Posted by tallerdecronicarenata
at 04:32 PM on June 23, 2009
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Por: Lilia Carvajal Ahumada
–¿Aló?
–Hola. Nos acaban de atracar. Hace nada. Ni siquiera he tenido tiempo de sentir miedo. Todo fue muy rápido. Yo no me di cuenta de gran cosa porque estaba en mi cubículo cargado de trabajo, todos los demás están en encuestas de Datexco, así que prácticamente solo yo estoy haciendo Comcel. Para completar, hoy entró a trabajar un muchachito, Jorge se llama, no tiene más de 20 años, y me tocó entrenarlo, lo tenía al lado. De pronto no sé porqué levanté a mirar por encima de la división y vi a la gorda –ya te he hablado de la gorda, parece una vaca esa mujer–, bueno te decía, miré a la gorda y en ese momento un tipo la empujaba. Pensé que era el novio porque era también gordo, moreno, de pelo liso, peinado con gel mantecosa. No se me hizo raro, en este call center esas peleítas de novios se ven de vez en cuando. Pero no era el novio, el tipo tenía una pistola. De la nada salió otro hombre con una ametralladora y nos gritó ¡esto es un atraco, suelten los celulares acá! Otro más comenzó a pasar una bolsa de basura para que echáramos los teléfonos. Yo tenía mi celular sobre la mesa junto con mi discman y ni siquiera reparé en eso, me quedé quieto y entonces me acordé de mi billetera y los únicos diez mil pesitos que me alumbran para el resto de la quincena; rápido la saqué del bolsillo y la tiré en la caneca que está junto a mi puesto.
Nos empujaron hacia la sala de capacitación pero ya estaba llena. En este momento trabajamos cuarenta personas en la casa y todos estaban en el piso. No supe cuándo los llevaron ahí. Otro tipo de pie les apuntaba con ametralladora. Bueno, pues los últimos en llegar fuimos Miranda –la del cubículo que está detrás de mí–, Jorge y yo. Como no cabíamos nos pusieron junto a la puerta sentados en el piso con las manos detrás de la cabeza: a mi izquierda Jorge, a la derecha Miranda. Encargado de nosotros tres dejaron un chinito que todo el tiempo me apuntaba. Ese güevón no tenía más de 18 años, era inexperto, temblaba, estaba muy asustado; no entiendo como esos malparidos son tan irresponsables y mandan cuidar gente a un pendejo que está en su primer atraco.
Giré la cabeza un poco, subí los hombros como si eso pudiera protegerme y apreté los ojos para no mirar en qué momento se le salía algún tiro y me mataba. Jorge comenzó a rezar, a decir: Sagrado Corazón, yo he sido un hombre bueno, protégeme Señor. Lo repetía como si fuera un mantra, ahí, pegado a mi oreja dele que dele la misma vaina sin variar el rezo, y mientras tanto Miranda se ahogaba porque es asmática y del miedo le comenzó el ataque; la sentía pegada a mí, se le alzaba el pecho, abría bien la boca como intentando tragarse la vida que amenazaba con írsele, el aire le silbaba cuando lo botaba, me parecía que se moría, que no podía, que se le reventaban los pulmones, y el tipo con la pistola temblaba mientras me apuntaba a escasos cincuenta centímetros, y yo, que no creo en dioses ni en maricadas de esas decía, ahora a quién me pego, y lo único que se me ocurrió fue pensar: bueno güevón, si en verdad existes y el tipo dispara no permitas que quede vivo porque no quiero quedar paralítico, ni ciego ni mucho menos sordo o vegetal, nada, si tocó, mejor rápido y sin drama. Para completar comenzó a sonar un celular, jueputa, no te imaginas la alarma porque los tipos comenzaron a gritar que de quién era y dónde estaba y a insultar y empujar a la gente de la sala y resulta que estaba encima de una mesa en la oficina de al lado.
De pronto vino otro y les dijo a los cuidanderos algo y salieron a toda. Leandro, que estaba con ellos porque suponían que había caja de seguridad y él sabía dónde estaba y cuál era la clave, bajó casi de inmediato y me dijo que fuéramos a perseguirlos, pero yo no iba a ser tan marica, apenas me asomé a la ventana y vi cuando el chino y otros dos caminaban hacia el Parque El Virrey. Los demás escaparon en carro. Eran ocho en total. Me acordé de mi billetera y volví rápido a mi puesto. Estaba entre la caneca de la basura y lo mejor, los tipos no repararon en mi celular ni en mi discman; mis cosas seguían sobre la mesa. En cambio se robaron el bolso de Miranda y lo grave era que ahí estaba su medicina.
Te dejo. Llegó la policía y creo que nos van a interrogar. Nos vemos ahora en la casa. Chao.
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