despiden gente y el presidente de Protela dice que está extrañado por las importaciones de tela “Made in Panamá”, cuando ese país ni siquiera las produce…. Efectos tardíos de la apertura económica de Gaviria.
El calor es asqueroso. Y la casa está lo suficientemente sucia y aglomerada como para que hubieran moscas. Con el calor y la mugre deberían haber cientos de moscas. ¿Cómo es posible que haya tanta muerte sin moscas husmeando? ¿Por qué no hay moscas? ¿Dónde están las estúpidas moscas? ¿Qué pasó con las moscas? ¿Por qué puta razón no hay moscas en esta casa sofocante y mugrienta?
“¡Mataron a un policía!”… polishhía… polishhhía… vocifera una bandada de niños con ese “seseo” paisa tan cantarín. Llegaron de la nada y se diseminan por todas partes. Gritería absoluta. La mamá de Moncho se acerca a mí: “Esto se va a dañar”, me dice. Y luego me abraza. No me abrace, señora. No me abrace. No quiero que me abrace, suélteme ya. No quiero que nadie me toque. No quiero nada que respire cerca de mí. Váyase, señora, aléjese, por favor. No me obligue a decírselo en voz alta, no quiero ser grosera. La bandada de niños cuenta en desorden lo sucedido. El policía estaba de civil, pero tenía sus credenciales en la billetera. ¡Mucho bruto! Comenzó a tomarle fotografías a la multitud reunida en la “Casa de la juventud”, el sitio donde están velando el cadáver de Moncho. Un sujeto al que llaman “El pájaro” descubrió al tira en esa faena y “¡Llórelo!”, como dicen por aquí. Seguro lo acabaron con un par de tiros, pero los matoncitos tienen tendencias hiperrealistas y no desaprovechan ocasión para hacer llover plomo.
Sólo hasta las cuatro de la tarde puedo bajar para unirme al velorio. No debería llamarse “velorio”, sino “desvelorio”. Al fin y al cabo el objetivo es quedarnos aquí hasta el amanecer, para que el muertito no se sienta solo en su camino hacia la nada. ¿Cierto?
Saco mi libreta de apuntes. No es un ejercicio de escritura: es una manía. Un mecanismo de defensa: si me ven escribiendo nadie se acercará. Escribo nada, pero con gran dificultad. Hay una estridencia insoportable. Están poniendo música a todo volumen, es la forma que tienen de despedir a sus muertos. “No, gracias, no quiero ir a mirar el cadáver”, le digo a una anciana bienaventurada entre los pobres, cuando me invita a acercarme al ataúd, que está expuesto en la mitad de la sala como un obsequio de la fatalidad. ¿Qué diría Moncho ahora si estuviera vivo? Se enojaría. Odiaba ser el centro de atención. La vanidad no era una de las banalidades que podía permitirse. Cuando lo entrevistaron los periodistas franceses, él sólo respondía con sonrisas y con monosílabos, pero en el fondo estaba disgustado. Consigo mismo. Por no ser capaz de gritar a los cuatro vientos: “Sí, yo soy un berraco. Yo me metí en medio de los tiroteos, todos los días. Yo logré que esta parranda de culicagados dejaran en paz a la gente y se pusieran a trabajar”… Bueno… en realidad no lo logró. Por algo estuvo la fiscalía por aquí hace un rato, levantando el cadáver del policía rematado a medio día.
No está resultando el truco de la libreta. Ya son qué… ¿las ocho?... ¿las once de la noche?... No sé, mi reloj se detuvo. Tengo más de 30 horas sin dormir y el cuerpo se está poniendo demasiado denso. El viaje de Bogotá a Medellín duró 11 horas y comienza a pesarme en la vitalidad y el ánimo. Debo seguir escribiendo, así esto acabará más pronto. Se estaciona un muchacho al frente de mí. No levanto la mirada. Me está diciendo algo en un tono enérgico, pero no le entiendo. Grita de nuevo. Lo miro. Tiene cara de ángel caído y furia en el iris. Insiste. No le entiendo, no sé qué quiere decirme. Repite “¡Papeles!”, y yo pienso en mi libretica, pero no veo qué relación pueda tener con este adolescente imberbe que me habla como si fuera el dueño de Medellín. “¡Papeles!”, dice de nuevo. Se acerca la mamá de Moncho. Su rostro está descompuesto por el pánico. “Nooo… Nooo…”, le suplica al muchachito. “Yo la conozco, ella es como de la familia”, agrega. El angelito caído, o demonio ascendido, deja de gritarme, de exigirme. Se aleja. Lo veo irse. ¿De dónde habrá sacado esas nalgas tan perfectas este muchachito?... Parecen diseñadas por un arquitecto de la Grecia clásica. Tremendas nalgas las de este paisita.
“Mejor yo me quedo con vos, aquí cerca, porque esto está como caliente”, me dice la mamá de Moncho mientras se acomoda en una silla a mi lado. “Doña Bertha”, le digo yo. “¿Usted cree que Andrés Pastrana está denunciando a Samper por el resentimiento de haber perdido las elecciones… O sí habrá algo de cierto en que Samper aceptó dineros del narcotráfico para su campaña?” Me mira aterrada. “Yo no sé, mijita”, me contesta. Estoy tan cansada… Ya no soy capaz ni siquiera de seguir garabateando en mi libreta de apuntes. Tampoco quiero dormir. Cerrar los ojos y soñar en este momento sería como nadar en un abismo de vértigo. No lo soportaría. No sé qué hacer. No amanece por ninguna parte, todo sigue oscuro. Rezan y rezan y vuelven a rezar, en medio de la estridencia de esa música que ya empieza a doler en los huesos. Se entrecruzan de una manera cómica el “brille para ella la luz perpetua” de las señoras, con el “Mula revolucionaria, baja la revolución” del equipo de sonido. Los niños corren por todas partes, están felices con la trasnochada permitida y patrocinada por sus papás. Cuándo acabará esto. Quiero irme, quiero volver a Bogotá cuanto antes. No entiendo por qué están llorando a Ramón.
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