Taller de Crónica RENATA

El libro negro

Y con ustedes: Giovanniiiiiii Papiiiiiiiini El libro negro.pdf

Les recomiendo  Las Venus feas (conversación 25), La universidad del Homicidio (29), La muerte de la isla (31) y El masculinismo (68)

Sobre la salud en Colombia

por Ricardo Aricapa Documento_N__72_salud.pdf

Por favor revisen este hermoso texto

EJERCICIO

Aquì les va este ejercicio. Les envío esta crònica del viejo Kapu para que ustedes hagn dos cosas: la dividan en los pàrrafos que son, y traten de sacar de que idea (revelaciòn o epifanìa) agarra este texto el glorioso cronista.

 

Y LA GENTE, ¿DÓNDE ESTÁ?

La gente que debería estar aquí, ¿dónde está? Llueve y hace frío. Las nubes, espesas, oscuras e

inmóviles, se ciernen sobre nuestras cabezas. Hasta donde alcanza la vista, no hay más que ciénagas,

pantanos y lodazales. El único camino que llega hasta aquí también está anegado. Nuestros coches,

aunque se trata de potentes todoterrenos, hace un buen rato que se han quedado encallados en el lodo, se

han hundido en la masa viscosa y ahora aparecen inclinados adoptando formas de lo más extravagantes,

inmovilizados dentro de rodadas, charcos y socavones. Nos hemos visto obligados a bajar y seguir a pie

bajo el aguacero que nos cae encima. Por el camino, pasamos al lado de una roca muy alta desde la cima

de la cual un grupo de zambos nos observa con atención e inquietud. Junto al camino veo a un hombre.

Sentado sobre la hierba, encogido, agarrotado y sacudido por el temblor de la malaria, no extiende la mano,

no mendiga; nos mira con unos ojos en los que no hay ni súplica, ni tan sólo curiosidad.

En el fondo, a lo lejos, se ven varios barracones destrozados. Pero aparte de ellos, nada; todo

vacío. Y mojado, pues estamos en plena estación de las lluvias.

El lugar en que nos hallamos se llama Itang. Está situado en Etiopía occidental, cerca de la frontera

con Sudán. Durante unos años hubo aquí un campamento con ciento cincuenta mil nueros refugiados de la

guerra sudanesa. Estaban aquí hasta apenas hace unos días. Y hoy no hay más que vacío. ¿Adónde se

han ido? ¿Qué les ha pasado? Lo único que turba la quietud de estos lodazales, lo único que se oye, es el

croar de las ranas, un fuerte clamor de anuro, enloquecido, espeluznante, ensordecedor.

En el verano de 1991 la alta comisionada de la ONU para los refugiados, Sadako Ogata, partió

rumbo a Etiopía para visitar el campamento de Itang. Me propusieron acompañarla. Lo dejé todo para hacer

el viaje, pues era una de las poquísimas oportunidades de llegar a un campamento como aquél. Añádase

que, por varias razones, esos campos suelen estar situados en lugares lejanos y apartados, hasta los

cuales resulta difícil llegar y cuya entrada, por lo general, está prohibida. La vida que se lleva en ellos es un

tormento, un triste vegetar siempre al borde de la muerte. Sin embargo, aparte de un grupo de médicos y de

trabajadores de diversas organizaciones caritativas, la gente sabe muy poco al respecto, puesto que a

semejantes lugares de sufrimiento colectivo el mundo los aisla muy escrupulosamente y no quiere oír hablar

de ellos.

Una visita a Itang siempre me había parecido imposible. Para llegar hasta allí, primero tiene uno que

encontrarse en Addis-Abeba. Una vez en ella, hay que alquilar (pero ¿a quién?) -y pagar (pero ¿con

qué?)— un avión que nos traslade a Gambela, que dista quinientos kilómetros, la única localidad en las

proximidades de Itang que cuenta con un aeropuerto. Como el sitio está ya casi en la frontera con Sudán,

sería indescriptiblemente difícil conseguir el permiso para aterrizar. Pero supongamos que tenemos el avión

e incluso el permiso. Aterrizamos en Gambela. Y luego ¿adónde ir? ¿A quién acudir en este pueblo pobre

en cuyo mercado, bajo los chorros de un aguacero, no se ve sino a cuatro etíopes descalzos, de pie e

inmóviles? Están allí ¿pensando en qué? ¿Esperando a qué? Y nosotros, trasplantados a Gambela, ¿de

dónde sacaremos un coche, un chófer, hombres para sacar del barro nuestro vehículo, cables y palas? ¿Y

la comida? Pero supongamos, incluso, que también tenemos todo esto. ¿Cuánto tardaríamos en llegar a

nuestro destino? ¿Sería suficiente con un día? Por el camino, ¿a cuántos controles tendríamos que

convencer, suplicar y sobornar para que nos dejasen seguir viaje? Hasta que, alcanzado por fin el objetivo,

el guarda de la verja nos haría dar media vuelta porque precisamente en esos días se acaba de declarar en

el campo una epidemia de cólera, o de disentería, o no está el comandante, que tiene que dar el visto

bueno, o ese alguien que podría traducirnos la conversación con los nueros, habitantes del campo. O bien,

como sucede ahora mismo, tras la verja ya no veríamos a nadie, ni un alma.

Sudán fue el primer país africano que tras la Segunda Guerra Mundial obtuvo la independencia.

Antes había sido colonia británica, compuesta por dos partes, unidas artificial y burocráticamente: el Norte,

árabe-musulmán, y el Sur, «negro»-cristiano (y animista). Entre estas dos comunidades imperaban un

antiguo antagonismo, la hostilidad y el odio, porque los árabes del norte durante años habían invadido el sur

con el fin de apresar a sus habitantes, a los que luego vendían como esclavos.

¿Cómo aquellos mundos tan hostiles podían vivir en un mismo Estado independiente? No podían. Y

era justo lo que pretendían los ingleses. En aquellos años, las viejas metrópolis europeas estaban

convencidas de que, aunque formalmente hubiesen renunciado a las colonias, en la práctica seguirían

gobernándolas lo mismo, como, por ejemplo, en Sudán, donde no paraban de conciliar a los musulmanes

del Norte con los cristianos y los animistas del Sur. Al cabo de poco tiempo, sin embargo, no había quedado

mucho de aquellas ilusiones imperiales. Ya en el año 1962 estalló en Sudán la primera guerra civil entre el

Norte y el Sur (precedida por rebeliones y levantamientos anteriores en el Sur). Cuando en 1960 me

disponía a viajar al Sur por vez primera, además del sudanés, tuve que hacerme con un visado especial, en

un documento aparte. En Juba, la ciudad más grande del Sur, me lo quitó un oficial de la policía de

fronteras. «¡Cómo es eso?» protesté, «lo necesito para llegar a la frontera con el Congo, que está a

doscientos kilómetros de aquí.» El oficial, no sin orgullo, señaló hacia él mismo. «¡Yo soy aquí la frontera!»,

dijo. En efecto: más allá de las puertas de la ciudad se extendían unas tierras sobre las cuales el gobierno

de Jartum ya no tenía demasiado poder. Y tal situación se ha mantenido hasta hoy: una guarnición árabe de

Jartum protege a Juba, pero la provincia está en manos de los guerrilleros.

La primera guerra sudanesa se prolongó durante diez años, hasta 1972. Después, a lo largo de

otros diez, hubo una paz, frágil e inestable, tras lo cual, en 1983, cuando el gobierno islámico de Jartum

intentó imponer a todo el país la ley coránica (sharia), empezó una nueva fase, la más terrible, de la vieja

contienda, que dura hasta hoy. Se trata de la mayor guerra y la más larga de la historia de África y,

seguramente, es la más grande del mundo en el momento presente, pero, como se desarrolla en una

provincia profunda de nuestro planeta y no constituye amenaza directa para nadie -en Europa o

Norteamérica, pongamos por caso-, no despierta mayor interés. Por añadidura, los escenarios de esta

guerra, sus extensos y trágicos campos de la muerte, a causa de las dificultades del transporte y de las

drásticas restricciones de Jartum, permanecen prácticamente inaccesibles para los medios de

comunicación; de modo que la mayoría de la gente en el mundo no tiene ni la más remota idea de que

Sudán es escenario de una gran guerra.

Una guerra que se desarrolla en muchos frentes y planos y en los cuales el conflicto Norte-Sur hoy

ya no es lo más importante. No sólo eso: puede llevar a confusiones y a tergiversar el verdadero retrato de

la realidad. Empecemos por el norte, ese inmenso país (dos millones y medio de kilómetros cuadrados) que

en gran parte se compone del Sáhara y del Sahel, lo que se nos asocia con arenales infinitos y pedregales

erosionados por el viento. En realidad, el norte del Sudán, aunque es verdad que cubierto de arena y

piedras, no sólo se reduce a ellas. Cuando, yendo de Addis-Abeba a Europa, sobrevolamos aquella parte

de África, debajo de nosotros se despliega un paisaje extraordinario: la superficie amarillo-dorada del

Sáhara se extiende hasta el infinito. Y de pronto, en su mismo centro, vemos una franja ancha y de un verde

intenso de campos y plantaciones bordeando el Nilo, que fluye por allí en meandros amplios y suaves. La

frontera entre el ocre profundo del Sáhara y el verde esmeralda de estos campos parece marcada con un

cuchillo: no hay franjas intermedias, ninguna gradación; se acaba la última hoja de la plantación y allí mismo

empiezan los primeros terrones del desierto.

En tiempos, estos campos ribereños daban vida a millones de fellahs árabes y a pueblos nómadas

de la zona. Pero más tarde, a partir de la segunda mitad del siglo XX y sobre todo de la independencia, se

aceleró el proceso de expulsión de los fellahs por parte de sus congéneres ricos de Jartum, los cuales, junto

con el generalato, el ejército y la policía, se fueron apoderando de las fértiles tierras del Nilo para

convertirlas en plantaciones gigantescas de algodón, caucho, sésamo, todos ellos materia de exportación.

Así nació la dominante clase de los latifundistas árabes, que, aliada con el generalato y la élite burocrática,

tomó el poder en 1956 y lo ejerce hasta hoy, liderando una guerra contra el «negro» Sur, al que trata como

a una colonia suya, al tiempo que oprime a sus hermanos de etnia, los árabes del Norte.

Los árabes sudaneses, expropiados, expulsados y despojados de sus tierras y rebaños, tienen que

establecerse en alguna parte, deben hacer algo, encontrar una fuente de ingresos. Una parte de ellos, por

orden de los mandatarios capitalinos, engrosará las filas de un ejército cada vez más numeroso. Otra, las de

la policía, inmensa ésta, y del aparato burocrático. ¿Y el resto? ¿Esas masas de desarraigados y sin tierra?

A ésos el régimen intentará mandarlos al Sur.

Los habitantes del Norte suman unos veinte millones y los del Sur alrededor de seis. Estos últimos

se dividen en decenas de tribus, que hablan lenguas diferentes y profesan religiones y cultos diversos. En

ese multiétnico mar del Sur, claramente se distinguen, sin embargo, dos grandes comunidades, dos pueblos

que, juntos, constituyen la mitad de la población de esta parte del país. Son los dinka y los nueros,

emparentados entre sí (aunque a veces peleados). Tanto a los primeros como a los segundos los

distinguiréis a una legua: son altos, de dos metros, esbeltos y de piel muy oscura. Una raza bella, hermosa,

llena de dignidad e incluso algo altiva. Los antropólogos llevan años preguntándose cómo es que todos son

tan altos y esbeltos. En realidad no se alimentan sino de leche, a veces de la carne de sus vacas, a las que

crían, adoran y aman. A estos animales no se les puede matar, como tampoco los pueden tocar las

mujeres. Los dinka y los nueros subordinan su vida a las exigencias y necesidades de sus vacas. Pasan la

estación seca junto a ellas en las proximidades de los ríos -el Nilo, el Ghazal y el Sobat, principalmente- y

en la estación de las lluvias, cuando empieza a verdear la hierba en la lejanía de los altiplanos, abandonan

los ríos para desplazarse hasta allí con su ganado. La vida de los dinka y de los nueros transcurre

obedeciendo al sempiterno ritmo que marca esa pendular y casi ritual peregrinación entre las riberas

fluviales y los pastos que se extienden por los altiplanos del Alto Nilo. Para existir, necesitan tener espacio,

tierra sin fronteras, un horizonte abierto y amplio. Encerrados, enferman, se convierten en esqueletos, se

consumen, mueren.

Ignoro cómo empezó esta guerra. ¡Fue hace tanto tiempo! ¿Acaso unos soldados del ejército

gubernamental habían robado una vaca a unos dinka? ¿Los dinka acaso fueron a rescatarla? ¿Se produjo

un tiroteo? ¿Hubo muertos? Seguramente fue algo así. Está claro que la vaca sólo fue un pretexto. Los

señores árabes de Jartum no podían concebir que unos pastores del Sur tuviesen los mismos derechos que

ellos. Los hombres del Sur no querían que en un Sudán independiente los gobernasen los hijos de los

traficantes de esclavos. El Sur exigía una secesión, un Estado propio. El Norte decidió destruir a los

rebeldes. Y empezaron las masacres. Dicen fuentes diversas que esta guerra, hasta el día de hoy, se ha

cobrado un millón y medio de víctimas. Primero, durante diez años, había actuado en el Sur el Anya-Nya, un

movimiento guerrillero espontáneo y mal organizado. Después, en 1983, un coronel de carrera, John

Garang, un dinka, organizó el Ejército Popular de Liberación del Sudán (SPLA), que hoy controla la mayor

parte del territorio sur.

Es una guerra larga, que arrecia, se apaga y vuelve a estallar. A pesar de sus muchos años de

duración, nunca he oído que alguien intentase escribir su historia. En Europa existen largas estanterías de

libros dedicados a todas sus guerras, archivos llenos de documentos y salas especiales en los museos. En

África no hay nada parecido. La guerra, incluso la más larga y grande, desciende de prisa a la zona de la

no-memoria y cae en el olvido. Sus huellas desaparecen al día siguiente: a los muertos hay que enterrarlos

enseguida y en el lugar de las chozas quemadas hay que levantar otras nuevas.

¿Documentos? Aquí jamás los ha habido. No hay órdenes escritas, ni mapas del estado mayor, ni

claves, ni octavillas, ni llamamientos, ni periódicos, ni correspondencia. No existe la costumbre de escribir

memorias ni diarios (muchas veces, las más, es que, simplemente, no hay papel). No existe tradición de

escribir la historia. Y, aparte de todo esto, ¿quién lo haría? No hay coleccionistas de objetos para el

recuerdo, ni especialistas en museos, ni archiveros, ni historiadores, ni arqueólogos. Casi mejor que nadie

así merodee por los campos de esta guerra. Enseguida llamaría la atención de la policía, daría con sus

huesos en la cárcel y, sospechoso de espionaje, sería fusilado. Aquí la historia aparece de repente, cae

como un deus ex machina, recoge su cosecha de sangre, se lleva a sus víctimas y desaparece sin dejar

rastro. ¿Quién es ella? ¿Por qué ha echado su maldición condenatoria precisamente sobre nosotros? No es

bueno pensar en ello. Más vale no hurgar.

Volviendo al Sudán: la guerra, que ha comenzado bajo lemas muy nobles, como un drama de un

país joven (el Norte: tenemos que mantener la unidad del país; el Sur: luchamos por la liberación), con el

tiempo degenera y se convierte en una contienda entre diversas castas militares en contra de su mismo

pueblo, en una guerra de hombres armados contra otros indefensos. Y es que todo esto ocurre en un país

pobre, un país de gentes hambrientas, en el cual, si alguien recurre a un arma -un machete o una

metralleta- lo hace, sobre todo, con el fin de rapiñar comida, de hartarse. Es una guerra por un puñado de

maíz o un cuenco de arroz. Y todo pillaje resulta tanto más fácil cuanto que estamos en un país de

extensiones inmensas y donde no hay caminos, con un sistema de transportes y comunicaciones casi

inexistente, con una población escasa y diseminada, es decir, en unas condiciones en que el latrocinio, la

rapiña y el bandidaje quedan impunes, aunque sólo sea por la ausencia de cualquier tipo de control y

vigilancia.

Tres tipos de fuerzas armadas participan en esta guerra. A saber: el ejército gubernamental,

instrumento en manos de la élite de Jartum y dirigido por el presidente, el general Omar al-Bashir.

Colaboran con dicho ejército numerosos cuerpos de policía, oficiales y secretos; hermandades musulmanas

y escuadrones particulares de grandes terratenientes.

Enfrente de esta fuerza gubernamental se sitúan los guerrilleros del SPLA, del coronel John Garang,

y diversas formaciones del Sur que se han escindido del mismo.

Y, finalmente, hay una tercera categoría de hombres armados. Se trata de un número infinito de las

llamadas milicias, grupos pa-ramilitares formados por hombres jóvenes (a menudo niños) procedentes del

campo y dirigidos por jefecillos locales o tribales de diverso pelaje, que, dependiendo de la situación y

posibles beneficios, colaboran ya con el ejército oficial, ya con el SPLA (las milicias africanas, producto de

los últimos años; son una fuerza indómita, agresiva y pujante, que dinamita países, ejércitos y movimientos

organizados, guerrilleros y políticos).

¿Contra quién van todos esos ejércitos, destacamentos y frentes, esas hordas, cohortes y

mesnadas tan numerosas y que llevan tantos años luchando? A veces, unos contra otros, pero las más, en

contra de su propio pueblo, es decir, contra los indefensos, lo que tiene una definición particular: las mujeres

y los niños. ¿Y por qué precisamente contra las mujeres y los niños? ¿Acaso guía a estos hombres alguna

especie de antifeminismo zoológico? Por supuesto que no. Atacan y expolian a los colectivos de mujeres

con niños porque a ellos va dirigida la ayuda internacional, son ellos los destinatarios de los sacos de harina

y de arroz, de las cajas de tostadas y leche en polvo, cosas que en Europa no despertarían el interés de

nadie pero que aquí, entre los grados seis y doce de latitud, son más preciadas que nada. De todos modos,

estos tesoros no siempre hay que arrebatárselos a las mujeres. Cuando un avión trae comida, basta,

sencillamente, con rodearlo, descargar los sacos y las cajas y llevárselo todo, a pie o en coche, al

destacamento propio.

El régimen de Jartum lleva años utilizando el arma del hambre para aniquilar la población del Sur.

Hace hoy con los dinka y con los nueros lo que Stalin hizo con los ucranianos en 1932: condenarlos a la

muerte por hambre.

La gente pasa hambre no porque en el mundo falte comida. La hay, y mucha, de sobra. Pero entre

los que quieren comer y los almacenes llenos se levanta un obstáculo muy alto: el juego político. Jartum

limita el número de vuelos con ayuda para las víctimas de las hambrunas. Muchos de los aviones que, a

pesar de todo, llegan a su destino son saqueados por jefecillos locales. Quien tiene armas, tiene comida.

Quien tiene comida, tiene poder. Nos movemos entre personas que no piensan en la esencia y la

trascendencia ni en el sentido y la naturaleza del ser. Estamos en un mundo en que el hombre,

arrastrándose y escarbando en el barro, intenta encontrar en él cuatro granos de cereal que le permitan vivir

hasta el día siguiente.

Itang:

Vamos hacia los barracones. El primero, devastado por alguien y ahora hecho una ruina, ha debido

de ser un pequeño hospital. ¿Quién lo ha destruido? Las camas aparecen volcadas, las mesas rotas y los

armarios abiertos. El aparato de rayos X, nuevo, está destrozado por pedradas, sus palancas arrancadas, y

el panel con mandos e indicadores hecho añicos. Es posible que fuese el único aparato de radiografías en

un radio de quinientos kilómetros. Ahora, alguien lo ha convertido en un montón de chatarra inútil. Pero

¿quién? ¿Por qué? Al lado, un generador de electricidad. También está destrozado, devastado. Los únicos

objetos producto de la técnica (aparte, por supuesto, de las armas) presentes en una gran superficie están

inutilizados, no sirven para nada.

Caminando por un dique, nos dirigimos hacia una plaza, la única seca. A ambos lados hay agua

estancada, apesta a podrido y enjambres de mosquitos campan por sus respetos. Ciénagas y más

ciénagas, y en ellas unas cabañas, vacías en su mayoría, aunque en algunas se ve gente, sentada o

tumbada. ¿En el agua? Sí, en el agua: lo veo con mis propios ojos. Finalmente, se reúnen unos cien o

doscientos hombres. Alguien les ha ordenado colocarse en un semicírculo. Permanecen de pie, en silencio,

sin moverse. ¿Adónde se han ido los demás, esos ciento cincuenta mil hombres? ¿Hacia dónde han partido

todos, como uno solo y en una noche? Hacia el Sudán. ¿Por qué? Lo han ordenado los líderes. Los del

campo son hombres desde hace tiempo hambrientos, ya sin entendimiento, sin orientación, sin voluntad. Es

una suerte que aún haya alguien que les ordene hacer algo, que sepa que existen, que los quiera para algo.

¿Por qué no han salido del campo con los otros? No hay manera de saberlo. ¿Piden algo? No, nada.

Mientras sigan recibiendo ayuda, seguirán vivos. Si la ayuda falta, morirán. Pero ayer recibieron una

remesa. Y anteayer. Así que las cosas no van tan mal y no hay por qué pedir nada.

Un hombre mayor les hace una señal de que pueden irse. Y yo hago una última pregunta: ¿puedo

sacar una fotografía? Por supuesto que sí. Aquí todo está permitido.

 

 

Traten de encontrar la epifanìa o los trucos de esta

Gitanillo: tremendo y vagabundo

Por Alberto Salcedo Ramos

1

Tiene tres tornillos incrustados en la mano izquierda y uno en la derecha; tres ganchos de metal en un muslo y una costura en la mandíbula. Viendo las muchas marcas que le ha dejado el toreo, uno de sus colegas le dijo hace poco que parecía “un sobrado de tigre”.
No le gusta mirar ni palpar el bulto que le quedó en el costado izquierdo del cuello, como consecuencia de los diez tornillos que le clavaron para remendarle el hueso. Ahora, sin embargo, me pide que lo toque. Y siento como si le hubieran cambiado la clavícula por un pedazo de riel de ferrocarril.
Después, Gitanillo muestra una huella feroz que tiene en el tobillo. “El cacho me entró por este lado y me salió por el otro”, explica. “Me salvé de quedar cojo porque no me atravesó el tendón”.
También ha sido pateado en la frente y perforado en la ingle. Un toro lo babeó como para humillarlo y otro le echó tierra en los ojos. El último percance que padeció en el ruedo no fue una cornada sino un pisotón que le partió la tibia.

Un día en que se jactaba de la adultez que testimoniaban sus catorce cicatrices, el matador Roberto Domínguez lo bajó de la nube: sentenció que tantas cornadas demostraban más brutalidad que coraje. Él celebró el apunte a carcajadas – igual que en este momento – pero cuando quedó solo exclamó: “¡coño, lo que me pasa por no haber estudiado!”
Desde entonces aprendió que las heridas, que algunos utilizan como certificados de heroísmo y otros para hacerse perdonar los errores, no deben exhibirse como trofeos. En las plazas no siempre se persevera por valentía o por gusto: a menudo es porque no hay más opciones. En este punto recuerda una frase de Hemingway: la distancia entre el toro y el torero es inversamente proporcional al dinero que el torero tiene en el banco. Luego advierte que cuando habla de sus cornadas es porque le preguntan, no porque a él le nazca.
En su oficio lo menos temible son los cuernos. Peor es hacer el ridículo. O esperar, en una plaza llena, la salida de un toro que se retarda.

2
Nacido en Bogotá el 18 de septiembre de 1964, fue trasladado a Cúcuta a los siete años.
Cuando se convirtió en novillero adoptó el mote de Gitanillo de América, pues intuyó, con muy buen juicio, que a un matador que se llamase como él – Óver Gelaín Fresneda – nadie se lo tomaría en serio. Ni siquiera el toro. Su nombre de pila sonaba más apropiado para un trapecista de circo. De hecho, su infancia fue más circense que taurina: su padre, José Fresneda, andaba de pueblo en pueblo con un espectáculo cómico en el cual era más importante brincar por encima del toro que capotearlo.
La función del viejo, pese a su temeridad, no estaba pensada para producir tensión sino para hacer reír. Óver Gelaín veía cómo el toro más descomunal, en manos de su padre, se transformaba en un muñeco de carnaval que no inspiraba respeto. En consecuencia, cuando el niño estaba a solas con aquellos animales en los chiqueros, les tiraba bolas de barro, les mostraba la lengua o les truncaba la siesta con un grito cruel en las orejas. Ensayaba su propio sainete mientras esperaba la oportunidad de abandonar la trasescena.
Por esa época llegó a Cúcuta el empresario español Manolo Cano, al mando de una cuadrilla de toreros compuesta por ocho enanos y ocho chimpancés. Cuando Óver Gelaín vio aquello, sintió que no tenía cuerpo para contener tanta alegría. Para celebrar el hallazgo como correspondía, no se le ocurrió mejor idea que robarse una caja de whisky y repartirla entre los micos bufones. La borrachera, lejos de resultar cómica, fue dañina: los chimpancés no quisieron torear sino que se dedicaron a abrazarse y a vomitar. Sólo al tercer día se curaron de la fiebre y de la resaca.
Viviendo semejante comedia, el muchacho estaba forjando, sin saber, el estilo tremendista que años después, cuando se convirtiera en matador, los críticos le iban a reprochar. Tremendismo es farsa, desplante. Es convertir el capote en cubilete y la espada en luz de bengala. Es tratar al toro como si fuera un conejillo pero hacerle creer al público que es una bestia de espanto.
Hace poco, en la plaza de Palmira, Gitanillo dio una voltereta en el aire y cayó de bruces sobre el animal que acababa de matar. Por acciones como esa, no falta el purista que propone indultar al toro y sacrificarlo a él.
Gitanillo cuenta que no siempre fue así. Que cuando llegó a España intentó ser clásico. Pero entonces su tutor, Gabriel de la Casa, le pidió que dejara de torear como los demás, que fuera él mismo. La decisión le granjeó el favor del público y la enemistad de los expertos. Gitanillo sufría mucho cuando abría los periódicos y se veía crucificado por los principales comentaristas. Un día descubrió que no se podía ser mariposa y jaguar al mismo tiempo. Que para un hombre serio es inevitable – y hasta necesario – dejar a alguien descontento con lo que hace. Si lo que sentía en el fondo de su alma era la pirotecnia, debía asumirla con dignidad. No ser artista es una limitación, pero querer serlo a los trancazos, sin conseguirlo, es una verdadera desgracia.
Volver a sus fuentes primigenias lo reconcilió incluso con sus detractores: seguían diciendo que era un embaucador, pero ahora le reconocían el hecho de no tener dobleces.
“A veces uno, para pasarla bien en una plaza de toros, tiene que comportarse como ignorante”, observa el reportero Víctor Diusabá, conocedor del tema. “En esos casos, Gitanillo se convierte en un bálsamo porque te divierte sin hacerte pensar mucho. Le pides banderillas y te regala cuatro pares. Luego saca unos muletazos que te hacen sentir el toro más cerca de ti que de él”.

3
Gitanillo se ha dedicado en los últimos años a torear en la provincia colombiana. Un día se presenta bajo una llovizna en Sogamoso, a nueve grados centígrados, y al siguiente lo hace bajo el sol despiadado de Cereté, a 44 grados de temperatura. Una vez actuó por la mañana en Venta Quemada, Boyacá, y por la tarde en Granada, Meta.
La andadura por la provincia se debe, en parte, a que en las grandes ferias taurinas del país no lo tienen en cuenta. Pero también es un rezago de su niñez errante. A Gitanillo le atraen los pueblos, además, porque allí el toreo tiene una connotación más festiva y el público es más sensible a sus divertimentos. Allí la gente no va a denunciar el truco sino a festejarlo.
Hace 20 años compartía apartamento en España con su compatriota César Rincón, cuando ambos eran meras promesas. Y mientras Rincón soñaba con las plazas grandes, Gitanillo se divertía con las pequeñas. Todavía hoy, descoloridos y con los retablos carcomidos, están sobre las paredes los carteles de aquella época. En ellos se anuncian faenas en pueblos como Jerez, Hervas, Piedralves, San Martín de Valdivieso, San Pedro y Gavilanes, entre muchos otros.
Como torero de provincia, Gitanillo ha viajado en lancha, en helicóptero, en autobús y en mula; ha surcado ríos crecidos, ha atravesado trochas ásperas, ha dormido sobre catres opresivos, ha sentido sobre su cabeza la amenaza de un ventilador que producía más ruido que fresco, ha aprendido lo que es pasar una noche en vela para evitar que lo desangren los zancudos.
Sabrosa era la vida hace 15 años, cuando toreaba en Sevilla, en Lisboa o en París. Pero ahora le toca ir es a Somondoco. Acá, con frecuencia, el carro se le atasca en un lodazal, o se le vuelca el camión que lleva los toros, o el empresario que lo contrata se fuga con el dinero de la taquilla. A Gitanillo le han dado televisores, ollas a presión y licuadoras como parte de pago. En su casa tiene una colección de más de 200 cheques falsos, que le gustaría enmarcar para inaugurar con ellos el Museo Nacional de la Vergüenza. Sería, dice, una manera eficaz de censurar a los tramposos.
A menudo, antes de jugarse el pellejo en las plazas, Gitanillo lo expone pasando por zonas plagadas de guerrilleros o paramilitares. En cierta ocasión se topó en uno de esos retenes con una camarilla de muchachos ebrios. El que parecía comandante lo abrazó con amabilidad, pero de repente adoptó un tono agresivo. “Bueno, marica”, le dijo, “espero que no le vaya a quedar grande matar esos toros con la espada. Porque, si quiere, yo se los puedo matar hoy mismo a punta de plomo”.
Gitanillo no cree que torear en la provincia sea degradante, como señalan en privado algunos de sus colegas. “Esa es una visión elitista”, afirma él. “Voy a los pueblos por una razón muy sencilla: porque me contratan. Pero además no tengo porqué esconderme, pues voy es a trabajar, y lo hago con gusto y con respeto: me preparo para lucir bien, llevo mis mejores trajes de luces, soy puntual”.
Los amigos de Gitanillo consideran que él ha contribuido a preservar y a ennoblecer la fiesta taurina, llevándola a las veredas más apartadas aun a costa de su propia vida, poniéndola al alcance de campesinos y niños pobres. “Más bien deberían darle las gracias”, dice su mozo de espadas, Pepe Montaña.
El propio Gitanillo señala entonces que así como se le pidió mencionar las incomodidades y riesgos que enfrenta en los pueblos, se le permita hablar de las ventajas. Viajando, explica, ha visto el país y no su reflejo deformado. Gracias a esa experiencia sabe por dónde aparece y por dónde se oculta la luna. Ya no hay, como cuando fue famoso, luces artificiales alumbrando sus actos: ahora lo iluminan el sol y la risa de la gente sencilla. Por eso ya no es soberbio. En los pueblos se ha enriquecido viendo a los señores que salen a pasear el baño de la tarde y oyendo al viento rasguñar las ventanas.

4
El pecado mayor de Gitanillo fue haberse desquiciado cuando oyó decir que podía ser un buen matador. Andaba con fajos de dinero en los bolsillos, gastando aquí y allá con una vulgaridad penosa. Hacía y deshacía un hogar como si apenas estuviera cambiándose de camisa. Bebía mucho. Su garbo desenvuelto de acróbata derivó en unos ademanes grotescos de borracho gordo. Perdió brillo en los ruedos. Se volvió previsible, rutinario, como un cómico viejo que pretendiera hacer reír al público de un bar triste con su repertorio gastado.
Los toros, según él, se sienten irrespetados por el torero que no se cuida, y en consecuencia se rebelan. En ese trance perdió algunos de los que hubieran podido ser sus años más preciosos.
Descontando ese período desatinado, dice Gitanillo, no ha percibido sino privilegios en su vida de torero. “He hecho lo que me gusta y además he ganado lo suficiente para no tener que emborracharme con el vino ajeno”, afirma.
El balance final dirá que, gracias a los toros, conoció sitios y gentes que valían la pena, como su colega César Rincón y como el pintor Alejandro Obregón, que fue su amigo. Con Obregón, por cierto, vivió una de las historias más bellas de su vida. Un día se metió con él en un autobús destartalado, para protagonizar una corrida en Chicoral. Al término de la velada, el maestro se le acercó y le regaló un elogio memorable: “¡no joda, tú sí te ganas esa plata bien ganada! Al verte torear hoy sentí que me debería dar pena cobrar por mis cuadros”.
Después, en su casa de Cartagena, Obregón le regaló una pintura a Gitanillo.
– No te la dedico, por si acaso necesitas venderla – le dijo.
– Pero, maestro, ¡cómo se le ocurre que yo voy a vender un regalo suyo!
Tras mirarlo con malicia por encima de la cerveza que se bebía a pico de botella, Obregón sostuvo que el hombre que guarda pintura cuando lo que necesita es comida, no tiene alma de poeta sino de bobo.
Gitanillo necesitó varios años – los que habían de transcurrir mientras su desorden lo dejaba en las tablas — para entender que el gesto de Obregón aquella tarde era mucho más que un simple golpe de astucia. El cuadro fue, en efecto, lo que le permitió salir de una crisis económica que parecía interminable. “El maestro ya estaba muerto”, dice, “pero me sacó del apuro”.
A estas alturas, Gitanillo se atreve a sacar las cuentas en voz alta: ha intervenido en 1.010 corridas, ha cortado 1.399 orejas y 39 rabos, ha salido a hombros 692 veces y ha matado 2.060 toros. Todavía, según él, sueña. Lo que pasa es que no se ve – nunca se ha visto – asediado por una multitud frenética en la Plaza de las Ventas, de Madrid. Se ve en Caparrapí, Cundinamarca, y en Suratá, Santander, aplaudido por los niños y escoltado por una cuadrilla de micos eufóricos.

 

 

Cuentos completos del viejo Truman

Música para camaleones

Les regalo en este link el texto completo de Capote. Por favor lean Hola, desconocido para que podamos hablar de los diálogos. Disfrútenlo

Musica para camaleones.doc

Ejercicios

Primero que todo les presento a Ricardo Rendón (el texto de abajo), del periódico El Espacio. Segundo, lean con detenimiento ese perfil que logró y apunten en un papel la cantidad de preguntas respondidas en ese corto texto; la cantidad de preguntas (que surgen del mismo texto) y que no fueron respondidas; y la cantidad de preguntas que no fueron hechas y que hicieron verdadera falta.

Además les remito a un link de una crónica mía "El eterno vuelo de Giselle", para que la miren bien. Pienso delatar cada una de las artimañas escritas en ella.

 el_eterno_vuelo_de_giselle.pdf

¡La villana y sus perritos!

Ricardo Rondón Ch.
ricardorondon@gmail.com

Publicado Abril 13/2009

Cuando timbré a la puerta de su cómodo apartamento del norte de Bogotá, pensé que me iba a encontrar con el rostro de piedra y la mirada hiriente de Gabriela Acevedo de Elizondo, la matrona implacable y malvada de ‘Pasión de gavilanes’.

Pero fue todo lo contrario. Apenas se escuchó el llamado eléctrico, irrumpieron los ladridos incisivos de un ‘bagle’ y un ‘chiguagua’, las adorables mascotas de Kristina Lilley (con K de kilates), la villana más querida y admirada de la televisión.
No vi por ninguna parte de su recién desmaquillado rostro, una mueca, una señal, un atisbo de amargura, rencor, veneno o venganza, como sí ha estado impreso en su momento en los rostros pétreos y demoledores de su extensa galería de personajes:
El de Alejandrina Vallecilla, de ‘Azúcar’; el de Edelmira Carranza de Guerrero, en ‘La tormenta’; el de Regina, en ‘La mujer en el espejo’; el de Matilde Herreros, de ‘La casa de las dos palmas’, la miserable Carolina Millán, de ‘Sangre de lobos’; y el de Gabriela de Elizondo; en la internacionalmente exitosa ‘Pasión de Gavilanes’, que segregaba por sus poros las bajas pasiones humanas.

Una dama
Esa cuota antagónica hace parte del madurado histrión de una actriz profesional y de amplia trayectoria como Kristina, bella en su físico y en su espiritualidad, dueña de una mirada balsámica, medicinal, y de un cuerpo tórrido, rotundo, bien hecho, que a cualquier adolescente o varón entrado en años, obligaría a retroceder la mirada.
Lucía ‘Kris’ aquella tarde de la entrevista unos vaqueros ceñidos a sus macizas caderas y una blusa negra que sugería una vastedad de pecas primorosas. Sus mascotas no cesaban de ladrar ante la presencia de los intrusos.
La bella dama de la pantalla, fina, elegante y cordial, antes de empezar la charla fue a la cocina a prepararnos café.
Mientras la aromática bebida se cocinaba en la caldereta, Javier, el reportero gráfico, apuntaba su objetivo en las pupilas alarmadas de ‘Pita’, la perrita chiguagua, mientras que ‘Spot’ (mancha, en español), vigilaba atento, con sus ojos tiernos de plantigrado, desde el sofá.

Las malas
Que se tenga noticia en la literatura y en la cinematografía de terror y de suspenso, las malvadas de las historias no conviven con perritos alegres y cariñosos como los que teníamos al frente. Las malas, está escrito, crían y se confabulan con lechuzas, buitres, gatos luciferinos y hasta ratones, entre otras alimañas tenebrosas.
Lilley, que por razones de trabajo -ahora con su compromiso en ‘El penúltimo beso’, donde interpreta a Victoria Fernández, la mamá de Noelia (Camila Zárate)- tiene que desplazarse entre Bogotá y Miami, este último, su lugar de residencia que comparte con sus dos hijas, puntualiza que sus preciadas mascotas siempre van con ella. Las mima, las lleva a la peluquería, las pasea, les conversa en su inglés exquisito (hija de diplomático gringo y madre noruega, nació en Nueva York y a los tres años fue trasladada a Colombia), y hasta les escribió un libro con geniales cápsulas, en un entramado lúdico y repentista, que este año espera participar a sus seguidores en una edición especial.

El veneno
Mientras degustamos el café, ella, la dama, la actriz, aferrada a sus adorables criaturas, nos narra pasajes de su interesante vida abonada de cultura, de arte, de una carrera de Biología que por razones de trabajo actoral no ha tenido espacio para ejercer, de sus estudios de jazz contemporáneo y moderno, de ballet clásico; y del terreno escénico, que es en el que más ha arado, y el que más le ha deparado méritos profesionales y satisfacciones personales.
En ese instante, y entre sorbo y sorbo de café, lelo ante la belleza y la profundidad de su mirada, me acuerdo de la reflexión que le hace Lawrence Grobel a Al Pacino, en su caótico departamento de Madison con 47, una tarde de junio de 1979, tras el estreno de ‘Justicia para todos’.
Grobel, uno de los mejores amigos de Alfredo James Pacino, esculca a la estrella sobre la maldad de los villanos, el veneno abstracto que corre por la sangre de los actores.
El ‘Padrino II’, cuenta Grobel, con esa sorna que lo caracteriza, dispara un dardo que tranquiliza el interés del reportero:
“Son los demonios que llevamos dentro, y que por razones de oficio nos sentimos obligados a despertar”.
Se me ocurre plantearle el mismo interrogante a Kristina, y ella, aunque no menta la palabra ‘demonio’, habla de esa médula histriónica de la maldad que se nutre con el perfil antagónico del personaje que se le asigna, a través de un laboratorio intenso, creativo, donde fluyen a su mar todos los impulsos, los gestos, las manías y las bajas intenciones posibles en la impredecible y a la vez desconcertante alma de los mortales.
“Las villanas son caóticas, irremediables. Sufren mucho. Y yo, desde el plano actoral, he sido partícipe de ese dolor que llevan dentro. No hay villana mayor ni menor. Cada una tiene perfil e historia diferentes, pero el veneno del que tú hablas dura mientras la cámara te graba. Una vez te despojas del personaje vuelves a la realidad, como si hubieras salido de una película”.
Tal y como Kristina Lilley vuelve a sus asuntos personales: al gimnasio en las mañanas, a sus clases de maestría de actuación en las tardes; a sus arduas jornadas de grabación de ‘El penúltimo beso’, a sus hijas, en los escasos intervalos que le quedan, y al libro de sus adorados perros, ‘Spot’ y ‘Pita’, que una vez más, a la hora de despedirnos, arremeten con sus inofensivos ladridos.
Al cerrar la puerta, me apropio de la nítida luz verde aceituna que emana de los ojos de ‘Kris’, pero no puedo ocultar que también me seduce la villana.

DOCUMENTOS PARA EL 30 DE MAYO

Sinatra está resfriado- Crónica de Gay Talese

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La derrota de un héroe -  Alberto Salcedo Ramos

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El árbitro que expulsó a Pelé - Alberto Salcedo Ramos

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Una hermosa criatura - Truman Capote

Una hermosa criatura.pdf

 LES REGALO EL REPORTAJE A GARRINCHA ESCRITO POR ÁLVARO CEPEDA SAMUDIO

TAREA TAREA TAREA TAREA TAREA TAREA TAREA TAREA

A continuación podrán disfrutar de la crónica Cochise a vuelo de tequila, de Gonzalo Arango.

La he colgado completamente empastelada, sin ninguna división de párrafos, para que ustedes se tomen el trabajo de dividirla en donde consideren pertinente. Esto porque me gustaría que quede bien clarito aquello de la Unidad de Párrafo.

 

"Cochise" a vuelo de tequila

 

El Corazón de Jesús más feo del mundo está en el Barrio Simón Bolívar: Cra. 84 N°. 37-6, de Medellín. En esa casa vive Martín Emilio Rodríguez Gutiérrez, alias Cochise. El cuatro veces Campeón Nacional de Ciclismo, Medalla de Oro en Winnipeg, y otros resonantes triunfos internacionales. Con los campeones no tengo buena suerte. Cuando doy al chofer la dirección, me lleva a otro barrio, al otro extremo de la casa que busco. Después de perdernos en un laberinto de nomenclaturas digo al camarada conductor que esa dirección es donde vive Cochise, el campeón de ciclismo. —Si me lo dice al principio lo llevo como un tiro. Son las seis y media de la noche. Estoy atrasado media hora. Frente a la casa del campeón hay un Volkswagen estacionado, recién brillado. Toco el timbre. Aparece una señora con cara de mamá. —¿Está Cochise? —Sí, entre. Ahí mismo queda la sala de recibo. Al fondo el comedor. Ese que está comiendo debe ser él. Digo: “hola”. El dice: “ya me iba a ir”. Yo digo: “entonces llegué a tiempo”. Me siento en un sofá rosado, chillón. Ese Corazón de Jesús me aturde con su llamarada en el pecho amenazando quemar toda la casa, su propia melena. Luce recién salido de la peluquería, la barba rubia debe oler a Jean Marie Farina. La melena se precipita en un raudal de bucles engominados con glostora. No es un Cristo Redentor. Es una lámina para decorar un salón de cosméticos de Max Factor. Las lámparas chorrean de los cielorrasos una luz cegadora. Hay terracotas, porcelanas feas pero baratas. Al lado de un conjunto de ballet clásico, hay un bigotudo horrendo fumando una pipa, o un cerdo barrigón que sirve de alcancía. Frente a la sala está el barcito prefabricado, lleno de banderas y colorines. Todo delata el mal gusto del proletariado burgués. Por una escalera se sube al segundo piso, donde están los dormitorios. La televisión está prendida. Una emisora muele música de pachanga a todo vapor. Es una casa muy animada por dentro. La Hora Calmadoral anuncia que son las 6 y 45. Mi hombre llega al fin. Se para al frente sin mirarme. Como no dice nada me levanto y le doy la mano. Él se escarba con la uña una tirita de carne que se le quedó enredada en los dientes. Sigue sin decir nada, como a mil kilómetros de distancia. Este campeón parece difícil de entrevistar. Su tontería o falta de hospitalidad me desaniman bárbaramente. Mientras se presta al diálogo lo observo: es un tipo alto, mide un metro con ochenta, pesa 75 kilos, buen mozo, de aspecto ingenuo pero viril. Viste un bluyin azul, camisa bicolor, irradia el esplendor propio del éxito y la buena salud. Nada enturbia su mirada ni su frente: ni el pensamiento ni una nube de tristeza. Acaba de cumplir veintiséis años. Nació el 14 de abril de 1942, en Guayabal, el barrio de los tejares de Medellín. Ese debió ser un barrio muy pobre en su tiempo, sin agua, sin luz, sin alcantarillas, un vivero mortífero de plagas. Los campeones suelen nacer en esos barrios proletarios, con muchas mangas, mucho barro, muchas penas, muchas miserias dentro y alrededor. La mamá de Martín es una viejita que está ahí sentada oyendo sin mirar, remendando algo. Con un aire tierno y beatífico. Se llama Gertrudis Gutiérrez. Es viuda. No abrió la boca sino para confirmar la fecha del nacimiento del hijo. El padre de Cochise llamaba Victoriano Rodríguez, pero murió a los once días de nacer el campeón, con lo cual la pobreza se sumó al dolor de su llegada al mundo. En total son seis hijos: tres hombres y tres hembras. Estudió hasta quinto de primaria. Dejó los estudios para trabajar. Su primer oficio, naturalmente, tenía que ver con bicicleta: cobrador en un gabinete de odontólogos. Estos profesionales lo estimularon en su vocación. Hoy los llaman “los Cochises”, por su culto idolátrico al campeón. Luego trabajó como “despachador” en Caribú, aforando cajas y bultos de mercancía. Un obrero del montón. Empieza a tomar en serio el ciclismo, entrena, participa en competencias regionales: como turismero. Se apunta el primer triunfo en la Doble a San Pedro. Participa en una Vuelta a Colombia, el máximo evento deportivo, y ocupa el sexto lugar. Es un buen presagio. Cada año se acerca un poco más a la meta y a la gloria, y por varias veces se clasifica subcampeón. Hasta que se corona por fin, y repite la hazaña cuatro veces consecutivas, sin rival a la vista para disputarle la corona. Este año se verá. Con la fama llegan los privilegios, los patrocinios. De los sótanos de mercancía asciende a empleado de las oficinas de la empresa. Le pagan por no hacer nada, o muy poco. Pero debe hacer acto de presencia como todo el personal. Puede disponer del tiempo que necesita para entrenamientos. Como la hinchada ocupa todo el tiempo el conmutador de la fábrica, el gerente Gabriel Ángel decide que se quede en casa, que sólo vuelva a cobrar el sueldo. Incluso, le propone que funde un pequeño almacén para que atienda a su clientela, y le ofrece créditos y garantías. Cochise funda el Almacén Cochise, donde vende blue-jeans Cochise. Por cada bluyín que vende encima un autógrafo. Es un éxito, bate el récord de ventas de los grandes almacenes. Una hermana del campeón y su colega Papaya Vanegas, lo administran. Él hace acto de presencia dos horas por la tarde, de 5 a 7. Su patrón se preocupa y piensa que su patrocinado dejará de ser un día campeón, pues esa es la fatalidad de la gloria: no ser eterna. Por esa razón, el doctor Ángel le costea profesores a domicilio para que le enseñen cositas y hagan del campeón un ciudadano útil a la sociedad en el futuro. En sus horas libres, Martín estudia historia patria, inglés y ortografía. Afortunadamente su cultura patria no se le nota ni por el forro, pues si lo meten de lleno en la sintaxis se caerá del galápago. La sublime virtud del campeón radica, precisamente, en su absoluta animalidad, en su poder irracional. Nunca en saber qué diablos es un sufijo, lo cual sería la ruina de su carrera deportiva. Para cumplir esas hazañas hay que tener cerebro de plomo, alma de torero y pies de oro. El único enemigo que tiene Cochise es el tiempo. Un año de estos lo derrotará la edad, nadie más. El ciclismo es su vida, su gloria, lo que más ama. A eso lo sacrifica todo: amor, fiestas, diversiones, mujeres. No fuma, no bebe, no parrandea. Se economiza íntegramente para la hora de la verdad: ¡la victoria! Se levanta a las 7 de la mañana, desayuna, monta en la cicla. Entrena 5 horas diarias. Va y viene por todas las carreteras, por todos los climas. Corre en llanos, en subidas, en bajadas, en frío, en caliente. A la una de la tarde regresa, se baña, almuerza, duerme dos horas. Estudia con sus profesores. Luego se va para el Almacén Cochise a ver cómo anda el negocio. A las 7 de la noche regresa al hogar, come, va un rato donde la novia o ve televisión. A las diez está roncando. Así todos los días, invariablemente, durante años. Es una vida heroica y ascética la de los campeones. El precio de su gloria es renunciar a los privilegios que da, pues de lo contrario no serían campeones. El reportaje no duró una hora como estaba previsto, sino cuatro. Pues por la casa del campeón desfilan vecinos, hinchas, deportistas. Esa noche, un bus estacionó en la casa con 50 pasajeros. Venían de un paseo dominical. Querían verlo, conocerlo, admirar sus trofeos, pedirle un autógrafo. Subían por tandas al segundo piso donde están las copas, las medallas y todo eso. Doña Gertrudis se puso activa, vigilante, para que no se fueran a robar nada. A Cochise se le despertó el seductor, y galanteaba inocentemente a las chicas de minifalda o bluyines. A las bonitas les decía “mamacitas”. Me llamaba la atención para que tomara nota de su éxito. —Oíste, ¿vos qué opinás de este bomboncito, ah? La chica ríe como un perrito agradecido, es decir, como una perrita, y al saborear el elogio deja ver el cobre de su belleza: le faltan tres dientes. Como debían oler a paseo de día entero, la cosa no me entusiasmaba, francamente. Para que no pensara que yo era un maldito envidioso, le seguía la corriente: “Oh, divino el bomboncito”. Cuando el paseo se marchó la casa quedó oliendo a salchichería, una mezcla de olores amotinados. Pero el campeón estaba feliz de haber abrazado a sus “bomboncitos”. Un perro vino y se echó en mitad de la sala. Era grande y manso. El campeón lo acarició con cariño. ¿Cómo se llama? “Blek”. Pensé en William Blake —¿Blake? ¿Como el poeta inglés? —No, “Blek”. Aunque no era negro, sino café con leche, pregunté si “Black”. —No, hombre, “Blek”, ¿cuántas veces te lo tengo que repetir? Cochise me trató como a un “lagarto” a quien está haciendo el honor de conceder un reportaje. Nunca me llamó por mi nombre. En realidad, no sabía quién era yo: nadaísta, poeta, “Aliocha” y todo eso. A veces se ponía furioso con alguna pregunta que le parecía absurda, o que no entendía. Entonces me regañaba. Decía frases paisas de uso popular que yo no entendía bien, como “ni piper”, o “ya voy Toño”. Sin embargo, me ofreció una cerveza. Dije que prefería mejor un aguardiente. El dijo: “Vos sí sos exigente, ¿no?”. Fue al barcito, sacó varias botellas de whisky sin descorchar para notificarme que en materia de licores no le ganaba nadie. Me ofreció un whisky. Antes de que se enojara, acepté. A última hora cambió de idea y dijo que si prefería un Tequila Cuervo, punto de México. Me estaba deslumbrando con su bar. —Está bien, lo que sea. Me trajo una copa rebosante y se quedó ahí de pie, mirándome. —El trago es una tontería, nunca bebo. Puse la copa en la mesa y anoté: “no bebe”. —Oye, por qué te llaman Cochise? —Después te digo, tómate primero el tequila a ver qué tal. Como era una orden muy amable, le obedecí. Yo sabía que en el fondo tenía un corazón de oro. Vacié la copa de un solo trago... ¡Rayos! No había ni una gota dentro del cristal. Miré la cosa extrañado, sin comprender. El líquido seguía ahí sin derramarse. Entonces el campeón se tiró al tapete a morirse de risa, feliz de haberme gastado una broma. La copa tenía doble fondo, era un juguete. “Blek”, al ver a su amo como un condenado epiléptico, se puso a ladrar con ganas de darme un mordisco. Él gritaba “¡te la hice! ¡Te la hice!, ¡ja, ja, ja,!”. Me dio ganas de romperle la copa en la cabeza, pero sólo dije: “buena esa, campeón”, y me reí de rabia. (¿Qué más podía hacer, don Camilo? ¿No cree que uno, a pesar de ser tan buen escritor, se merece por lo menos el Premio Nacional de Periodismo?) Cuando se calmó, trajo una copa de verdad, y la botella de Tequila Cuervo. Esta vez yo mismo me serví un auténtico trago doble, y juré que me bebería la botella entera aunque tuviera que emborracharme. —Bueno, ¿de dónde salió eso de Cochise? —De La flecha roja, una película de indios. Así se llamaba el protagonista, un tipo legal. Por eso yo me puse Cochise. —Después de Cochise, ¿a cuál ciclista colombiano admiras más? —A Rubén Darío Gómez. Ahí donde lo ven tan chiquito y camina. A Hernán Medina. A Papaya Vanegas. A ver a quién más... —¿A Ramón Hoyos no? —Ah, sí, Ramón... (Por alguna secreta razón o rivalidad, noté que le tiene bronca al ex campeón). —¿Cuál es tu máxima aspiración deportiva? —Ser campeón mundial de los 4 mil metros . —¿A los cuántos años te piensas retirar? —Cuando decaiga. —¿No crees que es mejor retirarse invicto que derrotado? —El deporte no es sólo triunfar sino competir. —Pero, ¿si este año no llegas de primero sino de quinto...? —¿De quinto? ¡Ni piper!... (ofendido) —¿Por qué no? En deporte todo es posible. A Ramón Hoyos le pasó. —Yo soy Cochise, yo me conozco, sé hasta dónde doy. —Claro, eres el jet de las carreteras, pero aún así... —Puede que hasta de segundo, ¿pero de quinto? En todo caso esta será la última vuelta en que participo. —¿A qué te piensas dedicar? —Me gustaría competir en Italia y Francia. Cuando regrese me dedicaré al almacén y pondré un tallercito con la ayuda de Dios. —¿El ciclismo te ha dado plata? —Qué va, hombre, todo se va en fama, en fotos, pero la “lana” no se ve. —¿Y esta casa de dónde salió, y el carrito, y el almacén y el sueldo de Caribú y cuánto tienes en el banco? —Eso no me lo dio el ciclismo sino mi trabajo. Yo lo que tengo lo he sudado. —De acuerdo, pero si no fueras campeón todavía estarías aforando bultos en Caribú, con mil pesos de sueldo. —No niego que Caribú se ha portado bien conmigo y por eso soy fiel. Pero, ¿qué me ha dado Antioquia? ¡Nada! A Ramón sí le dieron, pero a mí sólo me piden el autógrafo, así, ¿la fama para qué? —¿Cuánto ganas por la Vuelta a Colombia? —Cuatro mil mugres, eso no paga sudar la gorda. Antioquia ha sido tacaña conmigo y eso me ofende. Por ejemplo, cuando trajimos todos los trofeos de México el año pasado, el alcalde de Bogotá nos regaló de a diez mil. En cambio en Medellín nos salieron con la migaja de dos mil. ¿No ve? nadie es profeta en su tierra. —Pero eres profeta en Colombia: el año pasado te eligieron el deportista del año, o sea, diez millones de colombianos son hinchas tuyos. ¿Por qué no te lanzas de candidato a senador en las próximas elecciones? Estoy seguro que saldrías elegido. —¿Y yo qué gano con eso? —Pues hombre, ganas gloria, y te enciman diez mil pesos mensuales por no hacer nada. —Ah, por diez mil pesos ni hablar, ¡listos! —Cuenta con mi voto y el de “los bomboncitos”. ¿Y tu novia? —No hablemos de eso. —¿Cómo se llama? —Lía Correa. —¿Te piensas casar? —Natural, como todo el mundo, no me voy a quedar de reliquia. —¿Cuándo? —Ahora es temprano para pensar en eso. Primero el ciclismo. —¿Te casarías con una reina de belleza? —Yo soy modesto, una reina no se fijaría en mí. —¿Por qué no? Eres campeón, eres famoso, tienes “pinta”, tienes almacén, ¿qué más quieres? —No, reinas no. La que algún día sea mi esposa debe ser una mujer legal. —¿Cómo es una mujer legal? —Pues una que sirva para esposa, mejor dicho, que sea virtuosa, hogareña, que no use minifalda ni sea ye-ye. —¿No te gusta la moda actual? —Claro que sí, me gustan las chicas que usan minifalda, esas que van a las heladerías, tengo muchas amigas de esas, pero mi novia tiene que ser seria, una dama. —Según eso, ¿las que usan minifalda no son damas? —Yo no digo que no sean buenas muchachas, hay de todo, pero para mi gusto, no hay como una mujer seria, que no esté mostrando las pantorrillas por ahí... —Veo que eres un antioqueño de armas tomar. Estoy seguro que tienes un santo de tu devoción. —Fray Martín de Porres. —Aunque sobra la pregunta, ¿eres conservador o liberal? —De política no hablo. Yo sí voté una vez, pero no digo por quién. A mí me hicieron votar. —¿Por el doctor Carlos Lleras? —No digo. —Si te mandaran a hacer la guerra en Vietnam, ¿qué harías? —Ya voy Toño... ¿Y por qué voy a ir? esa no es conmigo. —Pero suponiendo que te obligue el gobierno, la patria. —Ah, si es por la patria habría que ir. —¿Y si te matan? —Pues hombre, ese sería el fin del pobre Cochise. —Cassius Clay perdió su corona de campeón por negarse a ir a la guerra. ¿Qué piensas de eso? —El hizo bien, para no traicionar su religión. —Pero el gobierno lo obligaba, la patria. —Es que los gringos son muy orgullosos, y ese orgullo los va a enterrar, ponga cuidado y verá. —¿Cuál consideras tu mejor cualidad? —Soy sencillo; como deportista soy responsable. —¿Y tu mayor defecto? —Yo soy feíto pero gustador, ¿no vio, pues? —Claro, la locura... ¿Qué clase de música te gusta? —La música clásica me gusta machamente. —¿Cuáles son tus músicos favoritos? —Javier Solís y Roberto Ledesma. —¿Y entre los modernos? —Raphael. Yo bailo go-go pero no muy bien que digamos. —¿Te gusta Pablus Gallinazo? —¿Gallinazo? ¿Qué es eso? —Olvídate. Cochise, ¿cuántos libros has leído en tu vida? —A ver..., leí uno que se llama Descanse y viva... a ver... ¡ej! Qué memoria tan condenada... arriba tengo unos libritos, si quiere los bajo. —Me gustaría verlos. —El campeón subió a su cuarto. Aprovecho para echarme un tequila doble, y otro de repuesto. Bajó cinco libros: Los titanes de la música, Cómo triunfar en los negocios, Poesías románticas y uno que me llamó poderosamente la atención, no por la chica semidesnuda que adorna la portada, sino por la frase que se destaca en letras rojas y entre comillas: “Extraordinaria, me enciende la sangre”. Nada menos que firmada por Henry Miller. Se titula Ella, de Rider Haggard, bestseller mundial, a quien no tengo el honor de conocer. No puede ser que una novela que le enciende la sangre al autor de La crucifixión rosada se la encienda también a Cochise. O Miller está loco, o Cochise es un mentiroso. Pero él asegura que la leyó en los descansos durante la Vuelta a México, y que le encantó. Como no conozco el libro se lo pido prestado. —Pero me lo devuelve. Lo prometo. Francamente me desalienta leer este librito, pero no es porque dude del buen gusto de Cochise, sino del anciano Mr. Miller. —Si te enamoraras perdidamente, ¿dejarías el ciclismo por una mujer? —Ni por veinte. —Y si te ofrecieran medio millón de pesos? —Creo que no llegaría ese caso. —Supongamos que yo te los ofrezco ahora mismo... —¿Al contado? —Bueno, supongo que me darás un placito. —Entonces no. La Hora Calmadoral dice que son las 10. Pido permiso para llamar por teléfono a un amigo a ver si puede venir en su carro a recogerme. Estará aquí dentro de quince minutos. Cochise está cabeceando de sueño. Dice que le encantan los toros. Una vez le ofrecieron cuatro mil pesos por torear en una novillada en la Plaza de la Macarena. Toreó dos vaquitas sin tragedias que lamentar. Sus otras pasiones son el fútbol, el automovilismo y la aviación: “Si algún día llego a tener plata me compraré una avionetica”. —Cochise, ¿le darías la vuelta al mundo en bicicleta? —¿Y en qué llevo la ropa, ah? Vos si que me creés bobo —dice furioso. —Tienes razón, no había pensado en eso, perdona. Ahí está mi amigo. Le grito por la ventana que voy en dos minutos. Cochise abre la puerta y lo invita a entrar. Los presento. —Hola, Cochise. —Hola, “Fugitivo”. El Cid me mira extrañado como preguntando qué diablos es eso de “Fugitivo”. Yo estoy en las mismas. Se ponen a hablar de carros, como no entiendo me dedico al tequila. —Cuánto me encimas, Fugitivo, y te lo cambio al mío. —No, Cochise, no tengo plata. Decíme, ¿qué es eso de “Fugitivo”? —Hombre, es que te pareces al “Fugitivo” de la televisión, ni pintado. Ordeno las notas, me tomo otro doble, y me levanto para despedirme del campeón. Las cosas parecen temblar. Endemoniado tequila. Acerco un cigarrillo a la llamita trémula de la pared. —Hombre, qué estás haciendo con eso... —Enciendo mi cigarrillo. —¿Pero no ves que son las llamas del Corazón de Jesús? —Caramba, pensé que eran de verdad. Salimos a la calle. La brisa susurra en los astromelios. Bueno, que ganes la vuelta, y gracias por el tequila. —Oíste, ¿y eso dónde lo van a publicar? —En Cromos. —¿Es una revista extranjera? —No, de Bogotá. —Ah, como es tan bonita yo pensé que no era de aquí. Con razón: si Cochise supiera quién es Gonzalo Arango, o de qué país es la revista Cromos, estoy seguro que no sería el Campeón Nacional de Ciclismo. Y es mejor que lo siga ignorando si no quiere perder la corona.

 

OJO:  A  PROPÓSITO DE LA CRÓNICA DE PACHO

verla es de cartacter casi obligatorio:

 

ÉBANO (RYZARD KAPUSCINSKI)

Ebano.pdf

Cliquen en el pdf para obtener el libro completo del maestro polaco.

CONSEJOS DE KAPUSCINSKI

EL DOCTOR DOYLE (Ryzard Kapuscinski)

 

Este es un aparte  del libro "Ébano". Para que vean que se puede estar adentro de la noticia, ser parte de ella -a lo Hunter Thompson- pero pasando casi inadvertido. Kapuscinski es como si fuera el enviado especial de cada uno de los lectores. No sólo es un narrador que satisface el mórbida curiosidad que tienen los lectores por los maleantes; satisface las curiosidades humanas y pone al lector contra las espadas.

Las diferencias de narradores entre Thompson y Kapuscinski son impresionantes. Tal vez, y sólo tal vez, porque los dos países (Polonia y EU) son baluartes de tradiciones culturales muy diferentes. En fin, tendremos para hablar mucho sobre esto en la clase del sábado 25 de abril.

***

Mi piso de Dar es Salam se compone de dos habitaciones, una cocina y un cuarto de baño, situados en la primera planta de una casa que se alza en medio de cocoteros y de frondosos y emplumados plátanos, cerca de la Ocean Road. En una habitación hay una mesa y varias sillas, y en la otra, una cama, encima de la cual se extiende una mosquitera; su presencia solemne -pues recuerda el blanco y largo velo de una novia— más bien persigue el fin de producir una sensación de bienestar en el inquilino antes que protegerlo de los mosquitos: éstos siempre acabarán saliéndose con la suya. Estos agresores, pequeños pero molestos, todas las tardes deben de fijarse un plan de acción para mortificar a su víctima, pues si, pongamos por caso, son diez, no atacan todos juntos -lo que nos permitiría eliminarlos a todos de golpe y tener una noche tranquila—, sino que embisten uno a uno: primero parece salir el explorador en misión de reconocimiento mientras que el resto, a todas luces, observa el desarrollo de los acontecimientos. El explorador, descansado después de un día dedicado a dormir, ahora nos mortifica con su zumbido enloquecido hasta que, finalmente, medio dormidos y furiosos, organizamos la caza, matamos al agresor y volvemos a acostarnos tranquilos y pensando que ya podemos volver a entregarnos al sueño cuando, apenas hemos apagado la luz, el siguiente empieza sus rizos, espirales y circunvoluciones.

Después de observar a los mosquitos durante muchos años (o más bien, durante muchas noches), he llegado a la conclusión de que estos seres deben de tener muy arraigado el instinto suicida, una necesidad incontrolada de autodestrucción que hace que al ver la muerte de su predecesor (en realidad de su predecesora, pues son las hembras del mosquito las que nos atacan y transmiten la malaria), en vez de renunciar, de perder las ganas de guerrear, todo lo contrario, claramente excitados -o sea excitadas- y desesperadamente decididos —o sea decididas-, se lanzan uno tras otro —una tras otra— a una muerte inmediata e inevitable.

Cada vez que vuelvo a mi piso de un largo viaje, introduzco una gran confusión y discordia en la vida que en él encuentro. Es que durante mi ausencia, el piso no ha permanecido vacío, en absoluto. Apenas cerrada la puerta por dentro, tomaba posesión de mí el numeroso, activo y entrometido mundo de los insectos. De las rendijas del suelo y las paredes, de los marcos de las ventanas y los rincones, de los zócalos y los alféizares salían a la luz del día ejércitos enteros de hormigas y ciempiés, arañas y escarabajos, enjambres de moscas y polillas volando; las estancias se llenaban de las criaturas diminutas más diversas a las que no soy capaz ni de describir ni de nombrar, y todas ellas agitaban las alitas, movían las mandíbulas y hacían correr las patitas. Las que siempre me causaron la mayor de las admiraciones eran unas hormigas rojas que aparecían de repente no se sabía de dónde, marchaban en fila perfectamente alineada y acompasada, entraban por un momento en algunos de los armarios, se comían lo que allí hubiese de dulce, tras lo cual abandonaban su cebadero y, en la misma perfecta formación de antes, desaparecían sin dejar rastro y sin que se supiese adónde.

La situación se repetía ahora, cuando volví de Kampala. Al verme, parte de la compañía se marchó de prisa y sin pensárselo dos veces, pero la otra se tomó su tiempo y se retiró no sin mostrarse molesta. Me tomé un vaso de zumo, eché una ojeada a las cartas y a los periódicos y me fui a dormir. A la mañana siguiente, apenas si conseguí levantarme: las fuerzas me habían abandonado. Por añadidura, estábamos ya en la estación seca, es decir, en la época de un calor tremendo e insoportable que empezaba a apretar desde el mismísimo amanecer. Venciendo la debilidad, escribí varios telegramas sobre la situación de Uganda en las primeras semanas de su independencia y los llevé a correos. Siempre los llevaba a correos. El funcionario que los recogía me los escribía en un cuaderno, con la fecha y la hora. A continuación eran enviados por télex a nuestra oficina de Londres y, desde allí, a Varsovia: así salía más barato. Me dejaba estupefacto la habilidad de los mecanógrafos locales: copiaban en la cinta de sus télex los textos polacos sin cometer un solo error. Un día les pregunté cómo era posible. Porque, me contestaron, nos enseñaron a copiar no palabras o frases sino letra tras letra. De ahí que nos dé igual en qué lengua esté escrito el telegrama; en cuanto a nosotros, transmitimos signos y no sentido.

A pesar de que me había marchado de Kampala hacía ya bastante tiempo, en lugar de mejorar me sentía cada vez peor. Son secuelas de la malaria, me decía a mí mismo, y, por añadidura, de las insoportables temperaturas de la estación seca. Y a pesar de que en mi interior había empezado a percibir la presencia de un calor intenso y desconocido, creía que era el calor exterior lo que se había instalado dentro de mí y que desde allí irradiaba sobre mi organismo. El sudor me empapaba, pero también empapaba a los demás: el sudor salvaba a la gente de arder en la flameante pira del verano.

Había pasado un mes de aquella existencia miserable y lacia cuando me desperté una noche

porque sentí la almohada excesivamente húmeda. Encendí la luz y me quedé de una pieza: la almohada estaba empapada de sangre. Corrí al cuarto de baño y me miré al espejo: tenía toda la cara manchada de sangre. En la boca notaba la presencia de una sustancia pegajosa que tenía un sabor salado. Me lavé pero no conseguí volver a conciliar el sueño.

Recordaba que sobre una de las casas de la calle principal, la Independence Avenue, se veía un rótulo con el nombre de un médico: John Laird. Fui hasta allá. El doctor, un inglés alto y delgado, daba incesantes vueltas por una habitación llena de baúles y cajas. Al cabo de dos días volvía a Europa, pero me dio el nombre y las señas de un colega suyo a quien yo debía acudir. Muy cerca, junto a la estación de ferrocarril, estaba el dispensario municipal y allí podría encontrarlo. El colega se llama Ian Doyle, añadió, y es irlandés (como si en la medicina, al menos en este país, no contase la especialidad sino la nacionalidad).

El dispensario ocupaba un viejo barracón en el que los alemanes habían tenido un cuartel en los tiempos en que Tanganica era su colonia. Ante el edificio acampaba una multitud de africanos apáticos que, probablemente, sufrían de todas las enfermedades posibles. Conseguí llegar al interior y logré localizar al doctor Doyle. Me recibió un hombre de mediana edad pero cansado y demacrado y que desde el primer momento se mostró muy cálido y cordial. Su mera presencia, su sonrisa y su bondad actuaron sobre mí como un bálsamo. Me dijo que por la tarde fuera al Ocean Road Hospital porque sólo allí había un aparato de rayos X.

Yo sabía que lo mío no era ninguna insignificancia pero culpaba de todo a la malaria. Tenía un gran deseo de que el doctor confirmase mi diagnóstico. Cuando salimos de la sección de rayos X —Doyle mismo me hizo la radiografía— me puso la mano en el hombro y empezamos a pasearnos por la suave colina donde crecían altas palmeras. El paseo era muy agradable porque las palmeras proyectaban sombra y una suave brisa soplaba desde el océano.

-Sí -dijo finalmente Doyle, apretándome el hombro con suavidad-, definitivamente se trata de tuberculosis.

Y se sumió en silencio.

Las piernas se me doblaron y se volvieron tan pesadas que no conseguía levantar ni una ni otra. Nos detuvimos.

-Te ingresaremos en el hospital -dijo.

-No puedo ir al hospital -contesté-. No tengo dinero. (Un mes de estancia en el hospital costaba más que mi sueldo de tres meses.)

—Entonces tienes que regresar a tu país —dijo.

-No puedo regresar a mi país -contesté. Notaba cómo la fiebre me corroía; tenía sed y me sentía muy débil. En un instante decidí decirle toda la verdad. Aquel hombre me había inspirado confianza desde el primer momento y sabía que me comprendería. Le dije que la estancia en África era la oportunidad de mi vida. Que una cosa así había ocurrido en mi país por primera vez: nunca antes habíamos tenido un corresponsal fijo en el África negra. Que había ocurrido gracias a las difíciles y diligentes gestiones de la redacción de un periódico que era pobre, porque se trataba de un país donde cada dólar costaba a precio de oro, que si informaba a Varsovia de mi enfermedad, no dispondrían de medios para pagarme el hospital sino que me mandarían regresar y nunca más podría volver a África. Y que lo que era el sueño de mi vida - trabajar en África- se esfumaría para siempre.

El doctor lo escuchó todo en silencio. Reemprendimos nuestro paseo entre palmeras, arbustos y flores, entre toda aquella belleza tropical que en aquel momento era para mí una belleza envenenada por la derrota y la desesperación.

El silencio se prolongó durante un buen rato. Doyle pensaba en algo, reflexionaba ensimismado, y al final dijo:

-En realidad sólo hay una salida. Esta mañana has estado en el dispensario municipal. A él acuden a tratarse africanos pobres porque es gratuito. Pero desgraciadamente, las condiciones en que se

encuentra son deplorables. Aunque no muy a menudo, yo sí que voy allí a veces porque soy el único

especialista en tisis en este país tan grande y en el que la tuberculosis es una enfermedad muy común. Tu caso es bastante típico: una malaria fuerte debilita tanto el organismo que la persona fácilmente cae enferma de otra cosa, y muy a menudo precisamente de tuberculosis. Mañana te inscribiré en la lista de los pacientes del dispensario. Eso puedo hacerlo. Te presentaré al personal. Todos los días irás a que te pongan una inyección. Lo intentaremos. Ya veremos qué pasa.

El personal del doctor Doyle se componía de dos personas que prácticamente lo hacían todo:

limpiaban, ponían las inyecciones y, sobre todo, dirigían el tráfago de los enfermos, dejando entrar a unos y echando a otros en la misma puerta del barracón, sin que supiese por qué (una sospecha de corrupción estaba totalmente fuera de lugar: aquí nadie tenía dinero).

El mayor, y más grueso, se llamaba Edu y el más joven, bajito y musculoso, Abdullahi. En muchas comunidades africanas al niño se le pone un nombre que hace referencia a un acontecimiento que ha ocurrido en el día en que nació. Edu era la abreviatura de education, porque el día en que Edu vino al mundo en su pueblo se abrió la primera escuela.

De ahí que en los lugares donde el cristianismo y el islam no se había implantado con fuerza, la riqueza de nombres que se ponía a la gente era infinita. En ello también se expresaba la poesía de los adultos, que dotaban a sus hijos de nombres como Mañana Fresca (si el crío nació al amanecer) o Sombra de Acacia (si vino al mundo bajo este árbol). En las sociedades que desconocían la escritura, con ayuda de los nombres se registraban los acontecimientos más importantes de la historia antigua y contemporánea. Si el niño nacía el día en que Tanganica había obtenido la independencia, recibía el nombre de Independencia (en swahili, Uhuru). Si los padres eran incondicionales partidarios del presidente Nyerere, podían llamar a su hijo precisamente así: Nyerere.

De esta manera, desde hace siglos se ha ido creando una historia, no tanto escrita como hablada, con fuerte -por personal- grado de identificación: mi identificación con mi comunidad la expreso con el hecho de que el nombre que poseo glorifica algún acontecimiento inscrito en la memoria de un pueblo del que soy parte.

La introducción del cristianismo y del islam redujo este rico mundo de poesía e historia al centenar escaso de nombres sacados de la Biblia y del Corán. Desde entonces, ya no había más que James y Patrick o Ahmed e Ibrahim.

Edu y Abdullahi eran unos hombres con un corazón de oro. Enseguida nos hicimos amigos. Yo intentaba causar la impresión de que mi vida estaba en sus manos (y en realidad así era) y ellos se mostraban sumamente preocupados y emocionados por este hecho. Lo abandonaban todo cada vez que yo necesitaba ayuda. Iba a verlos a diario después de las cuatro de la tarde, cuando amainaba el calor del mediodía; el dispensario ya estaba cerrado y ellos dos barrían los viejos suelos de madera, levantando increíbles nubarrones de polvo. Luego todo transcurría siguiendo las disposiciones del doctor Doyle. En la vitrina del armario acristalado de su consulta se veía una enorme lata de metal (donación de la Cruz Roja danesa) en la cual había unas pastillas grandes y grises que se llamaban PAS. Yo tomaba veinticuatro al día. Mientras me dedicaba a contarlas y meterlas en una papeleta, Edu sacaba del agua hirviendo una maciza jeringuilla de metal, colocaba la aguja y de una botella extraía dos centímetros de estreptomicina. A continuación, tomaba un amplio impulso, como si quisiera lanzar la jabalina, y me clavaba la aguja. Yo hacía algo que con el tiempo se convirtió en todo un rito: pegaba un salto y emitía un penetrante silbido serpentino ante el cual Edu y Abdullahi, que siempre lo habían observado todo, estallaban en una carcajada homérica.

Nada une más a la gente en África que el reírse juntos de algo realmente gracioso, como por ejemplo, del hecho de que un blanco pegue un salto por una cosa tan insignificante como una inyección. Por eso acabé compartiendo con ellos aquel entretenimiento, y aunque me retorcía del dolor que me causaba la aguja clavada por Edu con un ímpetu tremendo, junto con ellos me desternillaba de risa.

En este patológico y paranoico mundo de desigualdad racial en que todo lo decide el color de la piel (incluso sus matices), mi enfermedad, a pesar de que físicamente lo pasaba fatal, me proporcionaba una inesperada ventaja: al convertirme en un ser débil y lisiado rebajaba mi prestigioso estatus de blanco como alguien que está por encima de todo y de todos, y creaba entre los negros una mayor oportunidad de igualdad. Ahora me podían tratar como a uno más; aunque seguía siendo un blanco, ya no era el de antes: ahora era un blanco empequeñecido, defectuoso y tarado. En mis relaciones con Edu y Abdullahi surgió esa clase de cordialidad que sólo es posible entre iguales. Habría sido impensable si me hubiesen conocido como un europeo fuerte, sano y poderoso.

Para empezar, me invitaron a sus casas. Poco a poco me fui haciendo un visitante asiduo de los barrios africanos de la ciudad y los acabé conociendo como nunca antes. Según la tradición africana, el huésped es tratado con todos los honores. El dicho polaco «invitado en casa, Dios en casa» aquí cobra un sentido auténticamente literal. Los anfitriones pasan largo tiempo preparándose para la ocasión. Lo limpian todo, preparan los mejores platos. Hablo de una casa como la de Edu, un simple sirviente de un dispensario municipal. Cuando lo conocí, su estatus social era relativamente bueno. Bueno, porque Edu tenía trabajo fijo y personas como él no abundaban. La mayoría de la gente de las ciudades africanas tiene un empleo temporal de vez en cuando y la mayor parte del tiempo no trabaja en absoluto. En realidad, el enigma más grande de la ciudad africana es éste: ¿de qué viven todas esas multitudes? ¿De qué y cómo? Es que estos hombres no se encontraron aquí porque se los necesitase sino porque la miseria los había expulsado de sus aldeas. La miseria, el hambre y la desesperanza de una vida semejante. Así que se trata de fugitivos en busca de salvación, de supervivencia; de refugiados maldecidos por el destino. Cuando nos topamos con un grupo de personas que, por fin, han llegado a los límites de la ciudad tras abandonar unas tierras fustigadas por la sequía y el hambre, vemos en sus ojos una expresión de terror y de pánico. Y aquí, entre las chabolas y casuchas de barro, empezarán a buscar su Dorado. ¿Qué harán ahora? ¿Cómo actuarán?

Les presento a Edu y a unos primos de su clan. Pertenecen al pueblo sangu, que vive en el interior del país. Antes trabajaban en el campo pero su tierra dejó de dar fruto y entonces, hace varios años, caminaron hasta Dar es Salam. Su primer paso consistió en encontrar a otros sangu. O a hombres de otras comunidades ligados con los sangu con lazos de amistad. El africano conoce muy bien toda esa geografía de amistades y odios interétnicos, tan vivos como los que ahora se manifiestan en los Balcanes.

Por el hilo hasta el ovillo, acabarán descubriendo la casa de su paisano. El barrio se llama Kariakoo y su disposición resulta bastante geométrica: calles cubiertas de arena pero trazadas en línea recta. La edificación resulta esquemática y monótona: predominan las llamadas swahili house —una especie de komunalkas soviéticas-; en un edificio de una sola planta hay entre ocho y doce habitaciones y en cada una de ellas vive una familia. Se comparte la cocina, el retrete y el lavadero. La estrechez alcanza grados inimaginables, pues aquí las familias son muy numerosas; cada casa es una guardería. Todos los miembros de la familia duermen juntos sobre el suelo de barro, sólo cubierto por finas esteras de rafia.

Ante una casa así, se sitúan a cierta distancia Edu y sus paisanos, y Edu grita: Hodi! Como en esta clase de barrios no existen las puertas y cuando las hay siempre están abiertas, y como no se puede entrar sin pedir permiso, ya desde lejos se grita precisamente eso, Hodi!, lo que equivale a la pregunta: ¿Puedo pasar? Si dentro hay alguien, contesta: Karibu! Significa: Adelante, bienvenidos. Y Edu entra.

Ahora empezará la infinita letanía de saludos rituales. Al mismo tiempo es el momento del reconocimiento, pues ambas partes intentan averiguar qué parentesco las une. Serios y concentrados, se internan ahora por el espesísimo bosque de los árboles genealógicos de que se compone cada comunidad, clan y tribu. Para alguien de fuera, resulta imposible situarlo todo, pero para Edu y sus compañeros, se trata de un momento del encuentro muy importante: un primo cercano significa una dosis de ayuda grande y uno lejano, mucho más pequeña. Aunque tampoco en el segundo caso se irán sin nada. Seguro que aquí encontrarán un techo donde guarecerse. Siempre se encontrará un poco de sitio en el suelo; y es que, a pesar de que no hace frío, resulta difícil dormir en el patio: allí hay mosquitos que mortifican y arañas que pican, y cárabos, y todos los demás insectos del trópico.

A la mañana siguiente, empezará para Edu su primer día en la ciudad. Y aunque para él todo esto es un medio nuevo, un mundo nuevo, el caminar por las calles de Kariakoo no despierta asombro, no causa sensación. Todo lo contrario que a mí. Si alguna vez me meto por unos callejones alejados del centro del barrio y menos frecuentados, los niños pequeños huyen despavoridos y se esconden en los rincones más inaccesibles. Es porque, cuando hacen alguna diablura, sus madres les dicen: Sed buenos, que si no ¡se os comerá el mzungul (En swahili, mzungu significa blanco, europeo.)

En una ocasión, en Varsovia, conté a unos niños cosas de África. Durante aquel encuentro, se levantó un niño pequeño y preguntó:

-¿Ha visto usted a muchos caníbales?

No sabía que, cuando algún africano regresase de Europa a un Kariakoo y se pusiese a contar cosas de Londres, de París o de otras ciudades habitadas por mzungu, un niño africano de la misma edad que el de Varsovia bien podría levantarse y preguntar:

—¿Has visto allí a muchos caníbales?

  

 

 

 

 

 

Los ángeles del infierno  (Hunter S. Thompson)

 

Dicen que este reportaje fundó el nuevo periodismo. La paternidad se le atribuye a Hunter S. Thompson, el brillante periodista norteamericano que murió el 19 de febrero en su casa, tras suicidarse de un disparo, a los 67 años. Para escribir este artículo en 1966 -que luego se convirtió en un exitoso libro que consagró al autor-, Thompson aplicó la concepción de su estilo, que él llamaba "gonzo": que el reportero fuera protagonista de su crónica, sufriendo todas, pero todas, sus consecuencias.

 

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Durante el último fin de semana, el del Día del Trabajo, diarios de toda California publicaron reportajes en primera página sobre una infame violación cometida por pandillas en las dunas de arena situadas cerca de la ciudad de Seaside, en la Península de Monterrey. Dos muchachas -de catorce y quince años- fueron supuestamente raptadas por una banda de sucios, enloquecidos y borrachos matones motociclistas llamada Hell's Angels (Ángeles del Infierno) que las plagiaron y abusaron repetidamente de ellas.

Un policía relataba: "Llegué a la playa y vi una fogata rodeada por ciclistas de ambos sexos. Entonces, dos muchachas, casi histéricas y sollozando, salieron de la oscuridad y pidieron ayuda. Una estaba completamente desnuda y la otra sólo vestía un sweater raído".

Por ese entonces, unos 300 miembros de Hell's Angels se encontraban reunidos en el área de Seaside, con el propósito, dijeron, de recolectar fondos para enviarle el cadáver de un ex camarada, muerto en un accidente, a su madre en Carolina del Norte. Uno de los Angels le dijo a un reportero: "Escogimos Monterrey porque aquí nos tratan bien; en muchas otras partes nos echan del pueblo".

El tipo habló demasiado pronto. Apenas un día más tarde, los Angels ya no se encontraban en la península, sino que con cuatro de sus miembros en la cárcel acusados de violación, mientras que el resto de la tropa era escoltado a los límites del condado por un grueso contingente de policías. Varios de ellos fueron entrevistados: "Los cargos de violación en contra de nuestros muchachos son falsos y no llegarán a nada", dijeron.

Eso resultó ser cierto, pero eso es otra historia y ciertamente no da para titulares. La diferencia entre los Hell's Angels retratados en los periódicos y los Hell's Angels en la realidad es suficiente como para que uno se pregunte para qué está la prensa. También hace surgir la pregunta de quiénes son los verdaderos Hell's Angels.

Desde la II Guerra Mundial, California ha estado extrañamente plagada de violentos hombres en motocicletas. Usualmente, viajan en grupos de diez a treinta, retumbando por las carreteras y parando para emborracharse y armar alboroto. En 1947, cientos de ellos destruyeron todo a su paso en Hollyster, distante a una hora de San Francisco, y obtuvieron suficiente prensa como para inspirar una película llamada El Salvaje, con Marlon Brando como protagonista.

El clima de California es también perfecto para las motocicletas. Muchos de los motociclistas son inofensivos cultores de fin de semana, miembros de la Asociación Americana de Motocicletas, y no más peligrosos que los esquiadores o los aficionados al buceo. Pero algunos pertenecen a lo que los otros llaman los "clubes de forajidos". Y son estos últimos los que -especialmente los fines de semana y los feriados- pueden aparecer en cualquier lugar del estado en busca de acción.

Cuando se entra en una discusión con esos grupos de forajidos, las posibilidades de salvar ileso se pueden contar, generalmente, con una mano. "Le rompí la cara", me dijo uno de los motociclistas, refiriéndose a un hombre al que no había visto nunca antes hasta que comenzó la pelea. "Se puso listo. Me llamó inservible. Debió haber sido un estúpido", agregó.

El más notorio de estos grupos de forajidos son los Hell's Angels, quienes supuestamente tienen sus cuarteles en San Bernardino, justo al este de Los Angeles. Además cuentan con filiales por todo el estado. Como resultado del caso de la violación, el fiscal general de California emitió un informe sobre el grupo. De acuerdo al documento, éstos pueden ser fácilmente identificados: "El emblema de los Hell's Angels consiste en un parche bordado de una calavera alada que porta un casco de motociclista. Justo debajo del ala del emblema se ven las letras MC. Sobre éstas se halla una franja que lleva las palabras "Hell's Angels". Estos parches están cosidos en la espalda de, usualmente, una chaqueta de jeans sin mangas. Adicionalmente, y sólo como decoración, algunos miembros portan insignias de la Luftwaffe y reproducciones de la Cruz de Hierro alemana. Muchos tienen barba y su cabello es largo y despeinado. Algunos llevan un aro en la oreja y llevan cinturones metálicos hechos de pulidas cadenas de motos, los cuales pueden ser usados como una cachiporra flexible... Probablemente, el denominador común para identificarlos es su sucio aspecto. Las huellas digitales son un medio efectivo de identificación porque un alto porcentaje de los Hell's Angels tiene registros criminales. Además de los parches en la espalda de las chaquetas de los Hell's Angels, otra insignia usada lleva el número "13", en honor a la letra "M", la décimotercera del alfabeto, e indica que el portador fuma marihuana.

El informe del fiscal general es colorido, interesante, fuertemente prejuiciado y consistentemente alarmante: justo el tipo de documentos que motiva a hacer un resonante artículo en una revista noticiosa nacional. Y así sucedió. Newsweek publicó un gancho a la izquierda titulado "Los salvajes"; Time lo hizo a la derecha e inevitablemente tituló "Más que salvajes". Los Hell's Angels, blasfemando por las implicancias de este nuevo ataque, se retiraron al bar del Hotel De Pau, cerca de la costa de San Francisco, y planificaron una fiesta playera de fin de semana. Les mostré los artículos. Por lo normal, los Hell's Angels no leen las revistas de noticias. "Me volvería loco si leyera estas cosas todo el tiempo", dijo uno de ellos. "Es pura mierda", acotó.

Newsweek fue relativamente cautelosa. Traía citas coloridas y breves, además de "evidencia" cuidadosamente atribuida al informe oficial, pero irresponsablemente decía que el reporte acusaba a los Hell's Angels de homosexualismo, cuando lo cierto es que éste decía justo lo contrario. Time se lanzaba al combate con una racha de sangre, alcohol y palabrería manchada de semen: "Estupores inducidos por drogas... ningún acto es demasiado degradante... intercambiar chicas, drogas y motocicletas con igual dejadez... robar y saqueos".

¿Dónde deja todo esto a los Hell's Angels y a los miles de estremecidos californianos que (de acuerdo a Time) están enfermos de preocupación por ellos? ¿Serán realmente estos forajidos atrapados y enrielados, como lo han propuesto las revistas noticiosas? ¿Podrán los honestos volver a caminar en paz por las calles? La respuesta es que nada ha cambiado, con la excepción de que algunas personas que se hacen llamar los Hell's Angels tienen un nuevo sentido de identidad e importancia.

Después de dos semanas de inmiscuirme en el fenómeno de los Hell's Angels, estoy convencido de que el resultado del aullido general ha sido oscurecer y evitar los verdaderos problemas, invocando una conspiración salvaje de fantasmas, llevando al público a creer que todo "será como siempre", una vez que esta temible serpiente sea eliminada, como seguramente lo será, por los duros esbirros del establishment.

Mientras tanto, de acuerdo a las cifras de la fiscalía general, el verdadero cuadro del crimen en California hace que los Hell's Angels se vean como una pandilla de insignificantes aficionados. Las cifras generales de California de 1963 anotan 1.116 homicidios, 12.448 asaltos graves, 6.257 ofensas sexuales y 24.532 robos con allanamiento de morada. En 1962, el estado registró 4.121 muertes por accidentes de tránsito, superando a las 3.839 de 1961. Las cifras de arrestos por drogas para 1964 mostraron un aumento del 101% respecto de 1963. En un reportaje de última página, publicado por el San Francisco Examiner, se decía que "la tasa de enfermedades venéreas, entre los adolescentes de la ciudad se ha más que duplicado en los últimos cuatro años". Aun considerando el crecimiento anual de la población, los arrestos juveniles en todas las categorías están creciendo a un ritmo de 10% cada año.

Frente a este panorama, ¿haría alguna diferencia para la seguridad y paz mental del californiano promedio si todos los motociclistas forajidos (901 en total, de acuerdo al estado) fuesen apresados en un plazo de 24 horas?

"Para el mundo somos bastardos y para nosotros ellos lo son", le dijo uno de los Hell's Angels a un reportero. "Cuando uno entra a un lugar y la gente puede verte, uno desea verse lo más repugnante y repulsivo que se pueda. Somos unos completos parias y marginales, en contra de la sociedad".

Mucho de esto es mera pose, pero la mayoría de los motociclistas forajidos son hombres sin educación y sin oficio, de entre 20 y 30 años, y muchos no tienen más credenciales que un registro policial. Entonces, en la raíz de su triste postura hay bastante más que una nostálgica búsqueda de aceptación en un mundo que nunca fue hecho para ellos: están fuera del juego y lo saben. Y precisamente ése es su significado. A diferencia de muchos perdedores en la sociedad actual, los Hell's Angels no sólo saben sino que proclaman sin despecho y exactamente dónde se encuentran parados.

Recientemente fui a uno de sus encuentros. Los Hell's Angels, que desafían la maquinaria del mundo, se han agrupado con una especie de lealtad inconsciente y se han movido fuera de las estructuras, para bien o para mal. No hay nada particularmente romántico o admirable en ello: es sólo la manera en que son las cosas, fortaleza en la unidad. No les importa decir que conducir rápido y de forma ruidosa en sus Harley 74 les da el poder y el propósito que nada más parece ofrecerles.

Más allá de ello, su postura de forajidos autoproclamados evoca cierto atractivo popular, aunque de mala gana. El inarticulado lazo entre los Hell's Angels y los millones de perdedores y marginales que no visten "colores" es la clave de su notoriedad y de las reacciones ambivalentes que inspiran. Existen otras claves, las cuales tienen que ver con políticos, policías y periodistas, pero para este artículo tenemos que volver a Monterrey y a la violación del Día del Trabajo.

El senador estatal Fred S. Farr no es para nada amigo de los vagos de todo tipo, especialmente de los pandilleros violadores que invaden su distrito. Él demandó una investigación inmediata sobre los Hell's Angels y otros de su tipo -Comancheros, Stray Satans (Satanes Extraviados), Iron Horsemen (Jinetes de Hierro), Rattlers (Serpientes de Cascabel), y los Booze Fighters (Combatientes del Licor)- cuya carencia de estatus les provocó ser tildados como "de mala fama". En el mundo de las grandes motos, las largas corridas y rugidos sancionados por el estado hicieron grandes a los Hell's Angels.

El fiscal general se movió rápido para montar una investigación sobre estos tipos. Envió cuestionarios a más de 100 alguaciles, fiscales de distrito y jefes policiales, pidiéndoles información sobre los Hell's Angels y esos otros "de mala fama", y pedía sugerencias sobre cómo la ley debía tratarlos.

Seis meses pasaron antes de que las respuestas estuvieran condensadas en el informe de 15 páginas que provocó nuevo alboroto público y titulares rimbombantes (los Angels también tuvieron su copia, uno de ellos se robó la mía). Como documento histórico, se leía como una sinopsis de una pesadilla, pero en materia de soluciones era vago: el estado centralizaría la información sobre estos matones, aplicaría una persecución más vigorosa, los pondría a todos bajo vigilancia cuando fuera posible, etc...

Un lector atento tendría la impresión de que aun cuando los Hell's Angels hubiesen actuado bajo este guión -se los consideraba autores de dieciocho crímenes, además de estar implicados en otros doce- es muy poco lo que podría hacerse con ellos.

En el documento figuraban muchas acciones desquiciadas, destrucciones sin sentido, orgías, alborotos, perversiones y un extraño desfile de "víctimas inocentes" que era suficiente para poner a prueba la credulidad de los reporteros policiales más torpes. Cualquier acopio proveniente de los cuadernos policiales y partes del reporte del fiscal general son realmente humorísticos, aunque sólo por el lenguaje. De muestra una cita: "El 4 de noviembre de 1961, un residente de San Francisco que conducía a través de Rodeo, posiblemente bajo la influencia del alcohol, chocó con una motocicleta, perteneciente a los Hell's Angels y que estaba estacionada en las afueras de un bar. Un grupo de Angels persiguió al vehículo, sacó al conductor del auto e intentaron destrozar el costoso auto. El encargado del bar aseguró que no vio nada, pero una mesera confeccionó el retrato de los atacantes. Al día siguiente, se les reportó a los oficiales que un miembro de la banda de los Hell's Angels había amenazado de muerte a la mesera, así como también a otra compañera de trabajo. Un testigo identificó sin dudas a cinco participantes en el asalto incluyendo al presidente de los Hell's Angels de Vallejo y al de las "Ratas de la Carretera" de ese mismo lugar. El hombre, eso sí, les dijo a los oficiales que debido a su temor de ser castigado por los motociclistas se negaría a testificar los hechos que previamente había contado".

Se trata de un ejemplo representativo de la sección del informe titulada "Actividades de los maleantes". Primero, ello ocurrió en un pueblo pequeño -Rodeo está en la bahía de San Pablo, justo al norte de Oakland- donde los Angels pararon en el bar sin causar problemas hasta que consideraron que alguien los había ofendido. En este caso, un conductor, el cual incluso la policía admite que estaba "posiblemente" ebrio, chocó una de sus motocicletas. El mismo tipo de accidente ocurre todos los días en toda la nación, pero nuevamente cuando involucra a motociclistas forajidos se convierte en otra cosa. En vez de arreglar el asunto con un intercambio de información sobre los seguros o, en el peor de los casos, con una discusión y unas cuantas bofetadas, los Hell's Angels golpean al conductor e "intentan demoler el vehículo". Le pregunté a uno de ellos si la policía había exagerado este aspecto, y me dijo que no, que habían hecho lo natural: romper las luces delanteras, patear las puertas, quebrar los vidrios y sacar varias piezas del motor.

De todos sus hábitos y gustos que la sociedad encuentra alarmantes, esta exacerbación modernizada del viejo refrán del "ojo por ojo" es lo que más asusta a la gente. Los Hell's Angels no tratan de hacer nada a medias, y cualquiera que se maneje en los extremos inevitablemente -quiéralo o no- causará problemas. Esto, además de creer que la máxima del grupo -tomar represalias por cualquier ofensa o insulto que los afecte- es lo que hace que los Hell's Angels sean inmanejables para la policía y morbosamente fascinantes para el público en general. Su aseveración de que "no inician líos" es probablemente cierta más a menudo que lo que se piensa, pero su idea de "provocación" es peligrosamente amplia, y su mayor problema es que nadie parece entenderlo. Aún tratando con ellos personalmente, en los términos más amistosos, uno puede sentir su impulsiva sed por vengarse.

Esto es lo que ve el público, algo muy distinto a cómo se miran ellos mismos. En sus juntas, su conversación es totalmente franca y abierta. Hablan entre sí y sobre cada uno de ellos con una honestidad que mucha gente civilizada no soportaría. En el encuentro en el que estuve presente (y antes de que se dieran cuenta de que soy periodista) uno de los Angels era públicamente evaluado: algunos miembros lo querían fueran del club y otros querían que se mantuviera. Parecía una clínica de terapia grupal en progreso. No era exactamente con lo que esperaba encontrarme cuando, justo antes de la medianoche, entré en el bar del De Pau, en uno de los vecindarios más desolados de San Francisco, cerca de Hunters Point. En el momento que abandoné su compañía -a las 6:30 de la mañana, luego de una borrachera con ellos en mi departamento- muchas eran las cosas que me habían impresionado, pero nada en ellos era más consistente que su lealtad grupal. Se trata de una cualidad admirable, pero es también una de las cosas que los mete en problemas: un compañero Angel siempre tiene la razón cuando trata con extraños. Y esta suerte de razonamiento hace que un grupo de "ofendidos" Hell's Angels sea casi imposible de manejar.

Otro incidente del reporte del fiscal general dice: "El 19 de septiembre de 1964, un numeroso grupo de Hell's Angels y de Satan's Slaves convergió en un bar en South Gate, en Los Angeles, estacionaron sus motocicletas y autos en la calle de tal manera que bloqueaban la mitad de las pistas. Les dijeron a los policías que tres Angels habían sido recientemente echados del bar, por lo que ahora habían regresado para derribarlo. Cuando los vio llegar, el dueño del bar cerró las puertas con llave y apagó las luces. No había posibilidad de entrar, pero el grupo demolió una cerca de cemento. Al llegar la policía, miembros del club estaban sentados en la acera y en la calle. Se les pidió abandonar el pueblo, cosa que hicieron a regañadientes. Se fueron, pero gritando que volverían y echarían abajo el bar".

Una vez más, la ética de la venganza total. Si se te echa de un bar, el resto vuelve y destruye el edificio. Incidentes similares, junto a un número de vagas acusaciones de violación, conforman el grueso del reporte. Dieciocho incidentes en cuatro años, y ninguno, con excepción de los cargos de violación, es más serio que otros casos de asaltos comunes a ciudadanos comunes cometidos por delincuentes comunes. No pude encontrar ningún caso de ataques a víctimas que fueran completamente inocentes. Existen unos pocos en los cuales las víctimas de ataques físicos parecían ser inocentes, según los informes policiales y de la prensa, pero que después se rehusaban a testificar por miedo a sufrir "venganza".

El informe asevera que los Hell's Angels son difíciles de enjuiciar y condenar, porque tienen el hábito de amenazar e intimidar a los testigos. Hasta cierto punto, ello es probablemente cierto, pero en muchos casos las víctimas se negaron a dar su testimonio porque estaban comprometidas en dudosas actividades al momento del ataque.

Hay un incidente más. Una "violación" en Clovis, cerca de Fresno en el Valle Central. En este último, una viuda de 36 años y madre de cinco niños aseguró habar sido sacada bruscamente de un bar, en donde tomaba una cerveza con otra mujer, para luego ser llevada a una cabaña abandonada detrás del recinto. Allí dice haber sido violada varias veces durante dos horas y media por 20 Hell's Angels, quienes además le robaron 150 dólares. Así es como apareció la historia al día siguiente en los diarios de San Francisco, y se mantuvo durante unos días más gracias a las acusaciones de la mujer respecto de que estaba recibiendo amenazas telefónicas si es que testificaba en contra de sus asaltantes.

Cuatro días después del crimen, la víctima fue arrestada por cargos de "perversión sexual". La verdadera historia emergió, según la policía, cuando la mujer fue careada con testigos. "Nuestra investigación muestra que no fue violada". Según el reporte, "ella participó en actos depravados en la taberna con al menos otros tres Hell's Angels antes de que los dueños les ordenaran dejar el lugar. Fue ella quien los incitó y luego los condujo a la parte trasera... No le robaron, de acuerdo a lo que dijo una mujer que la acompañó, ya que había salido de su casa temprano en la tarde con apenas cinco dólares". Este incidente no apareció en el informe del fiscal general.

Pero es imposible no mencionar la "violación de pandillas" en Monterrey, puesto que fue el motivo para que todo el problema se hiciera oficial. En la primera página del informe se decía que el caso fue abandonado porque "... posteriores investigaciones levantaron dudas acerca de si hubo efectivamente una violación forzosa o sobre la validez de las identificaciones hechas por las víctimas". Los cargos fueron sobreseídos el 25 de septiembre, con la concurrencia del gran jurado. El segundo fiscal de distrito dijo que "un doctor examinó a las muchachas y no encontró evidencia" para apoyar las acusaciones. "Además de ello, una de las muchachas rehusó testificar", explicó, "y la otra fue sometida a un prueba en el detector de mentiras y se vio que no era confiable".

Esto era lo que los Hell's Angels habían afirmado todo el tiempo. Y ésta es su versión de lo que ocurrió, de acuerdo a cómo fue contado por varios de los que estuvieron presentes: "Una de las chicas era blanca y estaba embarazada, la otra era de color, y estaban acompañadas de cinco sementales negros. Estuvieron el sábado por la noche en el bar Nick's Place durante unas tres horas, bebiendo y conversando con nuestros motociclistas, y después todos ellos se vinieron a la playa con nosotros. Estaban parados alrededor del fuego, bebiendo vino, y algunos de los chicos conversaban con ellas, hasta que uno les preguntó si querían 'encenderse' -tú sabes, si querían fumar algo de hierba-. Ellas dijeron que sí, y se fueron caminando hacia las dunas con algunos de los chicos. La negra se fue con algunos de los muchachos y luego quiso irse, pero la embarazada estaba ansiosa y se lanzaba a los brazos de algunos chicos, pero luego también se calmó. En ese momento, uno de sus amigos se asustó y fue a buscar a los policías. Y eso es todo lo que pasó".

Pero no todo. Después de lo ocurrido, vinieron el senador Farr, unos cien policías, docenas de notas en los diarios, artículos en las revistas noticiosas nacionales e incluso este artículo, que es un resultado directo de la "violación de pandillas" de Monterrey.

Cuando se dio a conocer el informe, la prensa local -principalmente el San Francisco Chronicle, el cual previamente había hecho una larga y objetiva serie sobre los Hell's Angels- se anotó un punto al decir que los cargos de Monterrey habían sido abandonados por falta de evidencia.

Newsweek tuvo cuidado en no mencionar para nada a Monterrey, pero el New York Times se refirió sobre este caso como la "supuesta violación de pandillas", lo cual, en todo caso, no deja espacio a la duda en la mente del lector de que algo salvaje ocurrió.

Faltaba que Time ignorara descaradamente el hecho de que los cargos de violación en Monterrey habían sido sobreseídos. Su artículo se inclinó a las secciones más conocidas del informe, e ignoró el resto. Por ejemplo, se leía que el rito de iniciación de los Hell's Angels "demanda que todo miembro nuevo traiga una mujer o muchacha (llamada una 'oveja') que esté dispuesta a tener relaciones sexuales con cada uno de los miembros del club".

Eso es falso, aunque como lo explica un Angel, "de vez en cuando uno tiene una mujer a la que le gusta 'cubrir' al lote y, bueno, yo no soy un mojigato. A la gente no le gusta pensar que a las mujeres les puede gustar algo así, pero a muchas sí les fascina".

Conversábamos en torno a la mesa de pool acerca de cómo la racha de publicidad había afectado las actividades de los Angels. Trataba de explicarles que la mayor parte de la prensa de este país tiene intereses demasiado fuertes en el statu quo, por lo que no se puede permitir hacer investigaciones honestas, por miedo a lo que se puede encontrar.
"Oh, no sé", me dijo un Angel. "Por supuesto que no me gusta leer toda esa mierda. Pero desde que somos famosos nos han buscado más maricas ricos y mujeres hambrientas de sexo que nunca antes. Estos días hemos tenido más acción que nunca".

 

HUNTER S. THOMPSON Y EL PERIODISMO GONZO*

 

 

A raíz del Nuevo Periodismo, surge el Periodismo Gonzo, una manera más underground de entender la profesión y la elaboración de los textos. El principal, y yo diría único, representante de este movimiento es Hunter S. Thompson. En este tipo de periodismo, el reportero se convierte en protagonista de su crónica, forma parte de la acción y sufre las consecuencias de la misma. Thompson no elaboró ninguna tesis acerca de su forma de hacer periodismo. Es más, el hallazgo fue algo totalmente fortuito. Enviado por una revista a realizar un reportaje sobre una importante carrera de caballos, él y su fotógrafo estaban dando cuenta de un canuto cuando la ceniza de éste se les cayó sobre el traje de un importante político. Mientras la ropas de aquél comenzaron a quemarse, los dos periodistas decidieron poner tierra de por medio. "Pasada una semana vino el editor, a quien le habíamos prometido el artículo, a recogerlo. Yo no lo tenía escrito: cuando más consultaba mi bloc de notas, mi mente se quedaba más en blanco. Total, que tuve miedo de que nos quedáramos sin cobrar y le di mis apuntes. Cuando salieron publicados, empecé a hacer las maletas para cambiarme de ciudad, pero todo el mundo empezó a llamarme para decirme que aquello era maravilloso". El “gonzo” lo cogió de un amigo suyo que usaba esa palabra para referirse a la gente que estaba muy descontrolada en el tema de drogas. Como podemos ver, las drogas van a ser muy importantes en este personaje y su obra: "Lejos de mí la idea de recomendar al lector drogas, alcohol, violencia y demencia. Pero debo confesar que, sin todo esto, yo no sería nada". Si del Nuevo Periodismo decíamos que encontrábamos sus raíces literarias en el realismo, del Periodismo Gonzo yo las situaría en la novela naturalista por la continua temática de transgresión de la ley y la presencia constante de las drogas, el alcohol y el rocanrol.

Hunter S. Thompson nació en Louisville (Kentucky) en 1939. Preguntado por su infancia en una entrevista publicada por la revista Star en abril de 1979, Thompson responde: "He sido un delincuente juvenil, el típico que calzaba wambas blancas, camiseta de la Universidad de Oxford y tejanos. Me dedicaba a robar pequeñas cosas, sobre todo licor, que era por lo que nos pagaban más". Inquirido con posterioridad sobre sus condenas contesta: "Sé más de las cárceles que la mayoría de los convictos del país. De los 15 a los 18 años mi vida transcurrió repartida entre las rejas y las calles. Fue precisamente en prisión donde me inicié en el consumo de las drogas duras como la heroína".

Finalizada su experiencia reclusa, Thompson es corresponsal del New York Herald Tribune en el Caribe. De su estancia en Puerto Rico viene a dar cuenta El diario del ron, en cuyas páginas -autobiográficas como casi todas las a él debidas- se nos presenta bajo el nombre de Kemp, un joven trotamundos que acaba de abandonar el Village de Nueva York para emplearse en una redacción portorriqueña. Serán sus compañeros de esos días misántropos, escépticos, perdedores y ambiciosos que lo disimulan bajo un falso interés por la redención de los pobres. Ni que decir tiene que estos últimos serán los que inspiran a Kemp el mayor de sus desprecios. Sin que ello signifique, claro está, que muestra la más mínima solidaridad con los descreídos. Los verdaderos intereses de nuestro corresponsal están en el ron que bebe sin cesar y en las orgías a las que se entregó casi a diario durante su juventud.

Tras una nueva experiencia como corresponsal para National Observer que le mantiene en Sudamérica hasta 1963, Thompson regresa a Nueva York y comienza colaborar en publicaciones como Esquire, el magazine del New York Times, Nation, Reporter y Harper’s.

El “doctor Gonzo”, como gusta que le llamen, siguió una máxima a la que muchos personajes de su generación se aplicaron: “Vive deprisa, muere joven y procura que tu cadáver tenga buen aspecto”. En 1979 salió publicado un libro en el que se recogían sus artículos más importantes, La gran caza del tiburón. Los reportajes aquí publicados tienen una extensión variable. Algunos de los artículos que empezó a escribir para revistas acabaron siendo novelas. Tal es el caso de Los ángeles del infierno: una extraña y terrible saga, de la que me ocuparé más adelante por su importancia. Thompson publicó la mayor parte de sus artículos en publicaciones como Rolling Stone, Scanlan’s Monthly, Nacional Observer, Playboy o Pagean. La mayor parte de los artículos que escribía versaban sobre temas poco interesantes. Por ejemplo, el que da título al libro recopilatorio de los más importantes, La gran caza del tiburón, era un artículo que le encargaron hacer para la revista Playboy. El cometido era cubrir un torneo de pesca en alta mar en Cozumel, México, algo que no interesaría a mucha gente, y menos al lector medio de la revista Playboy. Es tal la personificación y la novelización, sin salirse de la realidad, que hace Thompson que parece que estamos leyendo la aventura de dos drogadictos que intentan volver a Estados Unidos después de dejar sin pagar el alquiler de dos cochazos que están destrozados y la kilométrica factura de un hotel de lujo.

 

 

Los Ángeles del infierno: una extraña y terrible saga.

Puede que este sea el título de la novela gonzo por excelencia. En ella, Hunter S. Thompson cuenta sus experiencias tras 18 meses de convivencia con los Ángeles del Infierno, la banda de motoristas y criminales más famosa del mundo. Todo hay que decirlo: Thompson se movía como pez en el agua en cualquier ambiente en el que hubiera pastillas de colores y polvo blanco. Esta banda lleva cerca de sesenta años montando sus Harley-Davidson por toda la geografía estadounidense y sembrando el miedo allí por donde pasan. Muchas son las leyendas que acompañan a esta comitiva de sospechosos habituales: drogas, peleas, asesinatos, violaciones… Junto a la John Birch Society (organización anticomunista) y el Ku-Kux Klan, eran el grupo social que más rumorología tenía entre el resto de la población. A pesar de todo ello, todavía hoy se mantienen en pie y en la carretera. En la novela documental, hacen acto de presencia un grupo de poetas del movimiento beat entre los que se encontraba Allen Ginsberg. Su propósito era convencer a los motoristas de que no emprendieran acciones violentas en la fiesta nacional del cuatro de julio. Ginsberg, en un discurso a este colectivo, consiguió convencerles e, incluso, enviaron una carta al presidente de los Estados Unidos en la que se afirmaban en su postura de no-violencia ese día.

Thompson decide adentrarse en este grupo de personajes para escribir un artículo sobre ellos. Al principio, no le aceptan mucho. Al final tampoco, aunque algunos ya se habían acostumbrado a él, otros muchos tenían resentimientos hacia el periodista (pensaban que era un policía o que los iba a tildar de depravados mentales y delatarlos ante la justicia en su artículo). Poco a poco, Thompson se vio absorbido por la historia en la que estaba metiéndose, empezó a acumular material publicable y siguió escribiendo hasta completar esta novela. Eso es Periodismo Gonzo, envolverse en la historia, participar en ella (o ser su protagonista) y sufrir las consecuencias del destino, que en este caso fueron desastrosas: Thompson tuvo que acabar precipitadamente su trabajo por una paliza. Sin venir a cuento, una noche como otra cualquiera en la que estaba bebiendo con los Ángeles, un grupo de cuatro de ellos le empezaron a dar una paliza de muerte. Un quinto se abrió paso entre los que le estaban pegando y lo sacó herido. Lo ayudó a levantarse y Thompson se metió rápidamente en su coche en dirección al hospital más cercano mientras escupía al parabrisas dientes bañados en sangre y gritaba: “¡El horror! ¡El horror! … ¡Exterminad a todas las bestias!”.

 

 

El Periodismo Gonzo y las drogas, el sexo y el rocanrol: Miedo y Asco en Las Vegas.

Otra novela importantísima, esta vez más por su contenido que como obra literaria, de la Literatura Norteamericana es Miedo y asco en Las Vegas. Si En el camino fue un libro sagrado para toda una generación, lo mismo ocurrió con este otro relato en el que el propio Thompson, bajo el pseudónimo de Raoul Duke (empleado también en otros artículos) va a cubrir, junto a su desquiciado y pasado de drogas abogado, una carrera de motos a Las Vegas, la Mint 400. La historia desarrolla los despropósitos de estos dos personajes con ácido lisérgico en vez de sangre en las venas. El libro es una maratón de drogas, alcohol, coches de lujo alquilados que son destrozados, facturas de hoteles sin pagar y persecuciones paranoicas por a lomos del LSD. Thompson se detiene en describir el ambiente con total detalle. En realidad, la novela pretende dar cuenta del fin del sueño americano que todos los jóvenes persiguieron en los años cincuenta y sesenta. El autor describe con total impunidad las escenas de droga y sus roces con la ley y la justicia.

Esta relación tan estrecha entre las drogas y el ser humano me recuerda a una novela de mediados del siglo XVIII de Thomas de Quincey, Confesiones de un inglés comedor de opio. En esta novela, el protagonista, que es el propio de Quincey, se introduce en la adicción al opio (láudano) y cuenta sus propias alucinaciones y experiencias como un mendigo enfermo. En Miedo y asco en Las Vegas, el propio escritor hace un listado detallado del maletero del coche en el que viajaba y que parecía un laboratorio móvil de la división de estupefacientes de la policía. El libro es una gran alucinación en la que los personajes pasan el día entre raya y raya, o pastilla y pastilla, regándolo todo con alcohol e hinchándose a pomelos para bajar los subidotes y evitar una posible sobredosis.

Pese a todo ello, el autor considera que la obra es un experimento fallido de Periodismo Gonzo. En su opinión, el Periodismo Gonzo tiene que reflejar la realidad como una cámara fotográfica. Su idea era comprar un cuaderno gordo y reflejar todo tal y como pasase en la realidad, luego mandarlo a que lo publicasen y esperar. “El periodista debe participar en los hechos, mientras los describe, o grabar al menos, o, como mínimo, tomar notas. O las tres cosas”. Sin embargo, pronto se lo empezó a tomar como una novela y, pese a la vivacidad que transmite la novela y la palpable implicación del autor en los hechos, él nunca lo consideró como Periodismo Gonzo. La novela fue llevada al cine a mediados de los noventa por Terry Gilliam (de los Monty Python) y contaba en el reparto con Johny Depp, como Hunter S. Thompson, y Benicio del Toro, como el abogado.

En esta novela está muy presente los años sesenta y todo lo que se movía en torno al ambiente enloquecido en que se vivieron esa década. Lo primero que destaca en el libro es la presencia constante de la música. El libro está dedicado a “Bob Dylan, por Mr. Tambourine Man”. Es constante la presencia de Bob Dylan en la obra de Thompson y en todos los años sesenta. De hecho, fue un personaje adorado por la generación Beat. Cuenta Howard Sounes en una biografía sobre Dylan que tal era la influencia del cantante sobre estos escritores que, en la última reunión de todos los poetas beatniks, invitaron al cantante de Minnesotta. Al llegar a un bar del Greenwich, todos cambiaron su combinado alcohólico cuando Dylan llegó y pidió un té verde en la barra. En el año 75, Allen Ginsberg acompañó al músico por Estados Unidos en su gira más alucinógena.

Thompson tuvo muchos momentos de crítica hacia toda la sociedad de su época. Fue manifiestamente opuesto a la guerra de Vietnam y estuvo en contra del presidente Nixon. El caso Watergate fue el detonante de la caída de uno de los peores presidentes que ha tenido nunca Estados Unidos.

 

*tomado de: http://pedrogonzo.blogia.com/2005/022601-ya-he-vuelto-pero-lo-primero-es-lo-primero.php

 

 

Mescalito de Thompson Hunter

Thompson Hunter S. - Mescalito.pdf

 

Relatoría de perfiles, de Jon Lee Anderson 

 perfiles2005.pdf


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Abril 4 de 2009

Esa mujer

Por Rodolfo Walsh*

De Los oficios terrestres, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1986.

El Coronel elogia mi puntualidad. -Es puntual como los alemanes -dice.
-O como los ingleses. El Coronel tiene apellido alemán. Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada.
-He leído sus cosas -propone-. Lo felicito. Mientras sirve dos grandes vasos de whisky, me va informando, casualmente, que tiene veinte años de servicios de informaciones, que ha estudiado filosofía y letras, que es un curioso del arte. No subraya nada, simplemente deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común. Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ciudad en el atardecer, las luces pálidas del no. Desde aquí es fácil amar, siquiera momentáneamente, a Buenos Aires. Pero no es ninguna forma concebible de amor lo que nos ha reunido. El Coronel busca unos nombres, unos papeles que acaso yo tenga. Yo busco una muerta, un lugar en el mapa. Aun no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme. Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla. Ella no significa nada para mi, y sin embargo iré tras el misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio. Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzaran, poderosas vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra. El Coronel sabe donde esta. Se mueve con facilidad en el piso de muebles ampulosos, ornado de marfiles y de bronces, de platos de Meissen y Canton. Sonrfo ante el Jongkind falso, el Figari dudoso. Pienso en la cara que pondría si le dijera quien fabrica los Jongkind, pero en cambio elogio su whisky. El bebe con vigor, con salud, con entusiasmo, con alegría, con superioridad, con desprecio. Su cara cambia y cambia, mientras sus manos gordas hacen girar el vaso lentamente. -Esos papeles -dice. Lo miro. -Esa mujer, Coronel. Sonríe. -Todo se encadena -filosofa. A un potiche de porcelana de Viena le falta una esquirla en la base. Una lámpara de cristal esta rajada. El Coro-nel, con los ojos brumosos y sonriendo, habla de la bomba. -La pusieron en el palier, Creen que yo tengo la culpa. Si supieran lo que he hecho por ellos, esos roñosos. -¿Mucho daño? -pregunto. Me importa un carajo.

-Bastante. Mi hija. La he puesto en manos de un psiquiatra. Tiene doce arios -dice.

El Coronel bebe, con ira, con tristeza, con miedo, con remordimiento. Entra su mujer, con dos pocillos de café. -Contale vos, Negra. Ella se va sin contestar; una mujer alta, orgullosa, con un rictus de neurosis. Su desdén queda flotando como una nubecita. -La pobre quedo muy afectada -explica el Coronel-. Pero a usted no le importa esto. -¡Cómo no me va a importar!… Oí decir que al capitán N y al mayor X también les ocurrió alguna desgracia después de aquello. El Coronel se ríe. -La fantasía popular -dice-. Vea como trabaja. Pero en el fondo no inventan nada. No hacen mas que repetir. Enciende un Marlboro, deja el paquete a mi alcance sobre la mesa. -Cuénteme cualquier chiste -dice. Pienso. No se me ocurre. -Cuénteme cualquier chiste político, el que quiera, y yo le demostrare que estaba inventando hace veinte anos, cincuenta anos, un siglo. Que se uso tras la derrota de Sedan, o a propósito de Hindenburg, de Dollfuss, de Badoglio. -¿Y esto? -La tumba de Tutankamon -dice el Coronel-. Lord Carnavon. Basura. El Coronel se seca la transpiración con la mano gorda y velluda. -Pero el mayor X tuvo un accidente, mato a su mujer. -¿Que mas? -dice, haciendo tintinear el hielo en el vaso. -Le pego un tiro una madrugada. -La confundió con un ladrón -sonríe el Coronel-. Esas cosas ocurren.

-Pero el capitán N… -Tuvo un cheque de automóvil, que lo tiene cual-quiera, y mas el, que no ve un caballo ensillado cuando se pone en pedo. -¿Y usted, Coronel?

-Lo mío es distinto -dice-. Me la tienen jurada. Se para, da una vuelca alrededor de la mesa.

-Creen que yo tengo la culpa. Esos roñosos no saben lo que yo hice por ellos. Pero algún día se va a escribir la historia. A lo mejor la va a escribir usted. -Me gustaría. -Y yo voy a quedar limpio, yo voy a quedar bien. No es que me importe quedar bien con esos roñosos, pero si ante la historia, ¿comprende? -Ojalá dependa de mí, Coronel. -Anduvieron rondando. Una noche, uno se animo. Dejo la bomba en el palier y salió corriendo. Mete la mano en una vitrina, saca una figurita de porcelana policromada, una pastora con un cesto de flores. -Mire. A la pastora le falta un bracito. -Derby -dice-. Doscientos años. La pastora. se pierde entre sus dedos repentinamente tiernos. El Coronel tiene una mueca de fierro en la cara nocturna, dolorida. -¿Por que creen que usted tiene la culpa? -Porque yo la saque de donde estaba, eso es cierto, y la lleve donde esta ahora, eso también es cierto. Pero ellos no saben lo que querían hacer, esos roñosos no saben nada, y no saben que fui yo quien lo impidió. El Coronel bebe, con ardor, con orgullo, con fiereza, con elocuencia, con método. -Porque yo he estudiado historia. Puedo ver las cosas con perspectiva histórica. Yo he leído a Hegel. -¿Que querían hacer? -Fondearla en el rió, tirarla de un avión, quemarla y arrojar los restos por el inodoro, diluirla en ácido. ¡Cuanta basura tiene que oír uno! Este país esta cubierto de basura, uno no sabe de donde sale tanta basura, pero estamos todos hasta el cogote. -Todos, Coronel. Porque en el fondo estamos de acuerdo, ¿no? Ha llegado la hora de destruir. Habría que romper todo. -Y orinarle encima. -Pero sin remordimientos, Coronel. Enarbolando alegremente la bomba y la picana. ¡Salud! -digo levantando el vaso. No contesta. Estamos sentados junto al ventanal. Las luces del puerto brillan: azul mercurio. De a ratos se oyen las bocinas de los automóviles, arrastrándose lejanas como las voces de un sueno. El Coronel es apenas la mancha gris de su cara sobre la mancha blanca de su camisa. -Esa mujer -le oigo murmurar-. Estaba desnuda en el ataúd y parecía una virgen. La piel se le había vuelto transparente. Se veían las metástasis del cáncer, como esos dibujitos que uno hace en una ventanilla mojada. El Coronel bebe. Es duro. -Desnuda -dice-. Éramos cuatro o cinco y no queríamos mirarnos. Estaba ese capitán de navío, y el gallego que la embalsamo, y no me acuerdo quien mas. Y cuando la sacamos del ataúd -el Coronel se pasa la mano por la frente-, cuando la sacamos, ese gallego asqueroso… Oscurece por grados, como en un teatro. La cara del Coronel es casi invisible. Solo el whisky brilla en su vaso, como un fuego que se apaga despacio. Por la puerta abierta del departamento llegan remotos ruidos. La puerta del ascensor se ha cerrado en la planta baja, se ha abierro mas cerca. El enorme edificio cuchichea, respira, gorgotea con sus cañerías, sus incineradores, sus cocinas, sus chicos, sus televisores, sus sirvientas. Y ahora el Coronel se ha parado, empuña una metralleta que no le vi sacar de ninguna parte, y en puntas de pie camina hacia el palier, enciende la luz de golpe, mira el ascético, geométrico, irónico vacío del palier, del ascensor, de la escalera, donde no hay absolutamente nadie, y regresa despacio, arrastrando la metralleta. -Me pareció oír. Esos roñosos no me van a agarrar descuidado, como la vez pasada. Se sienta, mas cerca del ventanal ahora. La metralleta ha desaparecido y el Coronel divaga nuevamente sobre aquella gran escena de su vida. -… se le tiro encima, ese gallego asqueroso. Estaba enamorado del cadáver, la tocaba, le manoseaba los pezones. Le di una trompada, mire -el Coronel se mira los nudillos-, que lo tire contra la pared. Esta todo podrido, no respetan ni a la muerte. ¿Le molesta la oscuridad? -No.

-Mejor. Desde aquí puedo ver la calle. Y pensar. Pienso siempre. En la oscuridad se piensa mejor. Vuelve a servirse un whisky. -Pero esa mujer estaba desnuda -dice, argumenta contra un invisible contradictor-. Tuve que taparle el monte de Venus, le puse una mortaja y el cinturón franciscano. Bruscamente se ríe. -Tuve que pagar la mortaja de mi bolsillo. Mil cuatrocientos pesos. Eso le demuestra, ¿eh? Eso le demuestra. Repite varias veces “Eso le demuestra”, como un juguete mecánico, sin decir que es lo que eso me demuestra. -Tuve que buscar ayuda para cambiarla de ataúd. Llame a unos obreros que había por a hi. Figúrese como se quedaron. Para ellos era una diosa, que se yo las cosas que les meten en la cabeza, pobre gente. -¿Pobre gente? -Si, pobre gente. -El Coronel lucha contra una escurridiza cólera interior.- Yo también soy argentino. -Yo también, Coronel, yo también. Somos todos argentinos. -Ah, bueno -dice. -¿La vieron así? -Si, ya le dije que esa mujer estaba desnuda. Una diosa, y desnuda, y muerta. Con toda la muerte al aire, ¿sabe? Con todo, con todo… La voz del Coronel se pierde en una perspectiva surrealista, esa frasecita cada vez mas remota encuadrada en sus líneas de fuga, y el descenso de la voz manteniendo una divina proporción o que. Yo también me sirvo un whisky. -Para mi no es nada -dice el Coronel-. Yo estoy acostumbrado a ver mujeres desnudas. Muchas en mi vida. Y hombres muertos. Muchos en Polonia, el ‘39. Yo era agregado militar, dese cuenta. Quiero darme cuenta, sumo mujeres desnudas mas hombres muertos, pero el resultado no me da, no me da, no me da… Con un solo movimiento muscular me pongo sobrio, como un perro que se sacude el agua. -A mi no me podía sorprender. Pero. ellos… -¿Se impresionaron? -Uno se desmayo. Lo desperté a bofetadas. Le dije: “Maricón, ,;esto es lo que haces cuando tenes que enterrar a tu reina? Acordate de San Pedro, que se durmió cuando lo mataban a Cristo”. Después me agradeció. Miro la calle. “Coca” dice el letrero, plata sobre rojo. “Cola” dice el letrero, plata sobre rojo. La pupila inmensa crece, circulo rojo tras concéntrico circulo rojo, invadiendo la noche, la ciudad, el mundo. “Beba.” -Beba -dice el Coronel. Bebo. -¿Me escucha? -Lo escucho. -Le cortamos un dedo. -¿Era necesario? El Coronel es de plata, ahora. Se mira la punta del índice, la demarca con la uña del pulgar y la alza. -Tantito a si’. Para identificarla. -¿No sabían quien era? Se ríe. La mano se vuelve roja. “Beba.” -Sabíamos, si. Las cosas tienen que ser legales. Era un acto histórico, ¿comprende? -Comprendo. -La impresión digital no agarra si el dedo esta muerto. Hay que hidratarlo. Mas tarde se lo pegamos. -¿Y? -Era ella. Esa mujer era ella. -¿Muy cambiada? -No, no, usted no me entiende. Igualita. Parecía que iba a hablar, que iba a… Lo del dedo es para que todo fuera legal. El profesor R. controlo todo, hasta le saco radiografías. -¿El profesor R.? -Si. Eso no lo podía hacer cualquiera. Hacia falta alguien con autoridad científica, moral. En algún lugar de la casa suena, remota, entrecorta-da, una campanilla. No veo entrar a la mujer del Coronel, pero de pronto esta ahí, su voz amarga, inconquistable: -(.’Enciendo? -No. -Teléfono. -Deciles que no estoy. Desaparece. -Es para patearme -explica el Coronel-. Me llaman a cualquier hora. A las tres de la madrugada, a las cinco. -Ganas de joder -digo alegremente.

-Cambie tres veces el numero del teléfono. Pero siempre lo averiguan. -¿Qué le dicen? -Qué a mi hija le agarre la polio. Que me van a cortar los huevos. Basura. Oigo el hielo en el vaso, como un cencerro lejano. -Hice una ceremonia, los arengue. Yo respeto las ideas, les dije. Esa mujer hizo mucho por ustedes. Yo la voy enterrar como cristiana. Pero tienen que ayudarme. El Coronel esta de pie y bebe con coraje, con exasperación, con grandes y altas ideas que refluyen sobre el como grandes y altas olas contra un peñasco y lo dejan intocado y seco, recortado y negro, rojo y plata. -La sacamos en un furgón, la tuve en Viamonte, después en 25 de Mayo, siempre cuidándola, protegiendo-la, escondiéndola. Me la querían quitar, hacer algo con ella. La tape con una lona, estaba en mi despacho, sobre un armario, muy alto. Cuando me preguntaban que era, les decía que era el transmisor de Córdoba,
la Voz de
la Libertad. Ya no se donde esta el Coronel. El reflejo plateado lo busca, la pupila roja. Tal vez ha salido. Tal vez ambula entre los muebles. El edificio huele vagamente a sopa en la cocina, colonia en el baño, pañales en la cuna, remedios, cigarrillos, vida, muerte. -Llueve -dice su voz extraña. Miro el cielo: el perro Sirio, el cazador Orión. -Llueve día por medio -dice el Coronel-. Día por me-dio llueve en un jardín donde todo se pudre, las rosas, el pino, el cinturón franciscano. Donde, pienso, donde. -¡Esta parada! -grita el Coronel-. ¡La enterré parada, como Facundo, porque era un macho! Entonces lo veo, en la otra punta de la mesa. Y por un momento, cuando el resplandor cárdeno lo baña, creo que llora, que gruesas lagrimas le resbalan por la cara. -No me haga caso -dice, se sienta-. Estoy borracho. Y largamente llueve en su memoria. Me paro, le toco el hombro. -¿Eh? -dice-. ¿Eh? -dice. Y me mira con desconfianza, como un ebrio que se despierta en un tren desconocido. -¿La sacaron del país? -Si. -¿La saco usted? -Si. -¿Cuantas personas saben? -Dos. -¿E1 Viejo sabe? Se ríe. -Cree que sabe. -¿Dónde? No contesta. -Hay que escribirlo, publicarlo. -Si. Algún día. Parece cansado, remoto. -¡Ahora! -me exaspero-. ¿No le preocupa la historia? ;Yo escribo la historia, y usted queda bien, bien para siempre, Coronel! La lengua se le pega al paladar, a los dientes. -Cuando llegue el momento…, usted será el primero… -No, ya mismo. Piense. Paris Match. Life. Cinco mil dólares. Diez mil. Lo que quiera. Se ríe. -¿Dónde, Coronel, donde? Se para despacio, no me conoce. Tal vez va a preguntarme quien soy, que hago ahí. Y mientras salgo derrotado, pensando que tendré que volver, o que no volveré nunca. Mientras mi dedo índice inicia ya ese infatigable itinerario por los mapas, uniendo isoyetas, probabilidades, complicidades. Mientras se que ya no me interesa, y que justamente no moveré un dedo, ni siquiera en un mapa, la voz del Coronel me alcanza como una revelación: -Es mía -dice simplemente-. Esa mujer es mía.



*Rodolfo Walsh. Escritor y periodista. Detenido, desaparecido por la última dictadura militar argentina el 25 de Marzo de 1977

 

Algunos textos de Roberto Arlt, pequeñas crónicas que publicaba como columnas de opinión por allá en la década de 1930 en el periódico El MUndo. “Aguafuertes porteñas” se llamaba su espacio.



LA MUCHACHA DEL ATADO

Todos los días, a las cinco de la tarde, tropiezo con muchachas que vienen de buscar costura.

Flacas, angustiosas, sufridas. El polvo de arroz no alcanza a cubrir las gargantas donde se marcan los tendones; y todas caminan con el cuerpo inclinado a un costado: la costumbre de llevar el atado siempre del brazo opuesto:

Y los bultos son macizos, pesados: dan la sensación de contener plomo: de tal manera tensionan la mano.

No se trata de hacer sentimentalismo barato. No. Pero más de una vez me he quedado pensando en estas vidas, casi absolutamente dedicadas al trabajo. Y si no, veamos.

Cuando estas muchachas cumplieron ocho o nueve años, tuvieron que cargar un hermanito en los brazos. Usted, como yo, debe haber visto en el arrabal estas mocosas que cargan un pebetito en el brazo y que ce pasean por la vereda rabiando contra el mocoso, y vigiladas por la madre que salpicaba agua en la batea.

Así hasta los catorce años. Luego, el trabajo de ir a buscar costuras; las mañanas y las tardes inclinadas sobre la Neumann o la Singer, haciendo pasar todos los días metros y más metros de tela y terminando a las cuatro de la tarde, para cambiarse, ponerse el vestido de percal, preparar el paquete y salir; salir cargadas y volver lo mismo, con otro bulto que hay que "pasarlo a la máquina". La madre siempre lava la ropa; la ropa de los hijos, la ropa del padre. Y ésas son las muchachas que los sábados a la tarde escuchan la voz del hermano, que grita:

Che, Angelita: apurate a plancharme la camisa, que tengo que salir.

Y Angelita, María o Juana, la tarde del sábado trabajan para los hermanos. Y planchan cantando un tango que aprendieron de memoria en El Alma que Canta; que esto, las novelas por entregas y alguna sección de biógrafo, es la única fiesta de las muchachas de que hablo.

Digo que estas muchachas me dan lástima. Un buen día se ponen de novias, y no por eso dejan de trabajar, sino que el novio (también un muchacho que la yuga todo el día) cae a la noche a la casa a hacerle el amor.

Y como el amor no sirve para pagar la libreta del almacén, trabajan hasta tres días antes de casarse, y el casamiento no es un cambio de vida para la mujer de nuestro ambiente pobre, no; al contrario, es un aumento de trabajo, y a la semana de casados se puede ver a estas mujercitas sobre la máquina. Han vuelto a la costura, y al año hay un pibe en la cuna, y esa muchacha ya está arrugada y escéptica, ahora tiene que trabajar para el hijo, para el marido, para la casa... Cada año un nuevo hijo y siempre más preocupaciones y siempre la misma pobreza; la misma escasez, la misma medida del dinero, el igual problema que existía en la casa de sus padres, se repite en la suya, pero mayor y más arduo.

Y ahora las ve usted a estas mujeres cansadas, flacas, feas, nerviosas, estridentes.

Y todo ello ha sido originado por la miseria, por el trabajo; y de pronto usted asocia los años de vida, hasta la madurez y con asombro, casi mezclado de espanto, se pregunta uno:

En tantos años de vida, ¿cuántos minutos dé felicidad han tenido estas mujeres?

Y usted, con terror, siente que desde adentro le contesta una voz que estas mujeres no fueron nunca felices. ¡Nunca! Nacieron bajo el signo del trabajo y desde los siete o nueve años hasta el día en que se mueren, no han hecho nada más que producir, producir costura e hijos, eso y lo otro, y nada más.

Cansadas o enfermas, trabajaron siempre. ¿Que el marido estaba sin' trabajo? ¿Que un hijo se enfermó y había que pagar deudas? ¿Que murieron los viejos y hubo que empeñarse para el entierro? Ya ve usted; nada más que un problema: el dinero, la escasez de dinero. Y junto a esto una espalda encorvada, unos ojos que cada vez van siendo menos brillosos, un rostro que año tras año se va arrugando un poquito más, una voz que pierde a medida que pasa el tiempo todas las inflexiones de su primitiva dulzura, una boca que sólo se abre para pronunciar estas palabras:

Hay que hacer economía. No se puede gastar.

Si uste no ha leído El sueño de Makar, de Vladimiro Korolenko, trate de leerlo.

El asunto es éste. Un campesino que va a ser juzgado por Dios. Pero Dios, que lleva una cuenta de todas las barrabasadas que hacemos nosotros los mortales, le dice al campesino:

Has sido un pillete. Has mentido. Te has emborrachado. Le has pegado a tu mujer. Le has robado y levantado falso testimonio a tu vecino. –Y la balanza cargada de las culpas de Makar se inclina cada vez más hacia el infierno, y Makar trata de hacerle trampa a Dios pisando el platillo adverso; pero aquél lo descubre, y entonces insiste–: ¿Ves como tengo razón? Eres un tramposo, además. Tratas de engañarme a mí, que soy Dios.

Pero, de pronto, ocurre algo extraño. Makar, el bruto, siente que una indignación se despierta en su pecho, y entonces, olvidándose que está en presencia de Dios, se enoja, y comienza a hablar; cuenta sus sacrificios, sus penas, sus privaciones. Cierto es que le pegaba a su mujer, pero le pegaba porque estaba triste; cierto es que mentía, pero otros que tenían mucho más que él también mentían y robaban. Y Dios se va apiadando de Makar, comprende que Makar ha sido, sobre la tierra, como la organización social lo había moldeado, y súbitamente, las puertas del Paraíso se abren para él, para Makar.

Me acordé del sueño de Makar, pensando que alguien in mente diría que no conocía yo los defectos de la gente que vive siempre en la penuria y en la pena. Ahora sabe usted el porqué de la cita, y lo que quiere decir el "sueño de Makar".


LA TRAGEDIA DE UN HOMBRE HONRADO

Todos los días asisto a la tragedia de un hombre honrado. Este hombre honrado tiene un café que bien puede estar evaluado en treinta mil pesos o algo más. Bueno: este hombre honrado tiene una esposa honrada.

A esta esposa honrada la ha colocado a cuidar la victrola. Dicho procedimiento le ahorra los ochenta pesos mensuales que tendría que pagarle a una victrolista. Mediante este sistema, mi hombre honrado economiza, al fin del año, la respetable suma de novecientos sesenta pesos sin contar los intereses capitalizados. Al cabo de diez años tendrá ahorrados...

Pero mi hombre honrado es celoso. ¡Vaya si he comprendido que es celoso! Levantando la guardia tras la caja, vigila, no sólo la consumición que hacen sus parroquianos, sino también las miradas de éstos para su mujer. Y sufre. Sufre honradamente. A veces se pone pálido, a veces le fulguran los ojos. ¿Por qué? Porque alguno se embota más de lo debido con las regordetas pantorrillas de su cónyuge. En estas circunstancias, el hombre honrado mira para arriba, para cerciorarse si su mujer corresponde a las inflamadas ojeadas del cliente, o si se entretiene en leer una revista. Sufre. Yo veo que sufre, que sufre honradamente; que sufre olvidando en ese instante que su mujer le aporta una economía diaria de dos pesos sesenta y cinco centavos; que su legitima esposa aporta a la caja de ahorros novecientos sesenta pesos anuales. Sí, sufre. Su honrado corazón de hombre prudente en lo que atañe al dinero, se conturba y olvida de los intereses cuando algún carnicero, o cuidador de ómnibus, estudia la anatomía topográfica de su también honrada cónyuge. Pero más sufre aún cuando, el que se deleita contemplando los encantos de su esposa, es algún mozalbete robusto, con bigotitos insolentes y espaldas lo suficientemente poderosas como para poder soportar cualquier trabajo extraordinario. Entonces mi hombre honrado mira desesperadamente para arriba. Los celos que los divinos griegos inmortalizaron, le desencuadernan la economía, le tiran abajo la quietud, le socavan la alegría de ahorrarse dos pesos sesenta y cinco centavos por día; y desesperado hace rechinar los dientes y mira a su cliente como si quisiera darle tremendos mordiscones en los riñones.

Yo comprendo, sin haber hablado una sola palabra con este hombre, el problema que está encarando su alma honrada. Lo comprendo, lo interpreto, lo "manyo". Este hombre se encuentra ante un dilema hamletiano, ante el problema de la burra Balaam, ante... ¡ante el horrible problema de ahorrarse ochenta mangos mensuales! Son ochenta pesos. ¿Saben ustedes los bultos, las canastas, las jornadas de dieciocho horas que éste trabajó para ganar ochenta pesos mensuales? No; nadie se lo imagina.

De allí que lo comprendo. Al mismo tiempo quiere a su mujer. ¡Cómo no la va a querer! Pero no puede menos de hacerla trabajar, como el famoso tacaño de Anatole France no pudo menos de cortarle unas rebarbas a las monedas de oro qué le ofrecía a la Virgen: seguía fiel a su costumbre.

Y ochenta pesos son ocho billetes de a diez pesos, dieciséis de a cinco y... dieciséis billetes de a cinco pesos, son plata... son plata...

Y la prueba de que nuestro hombre es honrado, es que sufre en cuanto empiezan a mirarle a la cónyuge. Sufre visiblemente. ¿Qué hacer? ¿Renunciar a los ochenta pesos, o resignarse a una posible desilusión conyugal?

Si este hombre no fuera honrado, no le importaría que le cortejaran a su propia esposa. Más aún, se dedicaría como el célebre señor Bergeret, a soportar estoicamente su desgracia.

No; mi cafetero no tiene pasta de marido extremadamente complaciente. En él todavía late el Cid, don Juan, Calderón de la Barca y toda la honra de la raza, mezclada a la terribilísima avaricia de la gente del terruño.

Son ochenta pesos mensuales. ¡Ochenta! Nadie renuncia a ochenta pesos mensuales porque sí. El ama a su mujer; pero su amor no es incompatible con los ochenta pesos.

También ama su frente limpia de todo adorno, y también ama su comercio, la economía bien organizada, la boleta de depósito en el banco, la libreta de cheques. ¡Cómo ama el dinero este hombre honradísimo, malditamente honrado!

A veces voy a su café y me quedo una hora, dos, tres. El cree que cuando le miro a la mujer estoy pensando en ella, y está equivocado. En quien pienso es en Lenin... en Stalin... en Trotzky... Pienso con una alegría profunda y endemoniada en la cara que este hombre pondría si mañana un régimen revolucionario le dijera:

Todo su dinero es papel mojado.

 

SILLA EN LA VEREDA

Llegaron las noches de las sillas en la vereda; de las familias estancadas en las puertas de sus casas; llegaron, las noches del amor sentimental de "buenas noches, vecina", el político e insinuante "¿cómo le va, don Pascual?". Y don Pascual sonrie .y se atusa los "baffi", que bien sabe por qué el mocito le pregunta cómo le va. Llegaron las noches...

Yo no sé qué tienen estos barrios porteños tan tristes en el día bajo el sol, y tan lindos cuando la luna los recorre oblicuamente. Yo no sé qué tienen; que reos o inteligentes, vagos o activos, todos queremos este barrio con su jardín (sitio para la futura sala) y sus pebetas siempre iguales y siempre distintas, y sus viejos, siempre iguales y siempre distintos también. Encanto mafioso, dulzura mistonga, ilusión baratieri, ¡qué sé yo qué tienen todos estos barrios!; estos barrios porteños, largos, todos cortados con la misma tijera, todos semejantes con sus casitas atorrantas, sus jardines con la palmera al centro y unos yuyos semiflorecidos que aroman como si la noche reventara por ellos el apasionamiento que encierran las almas de la ciudad; almas que sólo saben el ritmo del tango y del "te quiero". Fulería poética, eso y algo más.

Algunos purretes que pelotean en el centro de la calle; media docena de vagos en la esquina; una vieja cabrera en una puerta; una menor que soslaya la esquina, donde está la media docena de vagos; tres propietarios que gambetean cifras en diálogo estadístico frente al boliche de la esquina; un piano que larga un vals antiguo; un perro que, atacado repentinamente de epilepsia, circula, se extermina a tarascones una colonia de pulgas que tiene junto a las vértebras de la cola; una pareja en la ventana oscura de una sala: las hermanas en la puerta y el hermano complementando la media docena de vagos que turrean en la esquina. Esto es todo y nada más. Fulería poética, encanto misho, el estudio– de Bach o de Beethoven junto a un tango de Filiberto o de Mattos Rodríguez.

Esto es el barrio porteño, barrio profundamente nuestro; barrio que todos, reos o inteligentes, llevamos metido en el tuétano como una brujería de encanto que no muere, que no morirá jamás.

Y junto a una puerta, una silla. Silla donde reposa la vieja, silla donde reposa el "jovie". Silla simbólica, silla que se corre treinta centímetros más hacia un costado cuando llega una visita que merece consideración, mientras que la madre o el padre dice:

Nena; traete otra silla.

Silla cordial de la puerta de calle, de la vereda; silla de amistad, silla donde se consolida un prestigio de urbanidad ciudadana; silla que se le ofrece al "propietario de al lado"; silla que se ofrece al "joven" que es candidato para ennoviar; silla que la "nena" sonriendo y con modales de dueña de casa ofrece, para demostrar que es muy señorita; silla donde la noche del verano se estanca en una voluptuosa "linuya", en una charla agradable, mientras "estrila la d'enfrente" o murmura "la de la esquina".

Silla donde se eterniza el cansancio del verano; silla que hace rueda con otras; silla que obliga al transeúnte a bajar a la calle, mientras que la señora exclama: "¡Pero, hija! ocupás toda la vereda".

Bajo un techo de estrellas, diez de la noche, la silla del barrio porteño afirma una modalidad ciudadana.

En el respiro de las fatigas, soportadas durante el día, es la trampa donde muchos quieren caer; silla engrupidora, atrapadora, sirena de nuestros barrios.

Porque si usted pasaba, pasaba para verla, nada más; pero se detuvo. ¿Quién no se para a saludar? ¿Cómo ser tan descortés? Y se queda un rato charlando. ¿Qué mal hay en hablar? Y, de pronto, le ofrecen una silla. Usted dice: "No, no se molesten". Pero, ¿qué? ya fue volando la "nena" a traerle la silla. Y una vez la silla allí, usted se sienta y sigue charlando.

Silla engrupidora, silla atrapadora.

Usted se sentó y siguió charlando. ¿Y sabe, amigo, dónde terminan a veces esas conversaciones? En el Registro Civil.

Tenga cuidado con esa silla. Es agarradora, fina. Usted se sienta, y se está bien sentado, sobre todo si al lado se tiene una pebeta. ¡Y usted que pasaba para saludar! Tenga cuidado_ Por ahí se empieza.

Está, después, la otra silla, silla conventillera, silla de "jovies" tanos y galaicos; silla esterillada de paja gruesa, silla donde hacen filosofía barata ex barrenderos y peones municipales, todos en mangas de camiseta, todoscachimbo en boca. La luna para arriba sobre los testuces rapados. Un bandoneón rezonga broncas carcelarias en algún patio.

En un quicio de puerta, puerta encalada como la de un convento, él y ella. El, del Escuadrón de Seguridad; ella planchadora o percalera.

Los "jovies", funcionarios públicos del carro, la pala y el escobillón, dan la lata sobre "eregoyenisme". Algún mozo matrero reflexiona en un umbral. Alguna criollaza gorda, piensa amarguras. Y este es otro pedazo del barrio nuestro. Esté sonando Cuando llora la milonga o la Patética, importa poco. Los corazones son los mismos, las pasiones las mismas, los odios los mismos, las esperanzas las mismas.

¡Pero tenga cuidado con la silla, socio! Importa poco que sea de Viena o que esté esterillada con paja brava del Delta: los corazones son los mismos...


DIALOGO DE LECHERIA

Días pasados, tabique por medio, en un lechería con pretensiones de "reservado para familias", escuché un diálogo que se me quedó pegado en el oído, por lo pelafustanesco que resultaba. Indudablemente, el individuo era un divertido, porque las cosas que decía movían a risa. He aquí lo que más o menos retuve:

El Tipo. –Decime, yo no te juré amor eterno. ¿Vos podés afirmar bajo testimonio de escribano público que te juré amor eterno? ¿Me juraste vos amor eterno? No. ¿Y entonces...?

Ella. –Ni falta hacía que te jurara, porque bien sabés que te quiero...

El Tipo. –Un... Eso es harina de otro costal. Ahora hablemos del amor eterno. Si yo no te juré amor eterno, ¿por qué me hacés cuestión y me querellás?...

Ella. –¡Monstruo! Te sacaría los ojos...

El Tipo. –Y ahora me amenazás en mi seguridad personal. ¿Te das cuenta? ¿Querés privarme de mi libertad de albedrío?

Ella. –¡Qué disparates estás diciendo!...

El Tipo. –Es claro. Vos no me querés dejar tranquilo. Pretendés que como un manso cabrito me pase la vida adorándote...

Ella.– ¿Manso cabrito vos?... Buena pieza..., desvergonzado hasta decir basta...

El Tipo. –No satisfecha con amenazarme en mi seguridad personal, me injuriás de palabra.

Ella. –Si no me juraste amor eterno, en cambio me dijiste que me querías...

El Tipo. –Eso es harina de otro costal. Una cosa es querer... y otra cosa, querer siempre. Cuando yo te dije que te quería, te quería. Ahora...

Ella (amenazadora). –Ahora, ¿qué?

El Tipo (tranquilamente).– Ahora no te quiero como antes.

Ella. –¿Y cómo me querés, entonces?

El Tipo (con mucha dulzura).– Te quiero... ver lejos...

Ella. –Un descarado como vos no he conocido nunca.

El Tipo. –Por eso siempre te recomendé que viajaras. Viajando se instruye uno. Pero no vayas a viajar en ómnibus, ni en tranvía. Tomá un vapor grande, grandote, y andate... andate lejos.

Ella (furiosa). –¿Y por qué me besabas, entonces?

El Tipo. –Ejem... Eso es harina de otro costal...

Ella. –Parecés panadero.

El Tipo. –Yo te besaba, porque si no te besaba vos ibas a decir con tus amigas: "Ven qué hombre más zonzo; ni me besa"...

Ella (resoplando). –¡Yo no sé como no te mato! ¿Así que vos me besabas por gusto de besarme?

El Tipo. –No exageremos. Algo también me gustaba... Pero no tanto como vos creés...

Ella. –Se puede saber, decime, ¿dónde te has criado? Porque vos no tenés vergüenza. No la has tenido nunca. Ignorás lo que es la vergüenza.

El Tipo. –Sin embargo, yo soy muy tímido... Ya ves cuánto cavilo antes de mandarte al diablo... No, al diablo, no, querida; no te disgustés... es una forma de decir.

Ella (agarrándose al tema). –De modo que vos me besabas a mí...

El Tipo. –¡Dios mío! Si uno tuviera que dar cuenta de los besos que ha dado, tendría que estar en presidio quinientos años. Vos parecés norteamericana.

Ella. –¡Norteamericana! ¿Por qué?

El Tipo. –Porque allá le pegás un beso a un palo de escoba y izas! la única indemnización tolerada es el casamiento... de modo que a los besos no les des importancia. Ahora, si yo hubiera echado a perder tu inocencia, sería otra cosa...

Ella. –Yo no soy inocente. Inocentes son los locos y los bobos...

El Tipo. –Convengamos que decís una verdad grande como una casa. Y luego me reprochás de ser injusto. Te doy la razón, querida. Sí, te la doy ampliamente. ¿Qué pecado me reprochás, entonces? ¿El que te haya dado unos besos?

Ella. –¿Unos besos? Si fueron como cuarenta.

El Tipo. –No... Estás mal, o tengo que suponer que vos no entendés de matemáticas. Pongamos que son diez besos... Y estaremos en la cuenta. Y tampoco llegan a diez. Además no valen porque son ósculos paternales... Y ahora, después de enojarte que te haya besado, te enojás porque no quiero seguir besándote. ¿Quién las entiende a ustedes las mujeres?

Ella. –Me enojo porque me querés abandonar infamemente.

El Tipo. –Yo no te di más que unos besos para que vos no les dijeras a tus amigas que yo era un tipo zonzo. No tengo otro pecado sobre mi conciencia. ¿Qué me recriminás? ¿Se puede saber? A mí no me gusta hacer comedias. Vos te aburrís en tu casa, te encontrás conmigo y te me pegoteás como si yo fuera tu padre. Y yo no quiero ser tu padre. Yo no quiero tener responsabilidades. Soy un hombre virtuoso, tímido y tranquilo. Me gusta abrir la boca como un papanatas frente a un pillo que vende grasa de serpiente o cacerolas inoxidables. Vos, en cambio, te empeñás en que te jure amor eterno. Y yo no quiero jurarte amor eterno ni transitorio. Quiero andar atorranteando tranquilamente solo, sin una tía a la cola que me cuenta historias pueriles y manidas... y que porque me des un beso de morondanga me hacés pleitos que si me hubieras prestado a interés compuesto los tesoros de Rotschild.

Ella. –Pero vos sos imposible...

El Tipo. –Soy un auténtico hombre honrado.

 

CONVERSACIONES DE LADRONES

A veces, cuando estoy aburrido, y me acuerdo de que en un café que conozco se reúnen algunos señores que trabajan de ladrones, me encamino hacia allí para escuchar historias interesantes.

Porque no hay gente más aficionada a las historias que los ladrones.

¿Este hábito provendrá de la cárcel? Como es lógico, yo nunca he pedido determinadas informaciones a esta gente que sabe que escribo, y que no tengo nada que ver con la policía. Además que el ladrón no gusta de ser preguntado. En cuanto se le pregunta algo, tuerce el gesto como si se encontrara frente a un auxiliar y en el despacho de una comisaría. Yo no sé si muchos de ustedes han leído Cuentos de un soñador, de Lord Dunsany. Lord Dunsany tiene, entre sus relatos maravillosos, uno que me parece viene a cuento. Es la historia de un grupo de vagabundos. Cada uno de ellos cuenta una aventura. Todos lloran menos el narrador. Terminado el relato, el narrador se incorpora al círculo de oyentes; otro, a su vez, reanuda una nueva novela que hace llorar también al reciente narrador.

Bueno; el caso es que entre los ladrones ocurre lo mismo. Siempre es a la una o a las dos de la madrugada. Cuando, por A o por B, no tienen que trabajar, es casi siempre en un período de vida en que anuncian un formal propósito de vivir decentemente. Aquí ocurre algo extraño. Cuando un ladrón anuncia su propósito de vivir decentemente, lo primero que hace es solicitar que le "levanten la vigilancia". En este intervalo de vacaciones prepara el plan de un "golpe" sorprendente. La policía lo sabe; pero la policía necesita de la existencia del ladrón; necesita que cada año se arroje una nueva hornada de ladrones sobre la ciudad, porque si no su existencia no se justificaría.

En dicho intervalo, el ladrón frecuenta el café. Se reúne con otros amigos.

Es después de cenar. Juega a los naipes, a los dados o al dominó. Algunos también juegan al ajedrez.

El comisario Romayo, me enseñó una vez el cuaderno de un ladrón, en cuya casa acababa de hacer un allanamiento. Este ladrón, que trabajaba de carrero, era un ajedrecista excelente. Tenía anotados nombres de maestros y soluciones de problemas ajedrecísticos resueltos por él. Este asaltante hablaba de Bogoljuboff y Alekhine con la misma familiaridad con que un "burrero" habla de pedigrees, aprontes y performances.

A la una o las dos de la madrugada, cuando se han aburrido de jugar, cuando algunos se han ido y otros acaban de llegar, se hace en torno de cualquier mesa un círculo adusto, aburrido, canalla. Círculo silencioso, del cual, de pronto, se escapan estas palabras:

¿Saben? En Olavarría lo trincaron al Japonés.

Todos los malandras levantan la cabeza. Uno dice:

¡El Japonés! ¿Te acordás cuando yo anduve por Bahía Blanca? Las corrimos juntos con el Japonés.

Ahora el aburrimiento se ha disuelto en los ojos, y los cogotes se atiesan en la espera de una historia. Podría decirse que el que habló estaba esperando que cualquier frase dicha por otro le sirviera de trampolín, para lanzar las historias que envasa.

El Japonés. ¿No era el que estuvo en...? Dicen que estuvo en el asalto con la Vieja...

Uno me mira a mí.

Son "mulas de investigaciones". ¡Qué va estar en el asalto!

Cierto es que si usted de noche se lo encuentra al Japonés...

Mira che. El Japonés es como una niña, de educado.

Estalla una carcajada, y otro:

Será como una niña, pero te lo regalo. ¿De dónde sacas que es como una niña?

Cuando yo tenía dieciséis años estuve detenido con él, en Mercedes... Era como una niña, te digo. Venían las señoras de caridad, nos miraban y decían: "¡Pero es posible que esos chicos sean ladrones!". Y me acuerdo que yo contestaba: "No señoritas, es un error de la policía. Nosotros somos de familia muy bien". Y el Japonés decía: "Yo quiero ir con mi mamita"... Si te digo que es como una niña.

Estallan las risas, y un ladrón me toma del brazo y me dice:

Pero no le crea. Usted ve la jeta que tengo yo, ¿no? Bueno. Yo soy un angelito al lado del Japonés. Pero mire: lo encuentra al Japonés un "lonyi", y de sólo verlo, raja como si viera la muerte. Y éste dice que era una niña... Yo me acuerdo de una quesería que asaltamos con el Japonés... Nos llevamos como doscientos quesos en un carrito. ¡El laburo para venderlos!.... ¡Y el olor! Si se seguía la pista con solo olernos...

Otro:

Lo que es ahora el oficio está arruinado. Se han llenado de mocosos batidores. Cualquier gil quiere ser ladrón.

Yo miro, reflexiono y digo:

Efectivamente, ustedes tienen razón; ladrón no puede ser cualquiera...

¡Pero claro! Es lo que digo yo ... Si yo me quisiera meter a escribir sus notas, no las podría hacer. ¿No?... Y así es con el "oficio". A ver; dígame, ¿cómo haría usted para robarle ahora al patrón que está en la caja?... Vea que el cajón está abierto...

No sé...

¡Pero amigo! ¡Que no se diga! Vea; se acerca al mostrador y le dice al patrón: "Alcánceme esa botella de vermouth". El patrón ladea el cuerpo para ese lado del estante. En cuanto el hombre está por retirar la botella, usted le dice: "No, esa no: la de más arriba". Como el trompa está de espalda, usted puede limpiarle la caja... ¿Se da cuenta?... –Yo me admiro convencionalmente, y el otro continúa–: ¡Oh! Eso no es nada. Hay "trabajos" lindos... limpios... Ese del robo de la agencia Nassi... Esa es muchachada que promete...

¿Y el Japonés? Me acuerdo: veníamos una vez en el tren... íbamos para Santa Rosa...

Son las tres de la madrugada. Son las cuatro. Un círculo de cabezas... un narrador. Digase lo que se quiera, las historias de ladrones son magníficas; las historias de la cárcel... Cinco de la madrugada. Todos miran sobresaltados el reloj. El mozo se acerca somnoliento y, de pronto, en diversas direcciones, pegados casi a las paredes, elásticos como panteras y rápidos en la desaparición, se escurren los malandrines. Y de cinco de ellos, cuatro tienen pedido levantamiento de vigilancia. ¡Para mejor robar!...

 

 Luis Tejada 1922

 Luis Tejada 1922.pdf

 

 

Marzo 28 de 2009

 

Taller de periodismo narrativo

con Tomás Eloy Martínez

Santiago de Chile, 10 al 13 de agosto de 2004

Relator: Juan Pablo Meneses


4. ELEMENTOS DE LA NARRACIÓN

Usando como ejemplo el libro Hiroshima, de John Hersey y, claro, recurriendo a su experiencia de cronista, Tomás Eloy Martínez muestra y explica los elementos necesarios para armar la estructura del relato.

Personalización
Una de las claves del Periodismo Narrativo es la personalización. Es decir, lograr que 3 o 4 personas representen un fenómeno colectivo. Si decimos que 480 personas murieron en el hipermercado de Asunción, estamos dando una cifra que no nos afecta. Pero si decimos que la señora Elida Pérez y sus dos niños de repente vieron que se caía una viga incendiada del techo, intentaron caminar hacia la puerta y un grupo de guardias las repelieron y las obligaron a retroceder, y vieron los cadáveres llameantes de dos o tres amigas cercanas que estaban allí a su lado... Es así como el drama y la tragedia se transforma en comunicable, real, de mayor intensidad. Contagia y puede identificar un conflicto que afecta a la especie humana en términos generales y como tal es importante. La importancia de la personalización, es porque gran parte de la base del Periodismo Narrativo se cuenta a partir de personajes.

Arquitectura
La gracia de todo buen trabajo de periodismo narrativo es la arquitectura de la nota. Muchas veces uno se detiene a pensar cuál es la arquitectura que más conviene para un texto. Y a veces sale rápido y, otras veces, no sale en seguida. En mi caso, yo recuerdo, no con un texto periodístico pero si con una novela, La Novela de Perón, que tardé fácilmente cinco años para encontrar la estructura adecuada hasta que descubrí que el regreso de Perón a la Argentina, la concentración de millones de personas en el aeropuerto de Ezeiza, servía como una bisagra para establecer un antes y un después en su vida, un antes y un después en la historia, y eso me permitió avanzar.

En el momento en que uno encuentra la arquitectura, de veras, uno encuentra todo. Cuando se te ocurre un tema y la arquitectura, todo a la vez, es maravilloso, porque tienes lo que vas a decir y el modo de narrarlo. Cuando se te ocurre al mismo tiempo el principio y el fin del relato, es maravilloso.

Hay que tener en cuenta la frase inicial, que debe agarrar al lector de la solapa y no soltarlo del cuello. Le decimos al lector: "Aquí te tengo y no te suelto y aquí te quedas y no dejo que pierdas la atención ni un instante". Y le debemos dar mucha importancia al final, que debe estar todo interrelacionado con el inicio: como en una sinfonía, que los acordes se van oyendo todos a la ves. Estamos hablando de un texto donde el autor tiene que tener una especie de control constante sobre lo que está haciendo, sobre cada una de las palabras que usa, sobre cada una de las escenas que pone, y control sobre el comportamiento de cada uno de los personajes.

La desventaja del periodismo narrativo, con relación a la novela, es que no puedes poner palabras de mentira. Por eso, es un trabajo más difícil el periodismo narrativo. En las novelas puedes inventar. Acá nada. Por eso el arranque y el cierre son tan fundamentales.

Ejes narrativos
Uno de los principales ejes del Periodismo Narrativo es que se dedica a poner en escena un dato, un hecho de la realidad, y convertirlo en un episodio de la vida. Darle vida a un dato: eso es, básicamente, el Periodismo Narrativo. En vez de decir "el petróleo subió hoy a 45 dólares el barril", decimos, "el señor Juan Pérez fue a cargar gasolina y descubrió que había subido 45 centavos y el vendedor le dijo, lo que pasa es que hoy el barril del petróleo subió a tanto".
Otro eje es el efecto de lectura. De qué modo nos relacionamos con el lector y qué tipo de impacto de lectura le proponemos. Es decir, "me tienes que leer de esta manera", o "te creo suspenso hasta aquí", o "te llevo de la mano de un solo personaje", o "te llevo de la mano de cinco o seis personajes".

Las pausas son muy importantes. Pueden ser marcadas por comas, por guiones, por dos puntos. El ritmo es fundamental en el Periodismo Narrativo. Los signos de puntuación no solamente sirven para marcar las pausas obligatorias dentro del texto, sino que sirven para imponer un cierto ritmo en el relato. Los signos son esenciales. Fundamentales.

Tono
Cada texto tiene un tono, como en la música. Y necesita ser contado de una determinada manera. Es importantísimo encontrar ese tono. A veces es el tuyo, pero adecuado al tema. Un tono más trágico. Como en los textos de Martí: Martí encontró el tono a través de la onomatopeya, de la coloración y del sonido de las palabras. Puedes encontrar el tono a través de la audición, de la insinuación, de las atmósferas. Puedes encontrar el tono a través de la relación del personaje con su realidad. Puedes encontrar el tono a través de frases cortas, o de frases largas. A través de párrafos breves. De párrafos extensos. Finalmente, el relato respira. Y cada relato debe respirar de manera diferente. Y además, ese tono te va dictando el hilo conductor, para que el relato se vaya viendo en una dirección.

5. DIFERENCIAS LITERARIAS

Una vez marcadas las diferencias con respecto al periodismo convencional, Tomás Eloy Martínez detiene el viraje la literatura y marca las diferencias entre un escritor de periodismo narrativo y un escritor de ficción. Por cierto, las diferencias al enfrentar un texto, porque un escritor de periodismo narrativo también puede ser uno de ficción, como el propio Tomás Eloy Martínez.

El Periodismo Narrativo es, necesariamente, un producto literario. Pero es diferente a la literatura. El periodismo narrativo está basado, fundado y fundamentado por la certeza. Por sobre lo que cada uno cree, de buena fe, que es la certeza, la verdad. Porque la verdad, como ustedes saben, es relativa. Igual que la objetividad. La verdad como tal no existe. Hay tantas verdades como seres humanos. Nunca dos personas leen el mismo libro. Y ni siquiera una misma persona lee el mismo libro en tiempos diferentes: no soy la misma persona mañana. Pero la base del periodismo narrativo es que los hechos que se narran son ciertos, o son todo lo cierto que la conciencia y la buena fe del periodista lo permite.

No hay forma alguna de invención posible. Mientras que la cualidad de la literatura propiamente dicha, de ficción, esta basada sobre la ambigüedad, la duda, la alusión, la elisión, elementos diferentes al Periodismo Narrativo.

Entonces nos enfrentamos por un lado la certeza y por el otro lado la duda. Dentro de esas dos categorías centrales hay todo un campo amplio donde la eficacia del lenguaje es central, la eficacia del dato es central, la eficacia de la narración es central.

La narración es tan central que, si vemos hacia atrás, todos los conocimientos que tenemos de las antiguas culturas son relatos, son narraciones. Hasta los diálogos de Platón son narraciones. En definitiva, el primer gran periodista, fue Platón. Los diálogos son como grandes entrevistas ocurridas en su época.

Por eso mismo pasa que si bien la noticia viene a fuera, los elementos vienen de fuera, los relatos vienen de fuera, ustedes pueden crear un mundo que es un mundo que tiene valor en sí mismo por la fuerza, por la eficacia que el relato cuenta como tal. No sé pierde, en tanto afecta, representa, simboliza y es una metáfora de la condición humana. Porque la condición humana es igual en todas partes. Cuando narramos un texto que afecta a la condición humana en términos generales, el texto nos toca, nos moviliza, nos conmueve, y de esa forma entonces el periodismo narrativo alcanza también un peso.

Lealtades
Yo siempre sostengo que hay tres lealtades en los escritores de textos periodísticos que son centrales, y una sola lealtad en el escritor de ficción.

Las lealtades centrales del escritor de textos periodísticos son, primero, una lealtad con su público. El autor de periodismo narrativo sabe muy bien cuál es el público al que se está dirigiendo. En general, los periodistas sabemos a qué público vamos dirigidos y servir a ese público es esencial. Otra es la lealtad con la verdad, con que lo que digo efectivamente ocurrió. Y la otra es la lealtad a la ética personal, a no aparecer firmando textos que vayan contra la creencia de uno. A no decir algo en lo que no estamos de acuerdo.

En el caso del novelista, en cambio, hay una sola lealtad. La lealtad a si mismo, a su propia libertad, a las afluencias de su propia libertad. Y no tiene otra lealtad posible. No tiene lealtad con la verdad. Faulkner dijo en una entrevista, en 1951, dijo que la moral de un escritor es como la moral de los buitres: se alimenta de la carroña, no le importa nada, está desprendido del mundo, lo que le importa es terminar su obra aunque eso le signifique matar a su madre. Porque si no se saca la obra de adentro, tiene que morir él. Esa es la moral del escritor: una moral de la inmoralidad.

 

Taller de Periodismo y Literatura

Maestro: Martín Caparrós

Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano
y Corporación Andina de Fomento

Cartagena, 16 al 20 de diciembre
2003

Autora: María Paulina Ortiz


Periodismo y Literatura

No hay vez que no me pregunten: ¿cuál cree usted que es la diferencia entre periodismo y literatura? Es inevitable la pregunta y para mí es siempre un fracaso. Intento, busco, doy vueltas y no consigo contestarla a satisfacción. Mi convicción es que no hay diferencia. ¿Por qué tiene que haberla? ¿Quién postula que la hay? Aceptemos la separación en términos de pactos de lectura: el pacto que el autor le propone al lector: voy a contarle una historia y esa historia es cierta, ocurrió y yo me enteré de eso (el pacto de la no-ficción). Y el pacto de la ficción: voy a contarle una historia, nunca sucedió, pero lo va a entretener, lo va a hacer pensar, descubrir cosas, lo que sea. Estos pactos de lectura marcan una diferencia.

Pero la separación en términos estilísticos creo que es falsa. En lo estructural no hay nada que indique que tengan que diferir. No hay nada en la calidad intrínseca del trabajo que imponga una diferencia. Yo escribo y lo que escribo en algunos casos parece ser periodismo –porque eventualmente lo publican en un periódico y porque eventualmente cuento algo que he visto– y en otros casos parece ser literatura –porque cuento lo que se me ocurrió y porque se publica en un libro. Pero tampoco estoy tan seguro de que en un caso sea exactamente lo que he visto y en otro no tenga nada que ver con lo que he visto. Esto no es central para mí en el momento en que estoy frente a la computadora. Cuando escribo lo que sea que vaya a escribir mi chip estilístico es muy semejante. No tengo la sensación de cambiar el chip según si estoy escribiendo una cosa y otra.

Durante mucho tiempo los periodistas que escribían ficción eran sujetos bastante definidos. En un momento hacían periodismo y en otro ficción, y eran claramente diferentes las herramientas en cada área. Esto empezó a disolverse visiblemente hace cuarenta o cincuenta años, pero también eso es una convención, porque la crónica con herramientas de la ficción se ha trabajado hace 2500 años. Heródoto, por ejemplo, era un excelente periodista, sus crónicas de viaje son de lo mejor que se ha escrito, pero se le tiene como padre de la Historia y literato.

Digo cuarenta o cincuenta años porque la referencia obligada en esto es el famoso Nuevo Periodismo (los norteamericanos que empezaron a contar en primera persona con herramientas de la ficción). Aunque esto ya había sido hecho en el siglo XX, para no ir más lejos, por el francés Albert Londres, que viajaba por el mundo y escribía libros. El camino de Buenos Aires es un libro suyo delicioso sobre trata de blancas, investigado con mecanismos periodísticos y relatado en primera persona. Esto, mucho antes que Wolfe o Capote.

Rodolfo Walsh, periodista argentino, autor de no-ficciones como Operación masacre y Quien mató a Rosendo –muy al estilo de la novela negra americana, con frases cortas, ritmo seco, duro, mucho diálogo– escribió un cuento, Esa mujer, en el que invierte el mecanismo: pone en escena a un periodista que va a entrevistar un militar que quiso desaparecer el cadáver de Eva Perón, y usa el estilo que terminó de depurar en sus no-ficciones para contar una ficción. Este cuento es un ejemplo excelente de cómo se van intrincando la ficción y la no-ficción, y el estilo que uno usa para uno y otro en un solo relato.

La idea decimonónica de que la literatura es ficción tuvo acogida hasta entrado el siglo XX, pero se fue deshilachando. Ahora muy pocos sostendrían una identidad casi absoluta entre literatura y ficción literaria. Para mí la literatura es un conjunto amplio que incluye ciertas formas de periodismo. Yo pensaría que dentro de la literatura, dentro de lo que se hace valiéndose de cierta estructura de palabras y demás, están tanto la ficción como el periodismo. Pero lo que me interesan son los cruces entre ficción y no-ficción; aprender a pensar una crónica, un reportaje, una entrevista como un cuento; tratar de usar las herramientas del relato para mejorar la descripción del mundo que hacemos en los textos periodísticos. Robarle a la ficción lo que se pueda para hacer mejor periodismo.

La crónica

Dentro de este género literario que solemos llamar periodismo y que está determinado, si acaso, por el pacto de lectura –que asegura que lo que uno está contando de algún modo sucedió– hay una serie de subgéneros. La crónica es uno de ellos. Me gusta la palabra crónica. Defiendo la idea de crónica y supongo que la defiendo tanto más cuanto que la crónica es un anacronismo. Me gusta ya para empezar que en la palabra crónica esté la palabra cronos, es decir, tiempo. Obviamente todo lo que se escribe es sobre el tiempo, pero en el caso de la crónica es esa especie de inútil intento de atrapar el tiempo en el que uno vive, por supuesto está condenado al fracaso pero es absolutamente digno intentar una y otra vez.

La crónica tuvo su momento y ese momento pasó. América se hizo a base de crónicas. América se llenó de nombres y de conceptos y de ideas sobre ella a partir de esas crónicas, que eran como un intento increíble de adaptación de lo que se sabía a lo que no se sabía. Hay estos ejemplos notables en que un cronista de indias describe una fruta que no había visto nunca y dice: es como las manzanas de Castilla, solo que es ovalada y adentro tiene carne anaranjada. Obviamente no tenía nada que ver con la manzana de Castilla, pero tenía que partir de algo, no podía empezar de la nada. Partía de lo conocido para llegar a lo desconocido.

Así fue como se escribió América: en esas crónicas que partían de lo que esperaban encontrar aquí y chocaban con lo que sí encontraban. Creo que nos pasa un poco todo el tiempo. Cuando vamos a un lugar a tratar de contarlo o cuando nos enfrentamos a una situación y tratamos de contarla, vamos con lo que creemos que vamos a ver y chocamos con lo que vemos. Me parece que es en ese choque donde se producen cuestiones bastante ricas.

La crónica es un género altamente latinoamericano para el cual los latinoamericanos no estamos del todo equipados. Me resultaba curioso, sobre todo cuando viajaba por ahí, pensar que tenía una gran ventaja –al mismo tiempo gran desventaja– y es que yo como argentino no tengo una mirada programada. Si fuera francés vería todo a través del racionalismo cartesiano; si fuera inglés miraría con los ojos de un lord del imperio; si fuera norteamericano miraría con los ojos del patrón. No perteneciendo a ninguna de estas culturas fuertes, tenemos unos ojos que deben inventarse todo el tiempo a sí mismos. No sabemos desde dónde estamos mirando y eso por un lado es una debilidad y por otro es interesante porque nos obliga a crear el lugar desde el que estamos mirando.

Pero, insisto, la crónica es un anacronismo. Era una forma de contar en una época en que no había otras. Cuando empezó la fotografía, a finales del siglo XIX, comenzaron a aparecer estas revistas ilustradas en que las crónicas ocupaban cada vez menos espacio y las fotos cada vez más. Entonces lo que hacían era mostrar los lugares que antes describían. Antes de eso había algún grabado, algún óleo, alguna acuarela, pero era muy difícil su reproducción, casi imposible. La forma más fácil de reproducir una mirada sobre un lugar era la forma escrita, prácticamente la única forma de contar el mundo era la escrita.

La fotografía empezó a disputarle ese lugar, luego el cine, luego la televisión. Y quedó claro que la forma escrita es como la más pobre desde un punto para contar el mundo, la que da menos sensación de inmediatez, la que da menos sensación de verosimilitud, la que deja más en claro que uno está mirando a través de los ojos de otro. Esos que son en principio puntos en contra también pueden ser una ventaja y es sobre lo que hay que trabajar: el hecho de que hay una mirada que cuenta, que hay una capacidad de sugerencia de la palabra que la imagen no tiene (la imagen no sugiere, muestra), que hay la oportunidad de entrar a una cantidad de lugares que la cámara no tiene. Las posibilidades de registro de nuestro cerebro por suerte son todavía mejores que las de una cámara. No tenemos que sacar la cabeza y encender la luz roja: estamos en una situación que queremos contar y la recordamos y la contamos. Podemos actuar al escribir.

La crónica se definiría, entre otras cosas, por ocuparse de lo que no es noticia, de lo que no nos enseñaron a considerar noticia. La noticia en general tiene dos posibilidades: o habla de los poderosos o de los que se cayeron por alguna razón (un tipo que cometió un delito, o la víctima, o el accidentado). Pero la gente normal, con perdón de la expresión, no entra en el concepto de noticia que en general manejamos. La información, curiosamente, supone interesar a muchísima gente de lo que pasa con poquita, de los tejes y manejes de los pocos señores del poder. Esa es una decisión política fuerte de la información. Postular que lo que importa es lo que le pasa a ese pequeño sector está de manera tácita imponiendo un modelo del mundo en el cual lo significativo es lo que les sucede a unos pocos y los demás lo que deben hacer es consumir aquello que les sucede a esos pocos.

Me parece que la crónica se revela contra eso e intenta contar lo que le pasa a la gente más parecida a aquellos que leerían esa noticia. La crónica es una forma de pararse ante esa estructura de la información que habla de unos pocos y decir que vale la pena contar lo que le pasa a todos los demás. A veces es más importante, más noticioso, más informativo para mucha gente enterarse de lo que pasa con unas personas en una plaza cualquiera que leer las declaraciones de un ministro. Puede hablar más de sobre su vida, su país y sus circunstancias. Es una lástima que los medios no tomen la idea de que sería mejor contar vidas cotidianas. El periodismo tendría que dedicarse a la vida de todos.


Frontera entre crónica y reportaje

La crónica y el reportaje son géneros distintos, pero cada uno es tan válido como el otro. En general se piensa que en los reportajes hay más análisis que en la crónica. Eso no es consustancial al género. Con la presencia del narrador se puede hacer mucho análisis, sin la presencia del narrador se puede hacer ninguno.

Es confusa la frontera entre los dos. Si es necesario definir lo que diferencia la crónica del reportaje pensaría en la primera persona o en un tono que remita a la primera persona –aunque no se esté diciendo “yo” –, en un tono que de alguna manera incluya más explícitamente la experiencia y la mirada del autor del trabajo. Muchas veces el tipo de material que se consigue para uno y otro es parecido, lo que se cuenta es parecido, pero lo que define la diferencia es eso: si se incluyen o no experiencias y miradas en un lugar visible y preponderante. Aún en tercera persona, la crónica está más cerca de evocar una experiencia personal.

Actitud del cazador

Mirar es central para un cronista. Mirar en el sentido fuerte. Mirar y ver se han confundido, ya no se sabe muy bien cuál es cuál. Sin embargo, entre ver y mirar hay una diferencia radical. Mirar es la búsqueda, la actitud consciente y voluntaria de tratar de aprehender lo que hay alrededor, y de aprender. Para un cronista es definitivo mirar con toda la fuerza posible. Es lo que llamo la actitud del cazador.

Me gusta salir a hacer una crónica porque me parece que me pongo primitivo, que recupero ese atavismo del cazador que sale a ver qué encuentra. Y como sabe que tiene un tiempo limitado, un hambre infinito y así sucesivamente, tiene que estar atento todo el tiempo, mirando, pendiente de qué va a pasar.

Es de las cosas que más me entusiasman: pensar que todo lo que hay por ahí puede ser materia de lo que voy a contar. No pensar que si voy a hablar con el ministro el único momento en el que tendría que estar un poquito concentrado es cuando prendo el grabador y le digo “entonces, ministro, qué opina usted sobre”. Mientras llego, toco la puerta, voy subiendo... todo es posible de ser contado.

Esa actitud del cazador, estar mirando todo el tiempo, es definitiva. Mirar donde aparentemente no pasa nada, donde aparentemente no hay una clara situación periodística. Aprender a mirar de nuevo aquello que creemos saber ya cómo es. Buscar, buscar, buscar. Me gusta que esa actitud se use todo el tiempo en todos lados, pero sobre todo para contar las historias de aquellos que nos enseñaron a no considerar noticia. Enfocar hacia ellos nuestra mirada.

Qué voy a contar

Lo primero que hay que hacer es descubrir qué se quiere contar y desde qué punto de vista. Parece una tontería, pero la ventaja de movimiento que da una buena historia sobre una historia más o menos es extraordinaria. Es cierto que un buen periodista hace algo más o menos bueno con una historia banal, pero localizar una buena historia es importante y vale la pena esforzarse en esa etapa porque va a facilitar el resto. Muchas veces uno no lo toma en cuenta y termina confiando en recursos complicadísimos para salvar una historia que no valía.

Elegir es más significativo de lo que uno cree. Dilucidar dónde está el corazón de la cosa. Definir el foco y hacer que los recursos que se ponen en juego colaboren con él. Preguntarse por aquello que queremos responderle al lector una vez lea el texto. Qué va a hacer que valga la pena, qué lo va a hacer distinto de lo que se cuenta cientos de miles de veces en todo tipo de medios. A menudo historias que podrían haber sido muy buenas pasan justo al costado. Errarla por una pulgada o por una milla da lo mismo. Pero es más penoso errarla por una pulgada.

Si algo le llama a uno la atención especialmente, hay que confiar en que eso va a llamarle la atención a los demás. Confiar en ese entusiasmo por las cosas que a uno le sorprenden y tratar de enterarse por qué suceden esas cosas. Me gustan las crónicas que narran algo que todo el mundo ve todos los días. Me gusta la idea de enfrentarme con lo evidente y hacerlo visible. Una crónica sobre Birmania es fácil, lo difícil es contar la manzana de tu casa. Obviamente la muleta del exotismo facilita mucho las cosas. Uno sabe que tiene que estar mirando y mira con esa virginidad que permite ver en cada cosa lo digno de ser contado.

Yo solía decir que viajaba mucho y escribía crónicas de viaje para ver si alguna vez podía llegar a hacer la crónica de la manzana de mi casa, y de hecho no la he podido hacer. Es interesante contar el propio lugar con una mirada un poco distinta. Existe la superstición de que no hay nada que ver en lo que uno ve todo el tiempo. Esa misma superstición la tienen los lectores: ¿qué me vas a contar si yo lo estoy viendo todos los días?, cuando en realidad está lleno de cosas que contar, con solo rascar un poquito, y ni siquiera rascar: a veces es conectar cuestiones que no lo estaban visiblemente, pensar algo que no suele ser pensado, darle una vuelta de tuerca a algo y hacerlo más interesante.

Me parece que deberíamos tratar de encontrar en cada hecho que uno cuenta aquello que puede sintetizar el mundo. Tomarse el tiempo y el esfuerzo necesarios como para encontrar ese punto de vista, ese foco, ese detalle que haga que algo que uno podría contar y que sería banal, pueda convertirse en algo que por la razón que sea le interese a la gente a quien esa cosa en particular no le importe. Lo que un artículo o crónica debería lograr es que le importe leerla a alguien a quien esa cuestión no le interesa absolutamente nada.

Cuando voy a comenzar un trabajo me da la sensación de que ya todo está contando, todo está entendido, y que mejor me quedo en mi casa. Pero se me pasa pronto. Después de haber elegido lo que quiero contar sigo con la documentación. No está mal leer todo lo que uno pueda. Para mí ahí empieza el trabajo de campo. Lo leído me sirve para aislar cierta data (no creo que lo personal, que el punto de vista, excluya ni la información ni las cifras) y sobre todo para extraer ideas de dónde ir, qué hacer, que después será un diez por ciento de lo que finalmente haré o quizás ni me sirvan. Pero me tranquilizan, me permiten encarar el trabajo.

Llego al lugar con la sensación de que más o menos sé qué voy a hacer en los próximos días: ir a tal parte, entrevistar a tal persona, los temas que voy a tratar, lo que quiero conseguir. Pero cuando llego al lugar trato de no leer más y me quedo sólo con mi cuadernito. Durante mucho tiempo usé anotadores, últimamente uso grabador. Es raro, pero en el mundo contemporáneo llama mucho menos la atención una persona que habla sola que alguien que escribe.

Mientras estoy en la reportería, detrás de una historia, voy tomando notas que son fragmentos del texto que después haré. No ideas ni posibilidades de frases, sino frases que seguramente después corregiré, pero que están ya bastante redactadas. Por eso mi forma de trabajo no implica un empezar a escribir. Lo que hago después es ver dónde pongo cada cosa, como si estuviera editando un video; voy organizado todo y llenándolo de lo que llamo tejido conectivo, como en anatomía, aquello que va conectando una cosa con otra.

En general trato de tener algún contacto en el lugar. Pero me gusta perderme primero, sin muchas ideas creadas. Leo los diarios locales, no las secciones internacionales ni de política nacional sino las páginas de sucesos, las sociales, los clasificados. Me parece que son una fuente del clima muy útil. Trato de meterme en los lugares que sucede aquello que voy a contar, de enterarme de todo lo posible. Es un trabajo de reportería similar a cualquier otro, con la diferencia central de que hay que mirar todo lo que por lo general no se mira.

El principio

Un cronista es un cazador de principios. La presa básica del cronista es un principio. El cronista va por ahí buscando principios. Si encuentra uno ya queda tranquilo, si encuentra seis: ¡esta sí va a ser una buena crónica! El principio no solo va a atraer al lector sino que le va a dar el tono con el cual se va a desarrollar el relato. Después lo que hay hacer es plagiarse a sí mismo, no salirse del cauce que ese principio ha fijado, o si se sale tener muy claro que se está saliendo, por qué, cómo y con qué otro principio (una frase, una idea, un diálogo que pueda justificar el cambio de tono), de manera que el lector no sienta que algo raro pasó sino que hubo un cambio de música, como un discjockey que cambia a propósito.

El principio es lo más importante de cualquier texto. Toda la energía que se le pueda poner a la primera frase es poca porque de eso depende la suerte del resto. Un principio que cuente, que ponga al lector frente a una acción, que inquiete. La primera frase es casi un trabajo publicitario: consiste en concentrar en diez o quince palabras la dosis suficiente de sorpresa, de desconcierto, de intriga, de excitación, como para que digan “quiero comprar ese producto”. En definitiva lo que hacemos es vender un producto, que es lo que viene después. Una crónica puede ser muy buena, pero nuestra primera necesidad es que se lo crea el que la va a leer. Para eso hay que buscarse la manera. La primera frase es muy útil.

Me gusta empezar mostrando algo, no dando cuenta de lo que sucede. En los principios no hay que dar demasiada información, es mejor que sean impresionistas, que busquen producir sensaciones, inquietudes y abran una puerta hacia el resto. No hay fórmulas. Lo que sí hay es un estado de alerta. Estar todo el tiempo pensando que se necesita encontrar un inicio, estar examinando todo lo que se presenta a ver si va a servir para empezar o no.

Uno está hablando con alguien y dice algo interesante... ¿será que eso sirve para empezar? Si uno está con esa actitud de alerta en la búsqueda de un principio necesariamente alguno va a aparecer. Alguno va a pasar el examen. Si durante la reportería uno piensa varias veces “con esto puedo empezar el texto” y acumula varios principios posibles, quiere decir que va a poder renovar el interés y el impacto del texto bastantes veces, abriendo de nuevo, creando otra vez ese efecto.

Decir o mostrar

Una diferencia fuerte entre los modelos periodísticos es la elección entre decir o poner en escena. La elección de la crónica es poner en escena. Por eso necesita más espacio para desarrollar situaciones, personajes, porque apunta a producir en el lector la sensación y no a decirle “la sensación es esta”. Que el lector vea con uno ciertas cosas y reaccione de cierta manera, no decirle por qué debería pensar ciertas cosas. Uno puede decir “La escena era conmovedora” y ya; para construir una escena conmovedora se necesita un desarrollo y cierta habilidad narrativa.

Hay que tener cuidado acerca del partido que uno toma: el de decir o el de mostrar. Obviamente es relativo. Uno puede decir en unos momentos y mostrar en otros. Reforzar una puesta en escena con un subrayado, pero manejándolo, sabiendo que se está frente a estas dos opciones y que la mezcla de ambas es otra opción posible. Teniendo en cuenta que es una mezcla y que se tomó esa opción.

Una de las formas en que la escritura periodística clásica postula su transparencia –para que uno crea que es la realidad directa– es cortando toda puesta en escena, todo espesor, toda descripción. Me parece que de lo que se trata es de espesar las salsas. Hacer que los personajes, los lugares, las formas de hablar, todo lo que pongamos en el texto, tenga carne, espesor. Que tenga materia y no sea esa especie de fotocopia que en general entrega la escritura periodística.

La música de las palabras

¿Suena bien lo que escribimos? Más allá de los significados, también es una cuestión de sonido. Leerlo, oírlo, repetirlo, mirar qué suena mejor. Buscar frases placenteras. Para lograr un ritmo, un arrullo, es central ir oyendo lo que se escribe y hacer pequeños ajustes que permitan que una frase fluya mejor. Esto es en lo que más trabajo, en eliminar esos ruidos que parecen tonterías pero marcan diferencia. A veces me paso un rato buscando una palabra no porque no consiga decir lo que quiera decir sino porque faltan sílabas o sobra una sílaba.

Es una condición casi indispensable tener en la cabeza las músicas que le van bien al idioma. Es cierto que el lenguaje se constituye a partir de la poesía y la buena poesía es el momento de mayor concentración del idioma. Dar vueltas por la poesía es bueno. Empaparse, imbuirse de cierta manera de escribir, escuchar.

En castellano, las frases de siete, ocho, diez y once sílabas van mejor que otras combinaciones. Casi nadie tiene en cuenta esto cuando escribe. No se trata de ir contando frase por frase, pero con el tiempo y la práctica uno se va dando cuenta. La medida del romance, ocho, es la métrica más popular, es cortita. El endecasílabo es más sereno, da más aire. El alejandrino está construido en dos partes de siete más siete, porque catorce puede resultar largo y pomposo. Usar estos ritmos hace que el castellano que uno produce sea más fluido y agradable.

Tratar de darle mucha atención al sonido de lo que escribimos. A ese ritmo que remite a lo auditivo, que remite al sonido que tiene eso si se lo pronuncia, si se lo dice, no a lo que en general se entiende como lenguaje oral, que es tratar de reproducir la forma en que hablamos. Atender a la música de las palabras.

Una voz propia

De lo que se trata es de encontrar una voz que los demás reconozcan como de uno. Que alguna vez suceda que algunos lectores lean un pedacito de un texto y digan esto es de tal persona. Encontrar nuestra propia voz, nuestro propio estilo, nuestra manera de decir las cosas y no estar cerrado a las posibilidades. Eso incluye lo que a uno se le ocurra y también lo que uno pueda copiar.

Uno casi siempre empieza copiando y si no lo hace conscientemente lo hace sin darse cuenta. Leer es ir incorporando fórmulas, maneras que después uno va a reproducir. Hay casos en que uno puede hacerlo de forma más notoria, para ir armando su propia voz. No teman copiar, robar ideas, formas, giros, tonos; solo sería penoso si uno copia una cosa y no sale de ahí, queda como anclado. Pero usar modelos para incorporarlos y tratar de salir adelante a partir de ahí, está bien.

Para encontrar la voz hay que leer mucho y leer con esa intención: pensando qué de todo eso me va a servir, qué voy a poder usar. Si uno lee con esa intensidad algo se le pega del ritmo, del tono. Algo le va quedando y lo va usando en su propia producción. La mejor manera de aprender a escribir es leyendo. Se puede hablar, pensar, hacer muchas cosas para escribir mejor, pero la absolutamente indispensable es leer. Leer atentamente y pensar ah, yo podría hacer algo así, yo podría desarrollar esto. O simplemente escuchar un ritmo, seguir el sonido de la prosa, ir dejándose llevar por ciertos recursos.

Hoy nos parece tan importante la originalidad sin saber que en eso sí que somos originales, porque hasta hace ciento y pico de años la originalidad no le importaba a nadie. Retomar algo que había sido hecho y hacerlo de nuevo, con una ligera variación, era perfectamente lícito. Lo digo para autorizar cualquier tipo de plagio, de robo, si va a llevarnos después a encontrar nuestra propia voz.

La estructura

Ninguna historia me ha dicho cómo contarla. A mí la historia no me habla. Eso me funciona por sobresaltos: este puede ser un principio, tengo que organizar la estructura de tal manera. Cuando voy por la calle pienso: lo central es la historia de fulano, con esa historia voy a estructurar todo y lo demás lo meto alrededor. La idea de intuición no exculpa del esfuerzo, el interés, el entusiasmo, la formación, la búsqueda. No hay tal cosa como intuición en el sentido de iluminación externa. Son procesos que dependen de lo que uno pueda haber hecho, de lo que uno pueda haber acumulado, solo que no están conscientes.

Uno se enfrenta a una historia con un determinado prejuicio, con un juicio previo. Al ir a un sitio uno va más o menos decidido de lo que va a contar, pero hay que estar lo suficientemente abierto como para decir: no, en realidad la historia no es esa, o es esa pero a través de otra vía que le da una vuelta radical. Esto lo que exige es un examen constante de qué es lo que uno está haciendo.

Si yo estoy haciendo una crónica, a partir del momento en que empiezo el trabajo de campo voy armando una estructura, o guión, como lo llamo. Cuando ya tengo algunas cosas pienso: abro con tal, después viene tal, después cual, en el medio me faltaría algo, ¿qué puede ser? Cada noche, cada mañana, reviso mi estructura y veo qué de lo que ha ido pasando la modificó y qué voy a necesitar para completar los agujeros que se han creado. Pero siempre dispuesto a que pase algo que le dé vuelta. Y en general pasa, es bueno que pase, uno no se encuentra necesariamente el principio de su texto el primer día. La estructura no solo permite saber qué se está haciendo y cómo, sino qué falta por hacer.

Todo el tiempo hay que estar tratando de entender cuál es la historia que se quiere contar, cual es la historia que va a completar, a redondear, a darle sentido a lo que uno está haciendo. Es bueno acostumbrarse a trabajar de esa manera, aun cuando no se tenga el tiempo largo para sentarse a escribir. Ir editando en la cabeza, editando casi en el sentido cinematográfico: lo que me va servir es esto, necesito hacer otra pregunta, tengo que ir a ver a tal persona para que me hable de tal cosa. De la misma manera uno puede ir armando en la cabeza la estructura de la nota que va a hacer. Si uno va pensando qué es lo que tiene, qué debe conseguir, cómo va a organizarlo, hay menos riesgo de que se escape algo.

Para estructurar un texto una posibilidad es buscar un hilo conductor central e incrustar en ese hilo el resto de las cosas que uno quiere contar. Por supuesto también se puede hacer un relato que respete la cronología, o un relato que tenga que ver con el propio recorrido del cronista. Hay muchas posibilidades. Lo importante es que la estructura tenga orden. Si coexisten dos historias, por ejemplo, hay que tener claro cuáles son y encontrar una estructura que permita dejárselo claro al lector. Debe haber marcas que aclaren dónde estamos y por qué.

Siempre trato de pensar la estructura con cierta espacialidad. La tengo que ver. Hay una composición casi pictórica en la forma en que uno imagina un texto, hay unas simetrías, unas formas que se engranan, se contraponen, se completan. Me gusta poder verlas, por eso mismo tiene que tener esa calidad espacial.

Pensar lo que uno está contando en términos visuales es una buena manera. Pensar las crónicas como una sucesión de imágenes cuya distancia con lo mirado va a marcar la manera en que las cosas van a ser contadas. Elegir los planos que se van a usar en cada momento. No quedarse lejos mucho tiempo en planos generales sin mostrar nada que llame particularmente la atención. El plano general sirve para usarlo por momentos, para pasar rápido a un primer plano, a un plano medio, a un plano americano, a un primerísimo plano.

Esa sensación visual es bien significativa cuando uno está escribiendo una crónica. Qué uso de los planos hacer, cuándo se pone qué plano. Tenemos el ojo bastante acostumbrado por las películas. Se puede hacer el ejercicio de mirar dos o tres películas que a uno le gusten, analizando qué planos va usando el realizador en cada momento. De ahí uno aprende un poco sobre cómo componer un texto.

Suelo mantener la idea de que en los textos haya como unidades más o menos autónomas, conjuntos de párrafos que uno llama bloques (nombre no muy feliz). Cada bloque debe tener su apertura, su desarrollo, su cierre, sus nudos dramáticos, sus momentos de mayor intensidad, sus personajes. Me gusta trabajar cada uno como una unidad en sí y a la vez ir viendo cómo cada bloque se relaciona con el anterior y con el posterior. Es interesante armar enganches por oposición, por causalidad, por continuidad, entre el final de un bloque y el otro.

Algunas cosas dentro del texto merecen más énfasis que otras: hay que darle ese énfasis para que la escritura no sea monocorde, que sus altos y bajos correspondan a lo que uno esta tratando de contar en cada momento. Manejar los cambios de intensidad. Darle más aliento a la información, sin apretujarla. Buscar matices en la escritura. No contar demasiado parecido cosas que no lo son. No contar las cosas como si fueran un registro notarial. No son un registro: son un relato. De nuevo qué opción tomamos: decir o poner en escena.

El final

Tengo la sensación –pero es sobre todo eso, una sensación, no creo poder justificarla– de que, así como el principio aparece durante el trabajo de campo, el final aparece en la escritura. A mí, por lo menos, me suele aparecer en la escritura. Y no siempre tengo muy claro qué tipo de final prefiero: me molesta que sean muy redondos –que retomen algo del principio, por ejemplo– o muy teatrales o muy moraleja de la fábula. De hecho cuando me encuentro con ese tipo de finales –a veces, incluso, en mi propio trabajo– me producen cierta incomodidad, algo parecido a la desconfianza.

Me interesa más, si acaso, un final que no parezca termina –el famoso final abierto, que postula la continuación y la indeterminación de lo que se ha contado– o incluso un final que ponga de algún modo en cuestión las convicciones que el lector se ha formado durante la lectura: no un final abierto sino un final abridor. Ese sería casi mi ideal –y de hecho lo uso bastante en mis novelas y un poco menos en mis crónicas: que el final le deje al lector la sensación de que tiene que repensar lo que ha leído, que quizás no todo sea como le pareció en primera instancia. Que nada es, en general, lo que parece.
   

 

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